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Un ejército de costureras confecciona cubrebocas para Estados Unidos

·7  min de lectura
Corrina Bakken, directora de vestuario de la Ópera de Minnesota, elabora cubrebocas para los trabajadores de los hospitales en su taller de Minneapolis, Minnesota, el 24 de marzo de 2020. (Tim Gruber/The New York Times)
Corrina Bakken, directora de vestuario de la Ópera de Minnesota, elabora cubrebocas para los trabajadores de los hospitales en su taller de Minneapolis, Minnesota, el 24 de marzo de 2020. (Tim Gruber/The New York Times)
Cubrebocas para los trabajadores de los hospitales confeccionados por Corrina Bakken, directora de vestuario de la Ópera de Minnesota, en Minneapolis, Minnesota, el 24 de marzo de 2020. (Tim Gruber/The New York Times)
Cubrebocas para los trabajadores de los hospitales confeccionados por Corrina Bakken, directora de vestuario de la Ópera de Minnesota, en Minneapolis, Minnesota, el 24 de marzo de 2020. (Tim Gruber/The New York Times)

Recolectan tela, la cortan y la cosen. Reutilizan cortinas, vestidos, alambres de sostenes, cortinas de baño y hasta filtros para café. Generan cadenas de suministro, organizan a las trabajadoras y administran redes de distribución.

Sobre todo, cosen.

Por todo el país, hay estadounidenses en su casa elaborando miles y miles de cubrebocas para ayudar a que los médicos, las enfermeras y muchas otras personas se protejan del coronavirus.

Están aunando esfuerzos para atender una necesidad urgente: los hospitales, abrumados por la pandemia de rápida propagación, agotan a una velocidad preocupante sus suministros de equipo de protección, en especial los cubrebocas. Hay médicos y enfermeras que están enfermando y muriendo.

Exhortadas por la Casa Blanca, las empresas manufactureras están comenzando a aumentar su producción de cubrebocas. Pero podrían pasar semanas antes de que los nuevos suministros empiecen a salir de las líneas de producción.

Mientras tanto, parte del vacío está siendo llenado por legiones de costureras convocadas a la acción en cuestión de días a través de las redes sociales y de boca en boca; ahora sus habilidades se valoran y no se consideran un simple pasatiempo. Trabajan en sus salas de estar, sobre las mesas de la cocina y dentro de las tiendas cerradas. Confeccionan cubrebocas para Estados Unidos, así como la generación anterior fabricó municiones y cuidó los “jardines de la victoria” durante la Segunda Guerra Mundial.

“Las costureras siempre hemos colaborado cuando se necesita haciendo esto”, comentó Denise Voss, directora del capítulo de Inland Empire de la Asociación Estadounidense de Costura. “Estamos hechas para estos tiempos. Nos gusta quedarnos en casa a coser. Y todas tenemos provisiones de tela”. Su grupo, de aproximadamente 130 miembros en el sur de California, está elaborando cientos de cubrebocas a solicitud del Centro Médico del Sistema de Salud de la Universidad de Riverside.

Los cubrebocas caseros no sustituyen a las mascarillas N95, que son las herramientas más eficaces para filtrar el coronavirus. Ni siquiera son tan resistentes como los cubrebocas quirúrgicos que, hasta hace poco, abundaban en cualquier hospital o consultorio médico.

Pero los ejemplares caseros —cosidos por lo general con algunas capas de algodón por dentro, resortes y puentes flexibles para la nariz, en los diseños más ambiciosos— al menos ofrecen cierta protección. “Es mejor que nada” se ha convertido en una frase popular en la comunidad cerrada de las costureras. Algunos médicos a veces utilizan los cubrebocas caseros en vez de las mascarillas N95 o las quirúrgicas con la intención de prolongar la vida útil limitada de estas codiciadas mascarillas. Se están repartiendo cubrebocas también en los centros de salud y en los asilos de ancianos.

“Esto permite que los cubrebocas quirúrgicos se reserven para las personas que están en mayor riesgo”, señaló Nicole Seminara, una doctora del Centro Médico Langone de la Universidad de Nueva York, quien trabaja como voluntaria en el pabellón de coronavirus. Seminara inició la campaña Masks4Medicine en las redes sociales para solicitarle a la población cubrebocas caseros.

“¿Son tan eficaces como un N95? No. No decimos que lo sean. Sería fabuloso que tuviéramos todos los N95 del mundo. Pero en este momento son escasos”, comentó.

Algunas costureras dijeron que las motivó a actuar la sugerencia de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades a los trabajadores de los hospitales de que se pusieran paliacates en el rostro como último recurso para sustituir los cubrebocas inexistentes. Las costureras diseñaron sus cubrebocas caseros con base en los patrones y los diagramas que compartieron en internet los trabajadores sanitarios y otras personas. Están hechos para soportar altas temperaturas (que son necesarias para la esterilización) y la fuerza de las lavadoras industriales.

“Queremos que todos usen cubrebocas”, afirmó Bettina D’Ascoli, quien tiene un taller de costura en Hastings-on-Hudson, Nueva York, el cual imparte clases de costura para niños y adultos. Ahora el taller está cerrado y D’Ascoli se ha instalado ahí adentro en un banco de metal frente a una sólida mesa de madera. Con los suministros de algodón acolchado prelavado que tiene el taller, hasta ahora ha elaborado cerca de 50 cubrebocas. Son de colores vivos y estampados vistosos: azules con lunares rojos, con pececitos o con gomitas.

“Son cubrebocas alegres para animarle el día a la gente”, comentó.

D’Ascoli envió un correo masivo la semana pasada para exhortar a las costureras locales a que se unieran a su labor de elaborar cubrebocas. De inmediato comenzó a recibir llamadas telefónicas de voluntarias, así como de médicos y enfermeras locales que solicitaban ese material. “Se salió de control”, señaló.

Una arquitecta local, Margie Lavender, ofreció su ayuda para organizar el trabajo. Formó grupos de voluntarias según su grado de habilidad y si contaban con una máquina de coser; luego les ayudó a conseguir el material que necesitaban para arrancar. Ahora tiene 39 personas cosiendo y unas diez más que le ayudan con la distribución y otras tareas.

Los cubrebocas se distribuyen a los médicos del condado de Westchester, uno de los primeros epicentros del coronavirus, pero también a los conductores de FedEx y UPS, a los trabajadores de las tiendas de abarrotes y a los oficiales de policía, a los trabajadores de ambulancias y a los bomberos locales.

“Necesitan lo que puedan conseguir, y así es en todo el país”, mencionó Lavender.

Mientras D’Ascoli cosía en su taller vacío, unas 200 personas, todas guardando una distancia de dos metros, hacían fila afuera de la tienda de telas Treadle Yard Goods de Michele Hoaglund en St. Paul, Minnesota.

Unos días antes, una amiga de Hoaglund, Judy Walker, le había dicho que un sistema de servicios médicos local había aprobado un diseño para los cubrebocas caseros. Eso motivó a Hoaglund a armar unos 50 paquetes para confeccionar cubrebocas para regalarlos. Cada uno contenía el material suficiente para elaborar al menos 24 cubrebocas.

Treadle Yard Goods anunció este proyecto en las redes sociales. Hoaglund se imaginó que algunas aficionadas pasarían por la tienda.

Luego de unos minutos de que abrió su tienda el domingo por la tarde, los paquetes ya se habían terminado. Su teléfono sonaba sin cesar con llamadas incluso desde Texas para solicitar más. Con algunos materiales donados, trabaja tiempo extra para armar tantos paquetes como pueda.

“Nunca debió haber llegado a este punto”, afirmó Hoaglund. “Estamos haciendo lo que el gobierno federal debería estar haciendo”.

Muchos de los cubrebocas terminados se destinan a la red Allina Health de hospitales y clínicas de Minnesota, señaló Helen Strike, quien está a cargo de la respuesta al coronavirus de Allina. Dijo que le preocupa que se agoten los suministros de cubrebocas de la red de hospitales a medida que el virus se propague en Minnesota.

Nadie sabe cuántas personas comenzaron a elaborar cubrebocas a lo largo de la semana pasada, cuando se enteraron de la crisis inminente que enfrentan los trabajadores sanitarios. Wade Miquelon, director ejecutivo de Jo-Ann Stores, una tienda de manualidades de Ohio que está regalando paquetes para confeccionar cubrebocas, calculó que la cantidad de gente fabricándolos podría aumentar a cientos de miles a nivel nacional.

“Es como en tiempos de guerra: ¿qué puedo hacer para ayudar?”, comentó. “Esto es bueno para el alma”.

En Filadelfia, Nan Ides tenía mucha tela. Puesto que se jubiló hace poco, también tenía mucho tiempo. Sacó su máquina de coser y empezó a hacer cubrebocas con el material sobrante de ropa para bebé y la tela con estampados florales —púrpuras, verdes, negros y blancos— de un vestido de verano que nunca había logrado terminar.

Vio en internet que algunas personas estaban insertando filtros para café a fin de añadir un poco más de protección. Otras estaban doblando limpiadores de pipas o sujetapapeles para hacer puentes que irían sobre la nariz de los usuarios. Los de Ides eran sencillos. Para asegurarse de que los usuarios pudieran respirar a través de la tela, salió a caminar por su vecindario con uno puesto.

“Es como un paliacate doble o triple sobre el rostro”, comentó.

Entregó una remesa, casi todos hechos del mismo material que su vestido, al Hospital de Niños de Filadelfia.

Un grupo de trabajadores sanitarios se los pusieron y sonrieron.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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