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Construir con lo que tenemos. Una épica de la tozudez y la esperanza en tiempos de pandemia

Andrea Churba
·7  min de lectura

Conocí a Elena Santa Cruz hace ya varios años en Plaza de Mayo, donde las dos somos voluntarias de la Red Solidaria. Nuestras actividades profesionales pertenecen a universos distintos: ella es docente y titiritera (y la reina de las metáforas), y se desempeña en ámbitos educativos y de salud; yo estoy en el mundo de los negocios, facilitando cambios en el mundo laboral. Conversando sobre lo que nos pasa en este tiempo de pandemia, nos dimos cuenta de que nuestras experiencias muchas veces se cruzan, y algo de eso es lo que queremos contar acá.

La actitud "gánica"

De las muchas formas posibles de resumir este diálogo, elegimos empezar por lo que Elena, con su humor habitual, llama "actitud gánica". ¿Dónde nos paramos frente a esta crisis sanitaria y social? ¿Nos aferramos al mástil del Titanic o buscamos la forma de salvarnos? Ese "salvarnos" no es un "sálvese quien pueda" individual. El coronavirus nos demostró que todos estamos hechos del mismo material: ricos y pobres, de todas las edades, razas y nacionalidades; de países poderosos y del tercer mundo. Todos somos personas que piensan, sienten, aman, tienen frío y hambre, y nos toca transitar juntos esta etapa histórica. La democracia del riesgo nos incluye a todos, y sólo podemos salir si le ponemos ganas, con energía, unidos, apoyándonos y ayudándonos entre todos.

La pandemia vino desde afuera y puso al mundo patas para arriba. El panorama, sin duda, era incierto y atemorizante, y aunque ahora esté algo atenuado, lo sigue siendo. Algunas voces pregonaron amenazas y pérdidas. Algunos ojos se enfocaron en las limitaciones y en las imposibilidades. Otros, nosotras -resilientes, "gánicas", tozudas y esperanzadas-, empezamos a buscarle la vuelta. Le pusimos todo, hasta los riñones. Aunque estuviéramos asustadas, cansadas y nos tuviéramos que tapar las ojeras con Albalatex amarillo. En el medio de la bruma encontramos algunos focos de luz y creamos oportunidades para seguir haciendo. Claro que un modo distinto, pero posible, concreto. Utilizamos los materiales y herramientas que teníamos a mano, porque se construye con lo que tenemos, no con lo que queremos.

Cambiamos. No nos quedaba otra

El aislamiento nos obligó a reforzar o a inventar nuevas formas de comunicarnos, de querernos, de trabajar juntos. Sorprendentemente, con la cuarentena los cambios ocurrieron muy rápido. Los que íbamos realizando pasito a pasito, en el ámbito de Elena y en el mío, de pronto se aceleró. En 48 horas o en una semana, no sin esfuerzo, los que decían "esto no se puede" dejaron de decirlo, porque, con pruebas y errores, ya lo estaban haciendo. Y a las tres semanas, ya lo hacían de taquito.

Compañías enteras, equipos, escuelas, institutos, voluntarios y trabajadores independientes pasamos en un tris del modo presencial al modo online. Hasta los menos duchos, los que éramos 100% presenciales, nos amigamos con la tecnología, aprendimos rapidísimo y dejamos atrás nuestras resistencias. No nos quedaba otra. Restauramos los eslabones de las cadenas, reafirmamos las redes y las ampliamos más allá de lo que imaginábamos. Paradójicamente, la pantalla igualó las distancias: hoy estamos igual de cerca, o igual de lejos, de alguien que está a pocas cuadras que de los que están a muchos kilómetros, en otros países y continentes. Equipos que se reunían cada dos o tres meses, debido la distancia, hoy lo hacen mucho más seguido, tal vez una vez por semana, y piensan mantenerlo así. Todo eso es ganancia para el futuro.

El mayor desafío es la inclusión

El mayor desafío, y la tristeza más grande, es que no todas las personas tienen el mismo acceso a la tecnología. Hay localidades sin conectividad, alumnos y colaboradores sin computadoras, lugares donde no llega ni siquiera la electricidad. ¿Cómo incluirlos en la trama? Se están haciendo esfuerzos "gánicos", increíbles para llegar como sea, de la manera que sea, por teléfono, por radio, por televisión. Es doloroso y ridículo pensar que, en pleno siglo XXI, esas personas se tengan que quedar aisladas.

La pandemia hizo todavía más visibles las diferencias, y está claro que se van a necesitar políticas públicas para garantizar que todos tengamos el mismo acceso a las herramientas, sostener los espacios educativos y de trabajo y que nadie se pierda la oportunidad.

Sin paredes, pero con el ROL intacto

El aislamiento obligatorio nos privó de los lugares de trabajo y encuentro habituales. Y aunque ya no tenemos las paredes de las aulas o de las oficinas, los maestros y los líderes seguimos teniendo el ROL. Es bueno aclarar que este rol no es necesariamente jerárquico. Otra vez, se trata de una actitud. Más que SER maestros o líderes, es un ESTAR en el rol, un seguir buscando el modo de estar presente para los demás. Y esa presencia debe estar cargada de sentido, no en "modo avión" o piloto automático sino en modo DAR, con el compromiso con el otro.

"Estoy acá, no me fui", estoy para que juntos vayamos levantando los miedos y los fantasmas, el pesimismo, la negatividad. "Te veo", "te escucho", "te espero", y también "te necesito, porque no tengo todas las respuestas", "te agradezco", "te felicito". La comunicación, que antes se daba por sentada, de repente entró en la agenda. Es más pensada, más empática, más efectiva y afectiva. Y busca ser "contagiosa", en el buen sentido, influencer de las ganas, despertadora del entusiasmo y grúa del coraje que hacen falta para enfrentar estos tiempos tan difíciles de emociones exacerbadas.

Entrar descalzos en la casa del otro

La presencialidad es fabulosa, pero en circunstancias excepcionales la virtualidad nos une. A través de las pantallas entramos en las casas de otros y dejamos que otros entren en nuestras casas. Nos reconocemos parecidos, en pantuflas, de entrecasa, con las mismas desprolijidades para manejar las herramientas ("¡Te congelaste!", "No sé qué toqué, ya no te escucho!"). Entramos en la realidad del otro, generamos un vínculo de intimidad que antes no teníamos.

Entender lo que le pasa, dónde está, saber cómo está, qué necesita. Nos podemos poner en sus zapatos, pero para eso tenemos que vaciarnos de los nuestros, entrar descalzos y en puntas de pie, respetuosamente, reconociendo su cultura. Habernos conocido de una manera tan genuina va a tener consecuencias maravillosas. La mirada solidaria y amorosa, la presencia del otro en nuestras vidas, la empatía, nos va a permitir cambiar el mundo, o al menos expandir ese pedacito de mundo que tenemos para dar. No podemos prometerle que le vamos a solucionar nada, pero podemos prometerle que vamos a estar ahí, haciendo lo posible.

Empatía también es poder leer el contexto. Entender que estamos en pandemia, que todos estamos en la misma curva de aprendizaje, avanzando día a día a fuerza de ensayo y error. No podemos tener las mismas expectativas y exigencias que antes, ni las mismas reglas, y que el otro quizás hoy no tiene las mismas posibilidades. Si leemos el contexto con los mismos anteojos de antes no sólo no ayudamos, quizás hacemos daño.

El año que ganamos. Lo que pudimos hacer entre todos y a pesar de todo

Este año será recordado como el año de la pandemia. Pero también como el año en que aprendimos a hacer con lo que tenemos, a ser más resilientes, a encontrarnos con personas con las que no nos hubiéramos encontrado de otro modo. Nadie puede negar lo crítico de esta situación; muchos han perdido seres queridos, el trabajo, la seguridad y tantas otras cosas.

Sólo el entramado afectivo podrá sostener tanto dolor. La virtualidad no reemplaza la magia de encontrarnos y abrazarnos, pero suma. No es presencial o virtual, es presencial y virtual. Es lejos y cerca. Es dolor y aprendizaje. Lejos de ser un año perdido, como dicen algunos, es el tiempo de reconocimiento y reencuentro, cuando nos dejamos mutuamente una impronta, cuando brilló la épica de lo "gánico", la tozudez y la esperanza, y construimos el relato de lo que pudimos hacer, entre todos y a pesar de todo.