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Los desafíos de Milei: ¿podrá sobrevivir al intento de normalizar la economía con sus ideas disruptivas?

El balotaje ordenó lo que la oferta política no pudo ni en la PASO ni en la elección general: la demanda de cambio. Antes del inicio del proceso electoral, había en la sociedad una fuerte demanda de cambio político, que se encontró con una oferta de cambio diversificada en la PASO y en la General, pero con un candidato opositor único en el balotaje, quien fue el que terminó juntando lo que hasta allí nadie había podido aglomerar en una mayoría ganadora antes.

Quizá otro candidato opositor podría haber capitalizado mucho mejor esta coyuntura, juntando aún más votos. Pero fue Milei el que logró aprovechar las ventajas de la escena y llegar a la segunda vuelta. Una vez allí, solo quedaba capitalizar la fuerte demanda de cambio. Una demanda que era tan fuerte, que ni siquiera sus ideas disruptivas le impidieron el triunfo.

Pero si el balotaje ordenó el proceso electoral, el resultado electoral no ordenó la política. Por lo menos en términos de configurar el sistema político de un modo conveniente para enfrentar los desafíos económicos. Si ordenar la política era generar las condiciones políticas para facilitar la toma de las decisiones económicas que están costando tomar, ese ordenamiento no se produjo, sino todo lo contrario. El proceso electoral produjo un gobierno de hiperminoría, que solo dispone menos de 1/10 parte del Senado y menos de 1/6 de Diputados, y que no posee ningún gobernador propio.

Milei: se complejiza el proceso de toma de decisiones

En definitiva, el proceso de toma de decisión se ha complejizado por la debilidad política del presidente que surgió electo. La disponibilidad de recursos para la toma de decisión es escasa, y las decisiones que hay que tomar requieren de mucho capital político. Por ello, el principal interrogante que presenta este inicio de ciclo es el de saber si el presidente podrá sobrevivir políticamente al intento de normalización de la economía, duda que emerge al ver la asimetría que se observa entre el insuficiente capital político disponible y el elevado costo político por asumir en aquella tarea de normalización.

Todo esto es lo que ha producido una transición en la que se ve al presidente electo tratando de acomodar el qué con el cómo, es decir, tratando de delimitar lo que va a hacer (el qué) en función de lo que podrá hacer (el cómo). Un pragmatismo que obedece a que su debilidad le achica los márgenes de acción.

Pero no deja de ser un dato valioso e interesante ver ese pragmatismo. Cuando uno enfrenta un límite, pueden emerger dos tipos de conductas: la obstinación (desconocer el límite y pretender superarlo sin modificar un ápice lo planificado), o el pragmatismo (ajustar la acción y la estrategia al condicionamiento que presenta el límite). En esta transición, se lo ha visto a Milei con la cuota de pragmatismo necesaria para administrar los límites que operan sobre su realidad.

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Milei deberá aplicar una cuota de pragmatismo necesaria para administrar los límites que operan sobre su realidad

Pero ser consciente de las limitaciones, no resuelve la necesidad de resolver los problemas que hay por delante. Sin pragmatismo no se podría hacer, pero con pragmatismo no alcanza para hacerlo. Y allí comienza el desafío, políticamente hablando, colosal de esta gestión frente a la magnitud de los problemas económicos que tiene que resolver.

Milei deberá resolver desequilibrios cambiarios, monetarios y fiscales. Sin necesidad de conocer qué tratamiento utilizará finalmente para cada uno de esos desafíos, es posible anticipar que el tratamiento que utilice producirá: inflación y pérdida del poder adquisitivo, caída de la actividad y del consumo, y algo más de desempleo e informalidad de lo que tenemos hoy. Esas consecuencias negativas del eventual programa económico son descontadas por los analistas económicos, porque no hay forma de sanear esta economía sin que el tratamiento produzca dolor, sufrimiento o consecuencias no deseadas.

Qué necesita Milei para mantener su capital político

Frente a esa dinámica inexorable, Milei necesita calibrar muy bien el qué con el cómo, sobre todo en dos dimensiones: en la eficacia, es decir qué de todo lo que puedo hacer podrá arrojar resultados exitosos; y en la eficiencia, qué de todo lo que puedo hacer arrojé resultados a tiempo. Porque no solo es necesario calibrar qué resultados son posibles de lograr, sino también qué resultados llegarán a tiempo, antes de que se agote el capital político disponible.

Todo este abordaje realista de las dificultades que enfrentará Milei, lo ponen frente a la necesidad de armonizar el qué con el cómo, y allí surgen dos dilemas de estrategia política centrales: 1) se avanza con un programa mínimo o se va detrás del programa máximo, y 2) se negocia todo junto o se negocia secuencialmente. Vistos estos dilemas y vistas las condiciones de debilidad inicial, no queda más que concluir que Milei deberá elegir que parte de su programa máximo recorta y eventualmente posterga, y no queda duda que le conviene negociar todo junto, y no secuencialmente, porque lo que el riesgo de descapitalizarse políticamente lo obliga a aprovechar el máximo capital político disponible del inicio.

Conclusión, es buena la señal de pragmatismo que surge del modo en que Milei está atravesando la transición, pero no es suficiente para garantizar en estas condiciones de debilidad política, un éxito inexorable frente al desafío que enfrenta de ordenar la economía. Tendrá que calibrar muy bien la estrategia política, para saber identificar qué de todo lo que quiere hacer va a poder hacer, y qué de todo eso podrá ofrecer resultados a tiempo para evitar que el capital político inicial se le termine de escurrir de las manos.

Nadie dijo que iba a ser fácil, pero no hay que analizarlo con mucha profundidad para advertir que estamos iniciando un ciclo político con grandes desafíos y con mucho riesgo político de que esos desafíos no puedan ser resueltos. Si más vale la maña que la fuerza, Milei necesitará mucha inteligencia política para sortear su condición de debilidad política inicial.