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‘Adriatic’ de Gina Saraceni: Una poética de la inmigración

Si toda obra puede leerse como una biografía velada, el nuevo libro de poemas de Gina Saraceni (Caracas, 1966) no necesita ese contraluz. Adriatic (Alliteration) es un tributo a su padre italiano que emigró a Venezuela en los años 50 y a la geografía que lo formó como a tantos otros ancestros del árbol familiar de la autora. Como cada libro de la editorial afincada en Miami Beach que se especializa en traducir literatura latinoamericana a otros idiomas, el volumen viene en español e inglés. En este caso, la traducción estuvo a cargo de Rowena Hill.

A la vez, Adriatic es un tributo a esa tierra prometida que fue Venezuela para millones de extranjeros durante décadas. “Caracas asoma como ese cuenco cercado por un cordón topográfico y vegetal, barrera natural que cataliza dos orillas que se besan: la tierra y el mar. Este pacto primigenio es una de las líneas que atraviesa el libro, abrazar lo incomprensible, hacerse uno con lo otro. Así, el exilio se compone como un atlas, una geografía personal que fusiona distancias para hacerlas una como líneas de la mano”, reflexiona la escritora Betina Barrios Ayala en el epilogo del libro que trae, como una manera de acompañar ese testimonio privado, fotografías del álbum familiar.

Portada
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Gina Saraceni es poeta, traductora, crítico y profesora universitaria. Entre sus libros se destacan La soberanía del defecto. Legado y pertenencia en la literatura contemporánea (2012) y Escribir hacia atrás. Herencia, lengua, memoria (2008). Es editora de El verde más oculto. Antología poética de Fabio Morábito (2002) y Miradas peregrinas, escrituras errantes. Viaje, cultura e identidad en América Latina (2001). Tradujo al italiano a Rafael Cadenas y a Yolanda Pantin. En la actualidad vive en Bogotá y da clases en la Universidad Javeriana.

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¿Por qué en este momento recoger un legado que lo separa el océano?

Los legados son una forma particular de la pertenencia. Pertenecer significa estar vinculado a una herencia afectiva, cultural, lingüística que se renueva y mantiene en vida incluso con la transformación y actualización de eso que se recibe y nos es legado. Soy hija de italianos que emigraron a Venezuela en los años 50: a partir de la llegada de mi padre al puerto de la Guaira, su historia empezó a incorporar sus vivencias como extranjero en Venezuela; en ese sentido el legado que yo recojo en Adriático es justo esa estar entre-lenguas-lugares-paisajes-mares-culturas que me constituye como persona y que atraviesa toda mi vida y mi trabajo poético y crítico.

Adriático es una cartografía familiar donde se cruzan las calles de ciudades italianas con las de Caracas. En ese cruce hay una sensibilidad estética y sonora.

Para mí la poesía es, entre otras cosas, una experiencia sonora y de la escucha. La poesía implica una capacidad de hacer sonar el lenguaje de un modo particular (canto y grito) y también de poner el oído en las materias de la vida para auscultar lo que, de otro modo, no se pudiera oír. Tomando en cuenta lo anterior, en Adriático quise poner a sonar el italiano y el español como si se tratara de un solo país conformado por las calles de dos países diferentes y con idiomas distintos. Mi país, como el de los estudiantes de colegio Codazzi (un poema del libro) es un lugar de acentos y lenguas distintas que conviven, se alternan, se mezclan y que, ya no es ni de aquí ni de allá sino de ese entre tenso, irresuelto que es la condición de muchos migrantes. Conservar los nombres de lugares de Italia y Venezuela, y de lugares italianos en Venezuela (pensemos en el poema Avenida Caroní) fue una manera de darle existencia a ese lugar tercero al que solo la lengua poética puede darle existencia.

El material fotográfico también actúa de biografía y poesía. Cuénteme cómo fue trabajar con los archivos familiares.

La primera edición de Adriático fue realizada por la Editorial de la Pontifica Universidad Javeriana de Bogotá en el 2021 y tiene solo tres fotos al principio, mitad y final del libro. Las traducciones al inglés y al italiano, publicadas por la editorial Alliteration (2022-2023) son otro libro no solo por la propia traducción en sí, sino porque incorporan un relato fotográfico que no quieres ser ilustrativo de los poemas, sino, por el contrario, busca abrir otro recorrido donde resuenan algunos detalles y escenas de los poemas, pero que le da una dimensión documental y de archivo al libro. En el 2021, a causa de la pandemia y del trabajo virtual, tuve la oportunidad de estar en el Adriático por 6 meses en una pequeña ciudad de Abruzzo que se llama Lanciano. Allí actualmente viven mis padres. Estar en esa casa generó en mí la necesidad de buscar imágenes y fotos del pasado de mi familia, de explorar un archivo que podía darme otro legado y que podía mostrarme a mi padre antes de su viaje a Venezuela en 1953 y a mi madre cuando era estudiante de idiomas en la Universidad de Nápoli. Trabajar con estos archivos significó darle a la poesía un carácter documental no de comprobación sino de sugestión. Por eso con el editor y la diseñadora, tomamos la decisión de colocar varias de las fotos a página completa, sin marco, para que se produjera una sensación afectiva y emocional en el lector al verlas.

La naturaleza salvaje tiene un rol protagónico.

Sí. La naturaleza constituye uno de los motivos centrales del libro. Es un agente movilizador de la poesía en mi caso. Me refiero al hecho de que para mí la memoria tiene un carácter espacial y lo espacial, a su vez, tiene un carácter emocional y sensorial. Recordar es entonces volver a un lugar con la imaginación, los sentidos y la escritura. Me interesa lo silvestre y lo salvaje, lo no domesticado, lo que atraviesa la escena de repente, para perturbarla con su paso, como sucede en el poema Montegranaro donde una famila de jabalíes atraviesa un campo de trigo de manera inesperada. En este sentido la naturaleza es lo impredecible, lo que se manifiesta para tocarnos emocionalmente. El mar, las cañas, los perros de la playa, los troncos de madera en la orilla, la cabra, las plantas silvestres, las palmeras, los pinos de las Islas Trémiti, el monte seco son presencias que interpelan al poema, lo sobrecogen y piden ser escritas. Además, como aparece en el poema “Geografía”, mi abuela materna que era alemana, siempre me repetía: “Guarda la natura” (“Mira la naturaleza”) y esa frase fue y sigue siendo un mandato, una herencia que me induce a escribir. Mirar “lo que tarda en revelarse” es mirar lo inclumplido de lo viviente.

Adriático tiene un lenguaje limpio y claro. ¿Puede contarme sobre el proceso de la lengua en este poemario?

Esperé Adriático diez años. Quiero decir que, entre Casa de pisar duro, mi libro anterior y este, pasó mucho tiempo. En ese tiempo de crisis, cambios, traslado a Bogotá, dificultades, malestares, sufrimiento, la poesía parecía haberse callado o no encontrar una voz que la hiciera seguir hablando. Ahora pienso que ese tiempo lavó mi lengua poética despojándola de lo que sobraba y dejándola en el hueso. Cuando empecé a escribir con anotaciones tentativas, los primeros poemas en la orilla del Adriático, me di cuenta de que el agua iba a estar muy presente en el libro. Y ahora pienso que esta presencia líquida que son el Adriático y el Caribe, esta materia inaprensible que moja, consume, deteriora también lava, limpia, elimina el excedente dejando solo lo que queda. En este sentido pienso que la lengua del libro es una lengua que nombra el resto de un/mi pasado del que quedó lo inevitable. Lo que no puede no decirse, no escribirse.

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