A la espera de la nueva devaluación: ahora la pregunta no es si ocurrirá sino cuándo y cuánto subirá el dólar

La tarea prioritaria de los funcionarios K, en los últimos dos meses, ha sido la de transmitir la convicción de que la crisis cambiaria está superada y que no se repetirá un episodio de corrección brusca como el que se viviera a fines de enero.

Ello se constató en el énfasis con el que se han referido al tema el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, el ministro de Economía, Axel Kicillof, y cuanto dirigente u analista cercano al oficialismo se acercara a un micrófono.

Nadie podría cuestionar esa estrategia de comunicación. Hasta los críticos más acérrimos del kirchnerismo -incluyendo a ex funcionarios que han lidiado con problemas similares- coinciden en que si hay algo peor que hacer una devaluación brusca es dejar dudas respecto de que pudieran sobrevenir nuevos "temblores".

"La única devaluación que sirve es la última", es la frase con la que Enrique Szewach sintetiza el sentir del gremio de los economistas: sólo si se transmite estabilidad, puede lograrse que un ajuste del tipo de cambio reactive las exportaciones y evitarse que la suba del dólar se "contagie" a precios.

"Para ser percibida como la última, tiene que ser consistente con la política fiscal y monetaria. Como no lo es -más allá de una eventual calma transitoria-, lo más probable es que, en poco tiempo, haya nuevas ‘sorpresas' y alguien nos vuelva a explicar las bondades de una nueva política cambiaria", ironizaba Szewach tras el ajuste de enero.

Otros economistas apuntaban en el mismo sentido. Como José Luis Espert, para quien la estabilidad del dólar sólo duraría "hasta que se asusten de nuevo".

O como Nicolás Dujovne, quien cree que se volverá a dar una corrección cambiaria cuando se quiebre otra "barrera psicológica", dada por una persistente caída de reservas del Banco Central. 

Lo cierto es que, pese a los esfuerzos comunicacionales del Gobierno, en el mercado se consolida la idea de que la actual estabilidad cambiaria no será muy duradera.

Es por eso que las consultas que más escuchan los economistas por estos días son:

1. Cuándo se quebrará la actual paz cambiaria.2. Cómo se devaluará, si será un proceso gradual o similar al de enero.3. Cuánto valdrá el "nuevo dólar", aquel que permita mejorar la competitividad. Ya no tan "excelentísimo"Los economistas divergen en los detalles sobre el cuándo, el cómo y el cuánto, pero coinciden bastante en las cuestiones de fondo.

Por ejemplo, en que la urgencia por devaluar será mayor en la medida en que el Gobierno no reduzca el rojo en las cuentas públicas, un problema que está en el origen del proceso inflacionario.

También hay consenso respecto de que el ingreso de dólares por la cosecha de soja brindará al oficialismo margen como para manejar la situación durante el segundo trimestre.

Hay, además, otro factor que garantiza una continuidad en la "paz cambiaria" de corto plazo: las paritarias.

Están en plena fase de negociación y resulta contraindicado en todos los manuales políticos convalidar una devaluación justo en ese contexto.

No obstante este hándicap, en los últimos días comenzó lentamente a moverse la cotización del tipo de cambio oficial -ubicándose otra vez en el nivel de los $8- lo cual parece confirmar que la idea de la administración K está lejos de congelar al dólar.

A fin de cuentas, hay un condicionante que el Gobierno se autoimpuso: mantener el nivel de competitividad cambiaria que existía a fines de enero.

En aquel momento, Capitanich defendía la corrección del billete verde al afirmar que con un precio de $8 se había logrado que todas las variables convergieran para alcanzar los objetivos del "modelo".

Más entusiasta, la ministra de Industria, Débora Giorgi, decía que ese tipo de cambio resultaba "excelentísimo" para defender la producción nacional.

De manera que si el objetivo fuera mantener ese nivel de competitividad, los funcionarios K deberían admitir que, al menos, la cotización de la divisa debería deslizarse en línea con la inflación.

Si se considera el nuevo índice "sincerado", tomando en cuenta sólo el incremento de febrero (3,4%) más lo anunciado para marzo -y el impacto de la reducción de subsidios en los precios-, se debería aceptar que el dólar ya debería estar en niveles cercanos a los $8,50.

Claro que el cálculo no es tan lineal. Como argumenta Eduardo Levy Yeyati, titular de la consultora Elypsis, la cifra debe considerar lo que ocurre con las monedas de los países vecinos y socios comerciales.

De forma tal que el dato relevante debe ser la diferencia entre la inflación argentina menos la de los países socios. A ello se le debe agregar la influencia del fortalecimiento del dólar en el mundo, que se evidencia en el debilitamiento del real brasileño.

La conclusión de Yeyati es contundente: "Para evitar un nuevo atraso, en los próximos meses el tipo de cambio sólo puede ir en una dirección, hacia arriba". Y proyecta en un 25% la corrección necesaria de aquí hasta diciembre.

En la misma línea opina Jorge Todesca, ex viceministro de Economía, para quien las dificultades del Gobierno por controlar la inflación "amenazan con empujar una segunda ola devaluatoria, tan anticipada como la primera".

Igual de contundente es el diagnóstico de la consultora Ledesma, que en un reporte califica la actual cotización como "sostenida artificialmente". Y afirma que se está "reincidiendo progresivamente en zona de atraso cambiario".

Aun así, parece muy improbable una corrección brusca en el corto plazo. Es que existen factores importantes que le dan margen operativo al Gobierno. El más importante es el salario, que para muchas empresas constituye el principal costo.

El hecho de que todavía estén rigiendo los sueldos viejos para algunos sectores es lo que atenúa en parte la pérdida de competitividad que las empresas habían recuperado con la devaluación de enero. ¿Cuánto, cuándo y cómo?Los detalles sobre la próxima devaluación son en este momento los datos más preciados.

En definitiva, todos saben que la corrección será inevitable, pero está claro que no es lo mismo un camino gradualista (en el cual el dólar acompañe a la inflación en un corrimiento de un 2% mensual) a que ocurra una reacción motivada por el miedo del mercado, en la cual la paridad se mueva en pocos días un 20%.

Con el antecedente de lo sucedido a finales del año pasado, hay quienes ven con desconfianza la estrategia de retomar las "mini devaluaciones", porque creen inevitable que ello genera movimientos especulativos: aquellos que tienen dólares demoran su liquidación y los importadores adelantan compras.

Sin embargo, hay analistas que apuntan que no necesariamente la historia debe repetirse.

"Hoy la velocidad de depreciación sería menor y la tasa de interés mayor, lo que limita mucho este tipo de arbitraje", argumenta Levy Yeyati.

Más bien, advierte por la tentación de volver a usar al dólar como ancla de la economía: "La corrección necesaria para recuperar el atraso iría aumentando con el tiempo y -del mismo modo- lo harían la devaluación esperada y la brecha entre dólar oficial y el dólar bolsa, elevando el incentivo a esperar, en una suerte de crónica de una devaluación anunciada".Más explícito aún, el economista Tomás Bulat señala: "La calma del dólar me preocupa mucho porque avecina una tormenta".Su análisis es que, a pesar de que haya una sensación de calma por el ingreso de los dólares de la soja, no hay que confiar en que el ingreso supere al registrado el año pasado, y llama la atención sobre el dato de la balanza comercial en el comienzo del año, que fue diez veces menor que el de 2013.En ese contexto, advirtió que la tentación de volver a usar al dólar como ancla de los precios puede tener un alto costo: "Einstein decía que locura consiste en hacer lo mismo y esperar resultados distintos. Si se lo vuelve a usar como ancla antinflacionaria, qué haría pensar que no terminará con una gran devaluación y con riesgo de default"”. 

¿Comparten esa preocupación los funcionarios K? De momento, hay señales ambivalentes. Los leves movimientos del billete verde de los últimos días podrían hacer pensar que Juan Carlos Fábrega coincide con este punto de vista. Pero no parece que en el ministerio de Economía haya coincidencia plena.

Por lo pronto, hay una amplia mayoría de analistas que creen que, durante el segundo trimestre, el Gobierno tiene incentivos como para mantener al tipo de cambio anestesiado.

Entre ellos figura Miguel Bein, uno de los economistas más influyentes del momento. Cree que el tema salarial es lo que está manteniendo al dólar en el freezer: "Ahora está quieto porque hay que bajar expectativas de inflación".

De todas formas, pronostica que en el segundo semestre volverá a verse un camino ascendente, que llevará a la divisa estadounidense a $9,30 sobre finales de año.

Jorge Vasconcelos, economista de la Fundación Mediterránea, sostiene que "el objetivo del Gobierno va a ser copiar la inflación".

Su pronóstico es que a partir de abril el índice de precios se estabilizará en torno del 2% mensual y que el dólar comenzará a deslizarse a esa misma velocidad.

"Prevemos una cotización de $9,60 a $9,70 para finales de año. El alza del tipo de cambio será cercana al 50%, frente a una inflación del 35% y con salarios creciendo entre 28% y 30%. Se ganaría un poco de competitividad", observa.En la misma línea analiza la situación Miguel Kiguel, ex secretario de Finanzas, quien cree que el Gobierno no caerá en la tentación de congelar la paridad en $8 sino que retomará el deslizamiento "para evitar un salto más grande". Su diagnóstico es elocuente: "un tipo de cambio a $8 está bien para hoy pero no para julio".  Margen estrechoUn punto central en este debate es si el Ejecutivo tendrá margen de maniobra o si hay posibilidades de que se repita lo sucedido a finales de 2013, cuando el plan gradualista de Kicillof chocó contra la desconfianza del mercado.

Y si bien hay una sensación generalizada de que hoy Fábrega tiene un mejor control de la situación, no puede decirse que las dudas se hayan despejado del todo.

El termómetro que sigue generando preocupación es el de las reservas del Banco Central.  

"Aun a pesar de la liquidación de la cosecha gruesa y las medidas regulatorias, el pago de importaciones y los vencimientos de deuda pública se consumirían la mayor parte de la oferta de divisas. En consecuencia, las reservas no se recuperarán significativamente", apunta la consultora Ledesma, que anticipa problemas hacia el último cuatrimestre.

También Gabriel Torres, director de la agencia calificadora Moody's -que bajó la nota de la deuda argentina-, cree que "la actual política cambiaria no es sostenible a largo plazo" y que el problema ya no depende tanto de si el ingreso de sojadólares es superior al del año pasado, sino de la falta de señales sobre cambios en la tendencia general.

Las principales dudas están puestas en cómo seguirá el proceso inflacionario.

Economistas muy influyentes, como Javier González Fraga, señalan que si en los meses que siguen se evidencia una fuerte desaceleración, entonces se corre el riesgo de un efecto "huída del peso", que ya no podría ser controlado con una suba de tasas de interés.

Los escépticos destacan que, cuando el origen del problema es fiscal, no hay forma de resolverlo con movimientos de tasas.

"Si el déficit fiscal no se corrige, el Banco Central no podrá compensar el desmanejo, porque ni con una tasa de 5% mensual convencerá a la gente de que le va a ganar a la devaluación. El peligro es volver a un espiral de inflación, devaluación y tasas al estilo ochentista", advierte el economista Dujovne.

En definitiva, las cosas no están fáciles para un Gobierno que tiene que dar la batalla en el campo de las expectativas.

Y como prueba de la dificultad en convencer de que "la última devaluación fue la última", basta este dato: aun con la perspectiva de una buena cosecha, hay dudas sobre si el ingreso de dólares será el esperado.

Al respecto, Mario Llambías, dirigente de Confederaciones Rurales Argentinas, manifiesta que los productores "venderán lo mínimo e indispensable" para cubrir los costos.

Consideró lógica esa actitud, porque lo contrario implicaría quedarse con pesos "que no se sabe cuánto van a valer el mes que viene".

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