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Clásica y Moderna, un sitio exclusivo de Buenos Aires que fue templo de la buena música

·8  min de lectura
El frente de Clásica y Moderna
Graciela Calabrese (Archivo La Nación)

Para quienes tenemos algunos años y para varias generaciones, la librería Clásica y Moderna fue precisamente eso, una librería. Particular, eso sí. De las de antes. Con un señor que sabía de libros al frente, que defendía la palabra escrita en toda su expresión, que protegió algunos volúmenes “non sanctos” para los ojos de la dictadura militar durante los años de plomo –eran los libros que, para los habitués y conocedores, estaban “en el fondo”–, con una mesa enorme para quedarse horas mirando cerca de la vidriera de la avenida Callao, con esa carpintería y cerrajería increíbles y con una larga historia.

En 1916, el catalán Emilio Poblet llegó desde España, donde era gerente de una editorial, para instalarse en Buenos Aires y abrir la Librería Académica de Poblet e hijos, en el 713 de la avenida Callao, especializada sobre todo en libros de medicina. Unos cuantos años después, en 1938, uno de esos hijos, Francisco, decidió independizarse y comenzar junto con su esposa su propio emprendimiento, a unos 100 metros y en diagonal al de su padre, en avenida Callao 892 –entre Córdoba y Paraguay–, que bautizaría Clásica y Moderna.

Clásica y Moderna en 2008, en los festejos por sus 70 años
Diego del Olio


Clásica y Moderna en 2008, en los festejos por sus 70 años (Diego del Olio/)

En otra Buenos Aires y en otro mundo, aquel nuevo local de unos 150 metros cuadrados convivió con la librería paterna por unos años pero puso el foco en las humanidades, la narrativa, la poesía, los diccionarios y la literatura. Dedicó también algún espacio a los textos escolares que consumieron los alumnos de varios colegios de cercanía, entre ellos el Carlos Pellegrini. Aunque en ese terreno, la competencia fuerte estaba en la Librería del Colegio, en Callao y Córdoba (donde hoy tiene una de sus sedes la Universidad del Salvador) que era la sucursal del local homónimo de San Telmo, frente al Nacional Buenos Aires.

Clásica y Moderna era, sobre todo, la casa de los amantes de las letras y de los escritores. Y por eso, nombres como Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Láinez, Alejandra Pizarnik, Arturo Jauretche, Ernesto Schoo, Manuel Gálvez, David Viñas, Juan José Sebreli y Beatriz Guido, entre tantos, se hicieron visitantes permanentes.

Cuando en 1980 murió Francisco Poblet, sus hijos Natu y Paco se hicieron cargo del negocio y lo sostuvieron. Todavía eran años duros para cualquier librería, siempre observadas por los ojos censores de los dictadores. Por supuesto, la cosa empezó a abrirse hacia 1983 –o poco antes–, con la llegada de la democracia y la renovación trajo las primeras tertulias literarias patrocinadas por los nuevos propietarios-herederos que empezaban a vislumbrar un cambio de rumbo.

Gerardo Gandini en Clásica y Moderna, en abril de 2004
Rodrigo Néspolo


Gerardo Gandini en Clásica y Moderna, en abril de 2004 (Rodrigo Néspolo/)

Pero el cambio significativo ocurrió en 1988, cuando Clásica y Moderna vivió una fuerte reforma y una modificación profunda de su concepto original. Respetando la hermosa fachada y la puerta y los pisos de roble de Eslavonia y con la participación del diseñador Ricardo Plant, se estableció uno de los primeros restaurantes-concert de la ciudad. No ya con aquel formato de espectáculos de music-hall de años antes –en los que brillaran artistas como Nacha Guevara, Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla o Tato Bores- sino fundamentalmente con conciertos. Así, toda la parte de adelante, que podía verse desde la calle aún en momentos de shows, quedó ocupada por el piso-escenario con su piano vertical, las mesas para los comensales y una hermosa barra que atendía el propio Paco . Para Natu quedó la responsabilidad, también muy personalizada, de atender la librería que se mantuvo en el fondo y que a su tradición literaria sumó muchísimo material sobre plástica. Dicho sea de paso, las paredes del espacio concert siempre contaban con muestras de pintores o fotógrafos que exhibían y podían vender allí sus obras.

De día, entonces, bar, restaurante, librería y, eventualmente, alguna presentación de libros o reunión de prensa. De noche, uno de los lugares emblemáticos para la música porteña que, con el correr de los años, llegó a tener funciones todos los días, con doble oferta para los fines de semana.

El dúo, en el cálido ámbito de Clásica y Moderna
Santiago Filipuzzi


El ambiente intimista, una de las características de Clásica y Moderna (Santiago Filipuzzi/)

Lo primero que sonó fue producto de una idea del baterista Pocho Lapouble, con sus “miércoles de jazz”. Y hacia 1990 se sumó como curadora Ana Albarellos, que comenzó haciendo prensa de la inauguración del 25 de mayo de 1988, construyó una relación personal con Paco y fue la responsable de la programación artística hasta que la hicieron de lado en el declive final.

En esas tres décadas y pico de vida musical intensa, pasaron por “Clásica” (así llamada, a secas, por el ambiente porteño) una lista imposible de transcribir de artistas de todo tipo. Del tango al jazz. De la canción pop al folklore. Del bolero al rock. De la chanson francesa a la humorística o al estilo del cabaret alemán . Susana Rinaldi, Horacio Molina, Amelita Baltar, Cristina Pérsico, Raúl Lavié, Facundo Ramírez, Alberto Favero, Jorge Navarro, Baby López Furst (estos últimos en inolvidables e irrepetibles dúos a dos pianos que hasta registraron un disco allí), Julio Pane, el Pollo Mactas, Ligia Piro, Jorge Cutello, Marcelo Moguilevsky, César Lerner, Santiago Kovadloff (en tríos de recitado de poesía y música también antológicos) y también Agustín Pereyra Lucena, Mario Clavell, Carlos Garaycohea (otra dupla maravillosa), Mimí Koszlowsky, Silviana Di Lorenzo y María José Cantilo fueron apenas algunos de los “números puestos” que repitieron a lo largo de los años.

Pero en la lista de grandes nombres y de noveles en ascenso que pasaron por la programación de Clásica hay que sumar a Horacio Ferrer, Karina Beorlegui, Raúl Garello, Caracol Paviotti, Cardenal Domínguez, el Chino Laborde, Daniel Binelli, Polly Ferman, el Sexteto Mayor, Leopoldo Federico (sus conciertos y su disco en vivo junto a la Tana Rinaldi fueron otros de los momentos únicos que dio el lugar), Atilio Stampone, María Graña, Osvaldo Requena, Fernando Suárez Paz y una lista larguísima y riquísima.

Además, no faltaron las excepciones “para pocos”. Por las mesas de este lugar pasaron desde figuras políticas como Felipe González, que fue a visitarlo siendo Presidente del gobierno español, a nombres estelares del espectáculo, como el de Liza Minnelli, que hizo un pequeño show privado una de las veces que visitó Buenos Aires, por una gestión de su productor Lino Patalano que pidió cerrar para la ocasión. El andaluz Joaquín Sabina disfrutaba yendo a Clásica en trasnoche a su paso por la Argentina y también subió alguna vez a cantar, por caso con Adriana Varela. Mercedes Sosa (que además cocinó allí para algunos invitados un 25 de mayo), Ariel Ramírez y Domingo Cura actuaron también eventualmente fuera de programa y de horario de público. Y en esa Buenos Aires que no dormía, cuando por un par de años llegó a estar abierto durante las 24 horas, Clásica y Moderna recibía habitualmente a Sandro que gustaba aparecer “de recalada”, después de la cena. Los memorioso recuerdan una vez que trajo como invitados a los cubanos Olga Guillot y Paquito D’Rivera y compartieron, los tres, una tenida musical de la que, lamentablemente, no quedó registro. O, por supuesto, la más conocida anécdota de cuando el Gitano le comentó a Paco Poblet que no era posible que ese lugar tuviera un piano vertical como el que tenía y, como regalo, le envió uno de su propiedad. Aquel instrumento de cuarto de cola ya tenía su recorrido y no estaba en las mejores condiciones –opinión de este cronista–; y terminó de sufrir con el traqueteo constante de un lugar que no paraba nunca. Tiempo después, en beneficio de la música, fue reemplazado por uno en mejores condiciones, pero nadie olvidaría, por supuesto, aquel obsequio.

La amplitud de criterios musicales, la apertura constante hacia los artistas jóvenes, el desprejuicio estético, la oportunidad de presentarse, por igual, a nombres importantes y a otros en ascenso, una excelente gastronomía –no apta para bolsillos flacos, vale decirlo– y, sobre todo, la atención personalizada y cariñosa hicieron el gran éxito de Clásica y Moderna durante sus últimos y más populares años de su octogenaria existencia.

En 1999, murió Paco. Natu, con un nuevo socio externo, quedó a cargo de todo. Y Ana Albarellos siguió como responsable “artística”. Pero La ausencia física de Paco no fue gratuita y los habitués pudieron sentirlo, aunque la cosa pudo seguir adelante. Pero cuando murió Natu, después de un largo padecimiento físico, en 2017, empezó el proceso de derrumbe final. El lugar quedó a cargo de su esposo, Alejandro Monod, y poco después de su cuñado Fernando Monod. Se sumaron deudas y los problemas de gestión. Hubo “limpieza” de personal de gastronomía con décadas de antigüedad y de la responsable de la programación, las quejas aparecieron en las noticias algo escandalosas de los canales de televisión, se sucedieron los reclamos para que la Ciudad o la Nación se hicieran cargo de levantar deudas y evitar la hecatombe (o que directamente lo compraran para gestionarlo en su carácter de bar notable), y hubo hasta pequeñas disputas en el terreno político. Pero más allá de todo eso que no quedó más que en palabras y “mangazos” públicos, Clásica y Moderna cerró definitivamente en febrero de 2019. Sin saberlo, adelantándose a un destino que sufrirían muchos otros lugares de música y gastronomía en los durísimos tiempos de

pandemia; en una Buenos Aires que, además, cambió el formato de su noche y de sus propuestas gastronómico-musicales.

Allí quedan entonces, detrás de la cortina metálica y del cartel de “Clásica y Moderna. Libros” que sigue sacudiéndose, los fantasmas y los espíritus de los escritores, de los músicos, de los cantantes que poblaron ese imaginario escenario sin tarima, los de los vivos y de los muchos que ya no están en este mundo que llenaron de música y de poesía ese rincón del Barrio Norte porteño.

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