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Un esfuerzo novedoso para ver cómo la pobreza afecta el cerebro de los niños

Alla Katsnelson
·6  min de lectura
Algunos científicos creen que las nuevas mensualidades del paquete de alivio por la pandemia podrían cambiar la vida de los niños de manera fundamental: al transformar su cerebro. (Karsten Moran/The New York Times).
Algunos científicos creen que las nuevas mensualidades del paquete de alivio por la pandemia podrían cambiar la vida de los niños de manera fundamental: al transformar su cerebro. (Karsten Moran/The New York Times).

Los nuevos pagos mensuales en el paquete de alivio por la pandemia tienen el potencial de sacar a millones de niños estadounidenses de la pobreza. Algunos científicos creen que los pagos podrían cambiar la vida de los niños de una manera más fundamental: al transformar su cerebro.

Ya es bien sabido que crecer en situación de pobreza está correlacionado con disparidades en el progreso académico, la salud y el desempleo. Pero una rama emergente de la neurociencia pregunta de qué manera la pobreza afecta al cerebro en desarrollo.

Durante los últimos 15 años, decenas de estudios han encontrado que los niños criados en circunstancias miserables tienen algunas diferencias sutiles en su cerebro en comparación con los niños pertenecientes a familias más pudientes. En promedio, el área de superficie de la capa exterior del cerebro es más pequeña, sobre todo en las zonas que se relacionan con el lenguaje y el control de impulsos, así como en el volumen de una estructura llamada el hipocampo, el responsable de la memoria y el aprendizaje.

Estas diferencias no son el reflejo de características innatas o heredadas, según sugieren los estudios, sino de las circunstancias en las que crecieron los niños. Los investigadores han especulado que diversos aspectos de la pobreza —una nutrición deficiente, estrés elevado y baja calidad en la educación— podrían influir en el desarrollo cerebral y cognitivo. Pero casi todas las investigaciones que existen hasta la fecha son correlacionales. Y si bien estos factores podrían existir en diversos grados en todo tipo de familias, la pobreza es el común denominador. Un estudio en curso llamado “Baby’s First Years” (los primeros años del bebé) que comenzó en 2018, busca determinar si la reducción de la pobreza podría por sí sola favorecer un desarrollo saludable del cerebro.

“Ninguno de nosotros cree que el ingreso es la única respuesta”, afirmó Kimberly Noble, neurocientífica y pediatra de la Universidad de Columbia que es una de las encargadas del proyecto. “Pero con “Baby’s First Years”, estamos yendo más allá de la correlación para comprobar si la reducción de pobreza tiene un impacto directo en el desarrollo cognitivo, emocional y cerebral de los niños”.

Noble y sus colaboradores están examinando los efectos de hacer pagos en efectivo de cantidades de dinero que resultaron ser parecidas a las que el gobierno de Biden distribuirá como parte de un crédito fiscal ampliado por hijos.

Los investigadores seleccionaron al azar a 1000 madres con bebés recién nacidos que vivían en situación de pobreza en la ciudad de Nueva York, Nueva Orleans, el área metropolitana de Minneapolis-Saint Paul y Omaha, Nebraska, para que todos los meses recibieran una tarjeta de débito con 20 o 333 dólares que las familias podían usar como quisieran. (El plan de Biden dará 300 dólares mensuales por hijo hasta los 6 años de edad, así como 250 dólares por hijos cuyas edades oscilen entre los 6 y 17 años). El estudio hace un seguimiento del desarrollo cognitivo y la actividad cerebral de los niños a lo largo de varios años mediante una herramienta no invasiva denominada EEG móvil, que mide los patrones de ondas cerebrales con un gorro ponible de 20 electrodos.

El estudio también hace un seguimiento del estatus financiero y laboral de las madres, así como de mediciones maternales como niveles de hormonas de estrés y si usan guarderías o servicios de niñeras. En entrevistas cualitativas, los investigadores indagan cómo el dinero afecta a la familia y, con el consentimiento de las madres, ven cómo lo gastan.

El estudio pretendía recabar datos sobre la actividad cerebral de los niños de 1 y 3 años en visitas a domicilio y los investigadores lograron obtener la primera serie de datos de unos dos tercios de los niños antes de que se desatara la pandemia. Como las visitas a domicilio siguen siendo insostenibles, ampliaron el estudio a los 4 años y recogerán la segunda serie de datos cerebrales el año que viene en lugar de este.

La pandemia, así como los dos pagos de estímulo que recibieron los estadounidenses a lo largo del último año, sin duda afectaron a las familias participantes de distintas maneras, así como los cheques de estímulo que se darán este año y los nuevos pagos mensuales. Pero, debido a que el estudio es aleatorio, de cualquier manera los investigadores esperan poder evaluar el impacto del dinero que el programa les da, afirmó Noble.

“Baby’s First Years” se considera un emprendimiento audaz para demostrar, a través de un ensayo clínico, un vínculo causal entre la reducción de la pobreza y el desarrollo cerebral.

El estudio “sin duda es uno de los primeros, si no es que el primero”, en este campo de desarrollo en tener implicaciones directas en políticas públicas, sostuvo Martha Farah, neurocientífica cognitiva de la Universidad de Pensilvania y directora del Centro de Neurociencia y Sociedad que estudia la pobreza y el cerebro.

Sin embargo, Farah concede que los científicos sociales y los responsables de la elaboración de políticas públicas suelen descartar la relevancia de los datos sobre el cerebro.

“¿Se pueden obtener conocimientos prácticos al aplicar la neurociencia o acaso la gente solo se está apantallando con las bonitas imágenes del cerebro y las impresionantes palabras de la neurociencia? Es una pregunta importante”, comentó.

Abundan los escépticos. James Heckman, economista ganador del Premio Nobel que trabaja en la Universidad de Chicago y estudia la desigualdad y la movilidad social, dijo que no veía “ni un atisbo de que una política salga de ello, aparte de decir que, sí, hay una huella de una vida económica mejor“.

“Además, sigue siendo una incógnita cuál es el mecanismo” a través del cual dar dinero a los padres ayuda al cerebro de los niños, dijo, y luego añadió que enfocarse directamente en ese mecanismo podría ser más barato y eficaz.

Samuel Hammond, director de políticas de pobreza y bienestar social del Centro Niskanen, que trabajó en una propuesta de subsidio infantil del senador Mitt Romney, está de acuerdo en que buscar el origen de cualquier beneficio cognitivo que se observe es complicado.

“Me cuesta trabajo dilucidar las intervenciones que en realidad ayudan más”, expresó.

Por ejemplo, los expertos en políticas debaten si ciertos programas de cuidado infantil benefician de manera directa el cerebro de un niño o si simplemente le permiten a la cuidadora del niño tener más tiempo para trabajar y aumentar el ingreso de la familia, dijo.

Pero, Noble sostiene que esa es precisamente la razón por la que dar dinero a familias en desventaja podría ser la manera más potente de poner a prueba el vínculo de la economía con el desarrollo cerebral.

“Es muy posible que las vías particulares del impacto en los niños difieran de una familia a otra”, dijo. “Por eso, al dar a las familias la posibilidad de utilizar el dinero como mejor les parezca, no se presupone que haya una sola vía o un mecanismo concreto que conduzca a diferencias en el desarrollo infantil”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company