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La pandemia amplía brechas entre Estados Unidos y Europa

Ignacio Fariza
·7  min de lectura
Un cartel anuncia contrataciones laborales en un local de Larkspur, en California, Estados Unidos
JUSTIN SULLIVAN

El océano Atlántico es hoy, más que nunca, una sima económica de grandes proporciones. Como ya ocurrió tras la Gran Recesión, Estados Unidos saldrá más rápido y con más fuerza que Europa de la crisis de la actividad derivada de la pandemia, según todas las proyecciones disponibles. Casi desde el inicio mismo de la recesión, los caminos que tomaron los dos mayores bloques de economías avanzadas fue divergente: en 2020, el producto bruto de Estados Unidos cayó 3,5%, aupado por las menores restricciones, frente al desplome de 6,8% que hubo en la eurozona. Y en este 2021 la brecha va camino a profundizarse: la actividad repuntará 6,5% en Estados Unidos frente a 3,9% del bloque del euro, al menos según la última proyección de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

La carrera de la recuperación será ganada por los países que menos tarden en vacunar a su población y más dinero destinen a ayudar a familias y empresas a salir del abismo en el que las ha sumido el virus. Y el gigante norteamericano marcha con una cómoda ventaja frente a Europa en ambos frentes. Casi uno de cada tres estadounidenses ya ha recibido al menos un pinchazo y más de 17% la cantidad de dosis completa. Eso es más del doble y del triple, respectivamente, que en la Unión Europea. Esas cifras se traducen en algo más que un guarismo: solo hay que mirar a Israel –indiscutible líder mundial en ese apartado, con más de la mitad de su población ya plenamente vacunada– para observar cómo la relación entre inmunización y regreso a la vida de las constantes económicas es algo más que directamente proporcional.

La semana pasada, el Fondo volvió a insistir en lo más obvio: aunque la recuperación tiene raíces algo más vigorosas de lo esperado, el ritmo de vacunación abrirá una veta de desigualdad difícil de gestionar. “Estamos en un punto de inflexión: lo que hagamos ahora conformará el futuro pospandemia”, dijo la directora gerente del organismo, Kristalina Georgieva.

Aún más relevante es la asimetría en cuanto a lo fiscal. Si a finales del año pasado Estados Unidos y la eurozona estaban prácticamente empatados en lo que a ayudas públicas se refiere, con el cambio de año y la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, eso ha cambiado. Tras el visto bueno del Congreso al colosal plan de estímulo del demócrata –de 1,9 billones de dólares–, el gasto comprometido por su gobierno casi duplica al de sus pares europeos.

“A este último paquete de medidas, el de Biden, hay que sumar los dos planes anteriores de Trump”, apunta Òscar Jordà, analista de la Reserva Federal de San Francisco y profesor de la Universidad de California en Davis. “Sumando los tres, la inyección total es de un orden de magnitud mucho mayor que el europeo”. Mientras Washington riega la economía con dinero levantado a costo mínimo en los mercados, en algunas capitales europeas se empieza a mirar cada céntimo gastado con recelo. Y, FMI dixit, no es el momento de contar lo gastado.

Diferentes energías

“No es que Europa no haya hecho nada; es que aquí han ido con mucha, mucha, mucha más energía. Y la diferencia se va a notar, sobre todo, en el tramo final de este año y en la primera mitad de 2022”, esboza Gian-Maria Milesi Ferreti, hoy en la Brookings Institution tras ser durante casi una década el número dos del departamento estudios del Fondo.

Maurice Obstfeld, uno de los más estrechos asesores del expresidente Barack Obama, explica por correo electrónico que “hay un riesgo real de que esta divergencia persista más allá de la recuperación, especialmente si Biden tiene éxito en su plan de infraestructura”. Nada que ver con lo que él mismo predecía el verano pasado, cuando en una entrevista con El País proyectaba un futuro pospandemia más brillante de Europa que en su país. Pero muchas cosas han cambiado desde entonces: la llegada del demócrata a la Casa Blanca ha dado nuevos bríos a la política fiscal, mientras el “desordenado” despliegue de la vacuna en Europa amenaza con “afectar la confianza económica”. En los albores de la recesión, el viejo continente dio muestras de haber aprendido la lección de la última crisis.

El plan de recuperación de 750.000 millones de euros –hoy paralizado provisoriamente por el Tribunal Constitucional alemán, un déjà vu de peligrosas connotaciones– introducía una dosis importante de solidaridad entre estados miembros y suponía el mecanismo más potente de integración europea en años. En paralelo, las políticas de sostenimiento de rentas de los trabajadores –con instrumentos como los ERTE en España– se erigieron desde el minuto cero en la primera red de seguridad para millones de personas. Pero, frente a la premura estadounidense, que ha optado por ágiles entregas de cheques a sus ciudadanos para reactivar el consumo por la vía rápida, los fondos europeos, mayoritariamente enfocados a proyectos de largo aliento, aún no han llegado a las arcas nacionales y, mucho menos, a la economía real.

“No solo es que el plan sea mucho mayor en Estados Unidos que en la eurozona: es que se está implementando más rápido y se está dirigiendo a los hogares”, esboza Aida Caldera, jefa de división en el Departamento de Economía de la OCDE. “La idea de Europa de invertir en crecimiento a largo plazo es buena: es lo que hay que hacer. El problema es la lentitud en una recesión tan grande como esta”, dice.

Los últimos datos de empleo, la mejor variable para comprobar la salud real de una economía, son claros: mientras varios países de Europa, sobre todo los mediterráneos, donde la exposición al turismo ha amplificado el impacto económico de los cerrojazos, aún necesitan de la muleta de los ERTE (y sus equivalentes) para contener la sangría sobre miles de trabajadores, el mercado laboral estadounidense empieza a arrojar señales de optimismo. Aunque todavía hay 8,4 millones de puestos de trabajo menos que antes de la pandemia, en marzo hubo una creación de casi un millón de empleos, la mejor cifra observada desde agosto del año pasado.

El virus ha empeorado las cosas, pero la doble velocidad a ambas orillas del Atlántico viene de atrás. Estados Unidos creció más que la eurozona en siete de los últimos diez años, y esa brecha se ha trasladado a la renta per cápita, la mejor medida de prosperidad económica. Entre 2009 –el peor año de la Gran Crisis– y 2019, el ingreso por habitante pasó de 47.000 dólares anuales a más de 65.000, un aumento de 38%. En la eurozona, ese crecimiento se quedó en 25%: de 28.000 euros a 34.800, lastrada en buena medida por la crisis de deuda soberana y la posterior cura de austeridad.

La brecha atlántica persistirá más allá de este año. En 2022 el plan fiscal de choque de Biden contra la crisis aún sustentará el consumo, un factor que en el largo plazo es el mayor pilar sobre el que se asienta el crecimiento estadounidense. Y el igualmente faraónico programa de inversión en infraestructura presentado recientemente –de otros dos billones de dólares, la décima parte del producto bruto interno– promete dar un impulso adicional. Incluso antes de incorporar este último anuncio, la OCDE ya proyectaba un crecimiento dos décimas mayor en la primera potencia mundial en comparación con la eurozona: 4% frente al 3,8% de los países de la moneda única.

“A ciegas, sin saber de qué crisis estamos hablando, te puedo predecir que va a salir más rápido. Ocurrió después de 2008 y ha vuelto a pasar ahora”, refrenda Enrique Rueda-Sabater, profesor de Esade.

“Lo que hay es algo con raíces más profundas: la capacidad de la economía estadounidense de rebotar es mucho mayor que la europea, porque la flexibilidad de su economía también es mucho mayor. Tiene muchos problemas en otras cosas, sí, pero esa es una de las grandes ventajas de su sistema: siempre se recupera más rápido”.