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Acostumbradas a la soledad, ciudades aisladas en Patagonia temen la quiebra

Maria Lorente
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Astrid Perkins pasea a su perro en Bahía Bustamante, en la provincia patagónica de Chubut, en Argentina, el 30 de marzo de 2020

Astrid Perkins pasea a su perro en Bahía Bustamante, en la provincia patagónica de Chubut, en Argentina, el 30 de marzo de 2020 (AFP | Ángeles Soriano)

Viven aislados desde hace años en localidades de la Patagonia, en el sur de Argentina. No tienen miedo a la soledad pero temen que el nuevo coronavirus arrase con la economía de esa zona dependiente del turismo y del petróleo.

Del lado de la Cordillera de los Andes, han pasado grandes nevadas que los han dejado sin luz ni comunicación durante meses. Del otro, a orillas del océano Atlántico, han sido golpeados por lluvias despiadadas que bloquearon todos los accesos.

Están acostumbrados al aislamiento y a tener un solo hospital a varios kilómetros de distancia, pero sufren los estragos de la pandemia en una región de Argentina que, según analistas, quedará muy golpeada por su dependencia del turismo y del petróleo, dos de los sectores más afectados por la crisis de COVID-19.

- Astrid Perkins -

Bahía Bustamante, en la provincia petrolera de Chubut, está en el margen norte del golfo de San Jorge, un accidente costero del Océano Atlántico. Es una zona rica por su biodiversidad y sus playas de mar azul intenso y arena blanca, rodeadas de grandes formaciones rocosas.

Allí en un campo "completamente autosustentable", y en medio de la nada, vive Astrid Perkins junto a su marido. Solos, completamente aislados.

"La ciudad más cercana está a 180 km", cuenta Astrid al referirse a Comodoro Rivadavia, de más de 230.000 habitantes, declarada en emergencia sanitaria.

"Nosotros hace poco más de dos semanas cerramos completamente el ingreso al campo, nos mantenemos comunicados con el exterior a través de la radio y con el wifi que durante unas horas tenemos por energía solar".

"Aquí la vida continúa como de costumbre pero estamos mucho más atentos a generar alimentos para varios meses, entre el mar y la huerta biodinámica".

"Nos consideramos afortunados de poder cumplir cuarentena en un lugar tan amplio, tan lleno de recursos y tan bello como éste. Donde me detengo a mirar, tengo 360 grados de naturaleza pura, no necesito nada más".

Ya pasaron por otros momentos de aislamiento cuando en años anteriores intensas lluvias transformaron los accesos en auténticos ríos.

Sin embargo, la pandemia le provoca mucha "incertidumbre, mucha preocupación" por la economía de la provincia sumida en una fuerte recesión que se arrastra desde hace años y parece no tener fin.

Esta provincia "está quebrada, hay una grave crisis sanitaria", afirma.

Aquí, "hay campos laneros y el mercado de la lana se fue al tacho, hacemos algo de turismo y el turismo se cerró", cuenta.

"Ya el problema económico es inmenso y se le suma esto".

- Martín Díaz -

Martín Díaz vive en El Chaltén desde antes de 1985, cuando el pueblo se fundó.

Ubicado en la Provincia de Santa Cruz, en el sur de la Cordillera de los Andes, este pueblo es uno de los más jóvenes de la Patagonia.

Díaz nació en el campo cerca de allí y es una figura clave en el pueblo de 1.400 habitantes, recomendado por guías turísticos como uno de los mejores sitios a visitar en el país sudamericano.

Con vistas al imponente cordón montañoso del Fitz Roy, la localidad vive del turismo. Díaz tiene dos hostales.

"Este año teníamos todo reservado, pero todo fue cancelado por este virus", se lamenta.

- Silvia Rojas -

De 58 años, Silvia Rojas nació en Buenos Aires. Pero a los 47 años quiso un cambio de vida radical y se mudó junto a su marido al paraje de Mallín Ahogado, una zona rural de 4.000 habitantes desperdigados en unas 30.000 hectáreas en el extremo suroeste de la provincia de Río Negro (sur).

Lo más cercano para hacer compras es El Bolsón, una ciudad de 19.000 habitantes enclavada en un valle de la Cordillera de los Andes, rodeado de montañas, a 20 km de allí.

"El aislamiento no afectó nuestra vida cotidiana. No hay mayores cambios, vamos al pueblo una vez a la semana a comprar para nosotros y para los vecinos", cuenta.

"El hecho de vivir aislado te obliga a articular una organización entre vecinos".

Silvia ama este lugar de espacio sin límites, naturaleza en estado puro, enmarcado por la Cordillera con ríos, lagos y bosques nativos. Pero ha debido atravesar varias situaciones de aislamiento total debido a las intensas nevadas que golpearon la zona durante los inviernos pasados.

"Nos hemos quedado sin luz, completamente incomunicados".

En la Patagonia se acostumbró a vivir con poco y "resolver con lo que hay".Sin embargo, este aislamiento es "emocionalmente diferente". Sus tres hijos y su madre de 90 años están en Buenos Aires, también aislados.