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¿Crisis de criptomonedas? ¿Cuál crisis?

María Rebelo, de 27 años, que trabaja para una empresa canadiense llamada Ureeqa que ayuda a los artistas a monetizar sus NFT, o tókenes no fungibles, en una reunión de expertos e inversionistas en monedas digitales en Ruar Street Food, un local de hamburguesas en Barcelona, España, el 21 de diciembre de 2022. (Samuel Aranda/The New York Times).
María Rebelo, de 27 años, que trabaja para una empresa canadiense llamada Ureeqa que ayuda a los artistas a monetizar sus NFT, o tókenes no fungibles, en una reunión de expertos e inversionistas en monedas digitales en Ruar Street Food, un local de hamburguesas en Barcelona, España, el 21 de diciembre de 2022. (Samuel Aranda/The New York Times).

BARCELONA — En el muro de Ruar Street Food, un local de hamburguesas en el barrio de Sant Antoni en Barcelona, hay un dibujo enmarcado de una mano masculina alzando el dedo medio, con firmeza y orgullo. Esa imagen refleja la actitud desafiante que se percibe en una reunión de unos casi treinta hombres y mujeres de entre 20 y 40 años que trabajan en distintos rincones del mundo de las criptomonedas.

Esta industria tiene bastantes detractores, pero todos los presentes esta noche hacen oídos sordos a sus críticas.

Esta actitud, en vista del embate de noticias terribles, va más allá de la rebeldía y se acerca sigilosamente al territorio del pensamiento mágico. Con pérdidas espectaculares (2 billones de dólares en criptoactivos, ¡desvanecidos en el aire!), quiebras espantosas (Terra, Luna, Celsius) y acusaciones de fraude contra el emprendedor de más alto perfil del sector (Sam Bankman-Fried, de la ahora desaparecida casa de cambio FTX), pocas industrias se vieron tan afectadas en 2022.

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La masacre no fue solo financiera; la reputación y la promesa de las criptomonedas ha quedado muy mancillada. La industria, que alguna vez se proclamó como el futuro del dinero, una amenaza para los bancos centrales del mundo, además de una inversión astuta, ahora apesta a desastre. La idea de que podía servir de protección contra la inflación quedó hecha trizas cuando el bitcoin perdió más del 60 por ciento de su valor. Miles de otros productos digitales se hundieron aún más o simplemente se evaporaron.

Pese a esto, los presentes en la reunión de Ruar Street Food, organizada por una criptocomunidad llamada Web3 Family, son optimistas y están listos para lo que depara el año 2023. La cerveza fluye, se rifan camisetas con estampados de temática cripto y se consumen papas fritas con cremoso queso cheddar y tocino. No hay indicios de ansiedad.

Antes de que llegue la segunda ronda, está claro que los creyentes en las criptomonedas están aferrados a su fe.

Un cajero automático de Bitcoin en Barcelona, España, el 22 de diciembre de 2022. (Samuel Aranda/The New York Times).
Un cajero automático de Bitcoin en Barcelona, España, el 22 de diciembre de 2022. (Samuel Aranda/The New York Times).

Entre los presentes está María Rebelo, de 27 años, que trabaja para una empresa canadiense llamada Ureeqa que ayuda a artistas a monetizar sus NFT, o tókenes no fungibles. Estos son activos digitales —fotografías, música, artículos deportivos de colección, y demás— que se registran y monitorean con base en una cadena de bloques, el libro de contabilidad virtual que habilita todas las operaciones con criptomonedas. Rebelo habló con entusiasmo sobre cómo la cadena de bloques podría dar paso a “una comunidad mundial, en lugar de un solo gobierno por cada país”.

“Al liberalizar el mundo descentralizado, les ofrecemos a los humanos maneras de colaborar que antes no tenían”, comentó. “Eso es desarrollo humano”.

Entrevistas en Barcelona y con ejecutivos de todo el mundo sugieren que un año de fiascos no ha aminorado el fervor de los verdaderos creyentes. Muchos comparan este momento con el estallido de la burbuja puntocom en 2001, una catástrofe que aniquiló aún más riqueza —se estiman unos 5 billones de dólares— y, a fin de cuentas, produjo algunas empresas más estables y con mayor nivel de liquidez . (“Hubo una época en la que Amazon estuvo un 90 por ciento devaluada”, es una frase que se repite constantemente).

Joe Hernandez, encargado de detección de fraudes en una empresa llamada Gitcoin, una plataforma que en su sitio web promete “desarrollar y financiar una red abierta juntos”, ofreció una variación de esa idea. Estaba fumando un cigarrillo en la acera fuera del local de hamburguesas, vestía una chaqueta color púrpura y blanco con la imagen de un astronauta jugando maquinitas en la espalda.

Es estadounidense y estaba de visita en Barcelona por casualidad. Otros nómadas digitales, procedentes de China, Argentina, Portugal, Francia, Ucrania y otros lugares, se han asentado aquí, atraídos por la belleza y la relativa asequibilidad de la ciudad.

Muchos afirman que la industria de las criptomonedas está asumiendo la culpa de los malos actores que atrae. Los timadores estafan donde sea.

“Con cada ciclo llegan estafadores y un montón de tókenes se deprecian a cero”, explicó Hernandez. “Se podría decir que es irritante, porque ahuyenta a muchas personas”.

Algunos criptodevotos ven un lado positivo en el colapso de 2022. Para ellos, fue como la fiesta de una fraternidad universitaria que la policía pilló. A los que siguen de pie les enorgullece decir que no los sedujo la juerga.

“Ahora más que nunca nos anima saber que estamos haciendo lo correcto solo al creer en los fundamentos de las criptomonedas”, comentó Elion Chin, cocreador de Nimiq, un sistema de pago de código abierto que les permite a los usuarios guardar y gastar criptomonedas desde sus navegadores de internet. Como miles de otras empresas, Nimiq también emitió su propia moneda, cuyo valor disminuyó un 92 por ciento desde su máxima valoración en 2021.

Sin embargo, ni uno de sus 27 “colaboradores de tiempo completo” se ha marchado.

“El dinero es muy importante, pero esa no es la única recompensa que obtienen nuestros colaboradores”, dijo Chin en una llamada telefónica desde Costa Rica. “Trabajan con personas con quienes les gusta trabajar, en proyectos que creen que pueden lograr un cambio”.

Esa es una frase popular. Aunque las criptomonedas suelen asociarse con ganancias rápidas (es muy raro encontrar a alguien que diga que se parte el lomo por ganarse la paga) se habla mucho de las maneras en que la cadena de bloques transformará el mundo, ayudará a resolver el cambio climático, optimizará las cadenas de suministro, e incluso replanteará el trabajo de tal modo que más personas podrán encontrar empleos que les gusten (ya que la cadena de bloques puede encargarse de todas las cuestiones monótonas).

Mientras los partidarios de las criptomonedas se enfocan en metas extremadamente ambiciosas en un futuro imaginario, los detractores señalan las debacles que suceden todo el tiempo. Como el robo de 3000 millones de dólares en criptomonedas del año pasado, según cálculos de Chainanalysis. Luego está la incómoda realidad de que las criptomonedas les facilitan la vida a los delincuentes: traficantes de humanos y drogas, secuestradores de datos, mafiosos y el gobierno de Corea del Norte, que emplea a hackers que roban criptomonedas a todas horas, todos los días.

“Suceden cosas terribles con mucha frecuencia en el sector de las criptomonedas y, aun así, los devotos son muy buenos para separarlas del ideal que perciben para el sector”, indicó Molly White, que administra Web3 Is Going Just Great, un sitio web que registra las tribulaciones de la industria. “Si algo sale mal, siempre lo justifican con otro factor, como una implementación deficiente. Esto les facilita aferrarse a su posición ideológica”.

Como señala White, las criptomonedas existen desde 2009 y aún no generan un solo producto o servicio que la gente común y corriente pueda usar en su vida cotidiana. Los creyentes replican que solo es cuestión de tiempo para que llegue un avance trascendental. Es como cuando el líder de un culto predice que el fin del mundo será en un día determinado. Cuando el apocalipsis no ocurre, los dogmas centrales no se abandonan, sino que se define una nueva fecha.

Ahora bien, la paliza tan pública que se le ha propinado al sector de las monedas digitales ha obligado a las empresas a reevaluar sus estrategias. Hubo una época en la que negocios que ni siquiera estaban en el ámbito tecnológico recurrieron a la magia de las criptodivisas al agregarle la palabra “blockchain” (cadena de bloques) a su nombre, lo cual solía elevar el precio de sus acciones. El caso más famoso fue el de Long Island Iced Tea Corp., que se convirtió en Long Blockchain Corp., y su cotización bursátil se disparó casi un 300 por ciento en un día.

Ahora ocurre lo contrario, empresas que participan directamente en la criptoindustria repelen esa frase. A principios de enero, una empresa dedicada a la minería de bitcoin, Riot Blockchain, se convirtió en Riot Platforms. En octubre, Applied Blockchain se rebautizó como Applied Digital. (“Estamos ampliando nuestro alcance”, declaró un ejecutivo en una entrevista con el sitio The Street). Muchas de las firmas de capital de riesgo que en otro momento persiguieron criptoproyectos, ahora no regresan las llamadas.

En noviembre, la Bolsa de Valores de Australia canceló sus planes de emprender un sistema basado en la cadena de bloques para compensar operaciones, por lo que incurrió en un cargo de 168 millones de dólares. Ese mismo mes, la empresa danesa de transporte Maersk desactivó su plataforma de cadena de bloques. En un comunicado, declaró: “No se satisfizo la necesidad de colaboración total en la industria a nivel mundial”.

Estos fracasos no le sorprenden a Lee Reiners, director de políticas en el Centro de Economía Financiera de la Universidad de Duke. En esencia, la cadena de bloques es un software de base de datos, señala, y ni siquiera es uno muy popular. Jamás habría alcanzado su gran cantidad de seguidores devotos, ni atraído miles de millones de dólares en financiamiento con capital de riesgo, de no ser por su conexión con las criptomonedas. Esa es una tragedia sobre la que nadie ha reflexionado, afirmó Reiners.

“Imagina si todo el dinero y talento que se ha decantado hacia la criptoindustria en los últimos diez años se hubiese destinado al combate del cambio climático o la investigación sobre el cáncer”, planteó Reiners. “Es un tremendo despilfarro de recursos sociales y todo porque la gente quería ganar dinero rápido. Digan lo que digan, lo que más atrajo a las personas fue la oportunidad percibida de hacerse rico en poco tiempo”.

Ese talento, que según Reiners se ha desaprovechado, no opina lo mismo. La reunión en Ruar Street Food siguió hasta tarde, mientras un grupo pequeño debatía cómo la pandemia demostró la facilidad con que los gobiernos pueden controlar a sus poblaciones y cómo intervinieron los bancos. Uno de los presentes relató que a un cliente le cerraron la cuenta por negarse a usar cubrebocas en una visita al banco. Si todo marcha según lo planeado, algún día, ese cliente tendrá otras opciones.

“Desde mi perspectiva, existe una oportunidad de decirle al mundo que hay un futuro positivo que cambiará paradigmas y será posible gracias a la cadena de bloques”, sostuvo Hernandez de Gitcoin. “Pero esa no es la noticia ahora mismo”.

c.2023 The New York Times Company