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Arrancaron vendiendo empanadas en Brasil con un fondo de 10.000 reales y hoy tienen un restaurante de alta gama

Vanessa y Hugo se conocieron en Buenos Aires y terminaron abriendo un restaurante en Brasil.
Vanessa y Hugo se conocieron en Buenos Aires y terminaron abriendo un restaurante en Brasil.

La Boca Parrilla Argentina está en una casona de Americana, una ciudad a 150 kilómetros de San Pablo, en Brasil. Lleva 10 años; empezó con empanadas en un local chico y a los tres meses tenían fila de gente esperando. Con la pandemia debió cerrar un año y trabajar solo con delivery. La reapertura fue en este nuevo espacio para 70 comensales con un ticket promedio de $11.500 (unos 500 reales) para dos personas, con entrada, carne y vinos argentinos.

“Somos como una ‘embajada’ de la Argentina en esta zona; viene gente de otras ciudades, incluso de San Pablo -cuenta a LA NACION su dueño, el argentino Hugo Otero-. Somos considerados un restaurante de alta gama; los clientes saben que trabajamos solo con carne argentina, que es más cara, y con productos de primera calidad”.

Otero llegó a Brasil por amor. En 2008 conoció en Buenos Aires a Vanessa, quien estaba de vacaciones. Hoy es su esposa. Probaron ser novios “a distancia” y, después de un tiempo, creyeron que iba a ser “más fácil” instalarse en la Argentina. Abrieron un “ciber”.

La Boca Parrilla Argentina tiene ejes en las carnes asadas.
La Boca Parrilla Argentina tiene ejes en las carnes asadas.

“En esos años era un boom, pero llegó una de las crisis argentinas y en Brasil las cosas estaban mejor. Nos mudamos; el peso no valía nada. De día trabajaba como administrativo en una oficina y, de noche, daba clases de español en las escuelas. Mi esposa retomó su profesión de psicóloga. Pero la idea era abrir un local de comida argentina”, repasa Otero.

Americana es una ciudad con industria textil, tiene una economía fuerte. Se radicaron allí porque la familia de Vanessa está allí. En 2010 no había ningún restaurante argentino; en cambio, ahora en San Pablo es una tendencia.

Tenían la idea, pero no la plata para invertir, así que durante dos años, ahorraron: “Cuando la juntamos, fuimos al banco y nos dieron una tarjeta de crédito con 10.000 reales (unos $225.000 de hoy). Compramos todos los utensilios y la vajilla y alquilamos lugar chico, para unas 20 personas”.

El foco eran las empanadas. “Vendíamos muchas y poca carne. A los tres meses teníamos fila para entrar, era un éxito. Así que antes del año nos mudamos cerca, a un espacio para 120 personas y cambiamos el eje, las carnes pasaron a ser el fuerte”.

Un pozo de fuego en el patio y parrilas son el atractivo del lugar.
Un pozo de fuego en el patio y parrilas son el atractivo del lugar.

Otero dice que viene de una familia “luchadora” que en su casa de Lanús tenía una cocina de leña y carbón. Por un problema de salud, su papá debió dejar de salir a trabajar y se encargaba de cocinar y de cuidarlos. “Usaba ingredientes de los más variados, buscando los de temporada que siempre son más baratos -describe-. El fuego era para todo, para las papas, para el chicharrón, para el pan. No siempre había carne. Cuando hacía frío esa cocina que nos alimentaba era la que nos calentaba”.

Él siempre había cocinado, pero nunca de manera profesional; en Brasil empezó a estudiar y a capacitarse. Hoy está frente a la cocina donde trabajan cinco personas y su esposa comanda el equipo de otras nueve que se encarga del salón y la limpieza.

Hace una década, cuando arrancaron, iban con un diccionario español-portugués a la mesa porque en esa región de Brasil términos como “empanada, asado, parrilla, ojo de bife, chimichurri o tortilla” no eran conocidos.

“Los brasileños que iban de vacaciones a la Argentina volvían entusiasmados con la comida. Siempre nos posicionamos como ‘embajadores’ de la cultura argentina, con mucha información, con una decoración acorde. La idea es trasladar a los comensales por un rato a la Argentina”, señala Otero.

Con la pandemia del Covid-19 cerraron e hicieron delivery por cerca de un año. Para no despedir a nadie armaron una suerte de cooperativa con los empleados, compartiendo los ingresos. Cuando pudieron reabrir por norma y por decisión de la gente, se priorizaban los espacios al aire libre y ellos no tenían.

Resolvieron otra mudanza, una casa que decoraron como si fuera un salón de tango y que tiene un patio para 40 personas cuyo centro es un pozo de fuego. El restaurante trabaja con carne de dos frigoríficos de Buenos Aires; no es importador argentino. En su carta de vinos, 80% es de la Argentina. Los productos frescos los compran a pequeños productores.

“Cuidamos todo eso, generar movimientos a otros, no perder la esencia familiar -enfatiza Otero-. Casi sin querer empezamos a hacer catering porque los clientes lo empezaron a pedir; es otra fuente de ingresos”.