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La quiebra de Duralex, el adiós a las vajillas de toda una generación de abuelas

M. J. Arias
·3  min de lectura

La declaración de quiebra de Dularex por parte de un tribunal de Orleans (Francia) supone el último clavo en el ataúd de una marca icónica de vajillas que se convirtió en la estrella de las cocinas de las décadas de los cincuenta y sesenta en España. Para muchos españoles que ahora andan en la treintena o la cuarentena, aquellos platos de color miel con fama de indestructibles están asociados, inevitablemente, a las comidas de sus abuelas.

La vajillas Duralex comenzaron a comercializarse en 1945 usando la técnica del vidrio templado para su fabricación en Francia. A España llegaron en los cincuenta. (Foto: AP Photo/Richard Drew)
La vajillas Duralex comenzaron a comercializarse en 1945 usando la técnica del vidrio templado para su fabricación en Francia. A España llegaron en los cincuenta. (Foto: AP Photo/Richard Drew)

El origen de Dularex, que tomó su nombre de la máxima latina Dura lex, sed lex (la ley es dura, pero es la ley), hay que buscarlo, como señalan en Nius, en la elaboración de lunas para coches del fabricante Saint-Gobain. Especializado en el cristal, en 1939 comenzó a usar una técnica de vidrio templado que consistía en calentarlo a 700 grados y enfriarlo con rapidez. El resultado eran unas lunas mucho más resistentes.

Solo unos años más tarde, en 1945, en una estrategia comercial que funcionó realmente bien, la técnica empezó a aplicarse a las vajillas. Costaba menos producirlas que las tradicionales de loza o cerámica y, por lo tanto, salían a la venta con un precio mucho más asequible para una Francia de posguerra que se dejó seducir por estos platos y vasos de vidrio templado.

Su historia es tal y de tal importancia en el diseño, que la empresa ahora en quiebra y con sede en La Chapelle-Saint-Mesmin, en Loiret (Francia), cuenta con alguna pieza de sus primeras colecciones en el Museo de Artes Decorativas de París. Primero fueron los platos llanos y el vaso Gigogne y luego vendría el Picardía, más estrecho.

Los modelos que realmente están asociado a la infancia de tantos adultos de hoy en día son aquellos en color miel o verde que se popularizaron en España durante los años 50. Recuerdan en El Plural que la publicidad de entonces vendía las vajillas Duralex apostando por su dureza y resistencia. “Utilícelo como martillo, déjelo caer, golpéelo, hágalo pasar del hielo al agua hirviendo”, decían en sus anuncios.

La empresa ha vivido épocas mejores y peores. En tiempos de bonanza, como durante la década de los sesenta y habiendo llegado mucho más allá de las fronteras francesas, cuentan que vendía más de 100 millones de vasos, platos y bandejas. Su expansión alcanzó tal nivel que llegó a abrir, en 1963, una filial española en Azuqueca de Henares (Guadalajara).

Fueron buenos años para Duralex, pero los tiempos y las modas cambiaron y a finales de los noventa comenzó su declive, que le llevó a pasar de mano en mano hasta llegar a su quiebra. En 1997 Saint-Gobain, propietario original, se deshizo de ella y se la vendió a Bormioli Rocco & Figli. Llegaron las cuentas en rojo y otro cambio de titularidad. Esta vez, pasó al turco Sinan Solmaz. En 2007 Duralex afrontaba una liquidación judicial.

Un año después, en plena crisis económica, la moda de lo retro y con los hermanos André y Antoine Ionnaides a los mandos vivió un espejismo de salvación que duró poco. Esta semana un tribunal declaraba la quiebra certificando la muerte de la vajilla de las abuelas españolas y tantos otros países.

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