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Fantasía versus realidad en las negociaciones con el FMI

·7  min de lectura
El ministro de Economía, Martín Guzmán, junto a la directora del FMI, Kristalina Georgieva
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El 22 de noviembre de 2012 me encontraba en Río de Janeiro almorzando con inversores interesados en la Argentina cuando mi BlackBerry explotó. Mails y llamados desesperados me hicieron suspender el almuerzo. El juez Thomas Griesa acababa de fallar en contra de la Argentina, en un caso que hasta entonces no era visto con la importancia debida para la mayoría del mercado. Ese día, los bonos del gobierno se derrumbaron hasta un 15%.

No traigo esta historia para responder a afirmaciones que hizo la vicepresidenta Cristina Kirchner en su carta del sábado 27 sobre el tema de la deuda, aunque no puedo dejar de abrir un paréntesis al respecto. En su escrito se refirió con un tono de éxito a la reestructuración de la deuda: “En el año 2010 me tocó completar la reestructuración más exitosa de deuda soberana de la que se tenga memoria realizada, paradójicamente, por quien fuera el presidente que con menos votos asumiera la primera magistratura en toda la historia argentina. Vaya mi homenaje, una vez más, a tanta capacidad, tanta voluntad y tanto coraje. Cuando como presidenta me tocó decidir, no cedí a la extorsión de los Fondos Buitre porque ello significaba desconocer los derechos de todos aquellos acreedores externos que de buena fe habían acordado con el Estado argentino en 2005 y en 2010, con consecuencias irreparables para la Argentina.”

En realidad, la falta de acceso al mercado voluntario de deuda pos reestructuración y la costosa saga con el juez Griesa lo que mostraron es que dichas negociaciones fueron una tragedia para el país. Material para otra columna.

Traigo esta historia para argumentar que en la Argentina, y particularmente en el kirchnerismo, abundan las fantasías en el trato con el mundo, y que dichas fantasías le cuestan muy caras a todo el país.

A los pocos días del fallo de Griesa consulté a unos reconocidos abogados de Manhattan y me dijeron, desde el primer momento, que la Argentina perdería el caso. Mientras que en la Argentina insistían en que el país ganaría el juicio y que, con el apoyo del gobierno de los Estados Unidos el caso tomaría un tinte político si llegaba a la Corte Suprema de ese país, los abogados decían que se trataba de un caso de interpretación de contratos. Nada de política. Los bonos emitidos en los 90 tenían una cláusula (pari passu o trato igualitario entre acreedores) que daba lugar a la demanda. Por cierto, otra cláusula –mal escrita– de los bonos emitidos en la “reestructuración más exitosa” de la historia pueden dar lugar a pérdidas de miles de millones de dólares a los argentinos en otro caso que se cursa en los tribunales de Nueva York, ligado a los llamados GDP Warrants.

Fui un testigo privilegiado de la saga de los holdouts. Participé de todas las audiencias del juez Griesa, de la Corte de Apelaciones, e incluso llegué a presenciar la audiencia en la Corte Suprema, que tomó cartas en un aspecto del juicio, pero no en su fondo. Pude así comprobar que lo que decían los abogados era cierto: se trató en todo momento de una discusión sobre la interpretación del contrato firmado por el país con sus acreedores. El gobierno, como es sabido, perdió el juicio con los holdouts, con gran costo para los argentinos.

La saga que se abre con la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) comparte algunas características de la negociación con los holdouts, pero no todas. Una diferencia es que en este caso no se trata de la interpretación por un tribunal de un contrato, sino de una negociación, en la que intervienen juicios de valor sobre lo que es sustentable o no, y en la que la política si tiene alguna injerencia. Si bien no hay contratos firmados de por medio (más allá del contrato donde dice que le debemos al FMI una cantidad de dinero que le es imposible pagar en 2022), es importante notar que sí existen reglas. El FMI no puede firmar cualquier cosa. Tiene un mandato y reglas que cumplir, y el acuerdo se debe enmarcar dentro de dichas reglas y de dicho mandato.

La característica que más comparten por ahora esta negociación y la de los holdouts es la de las fantasías que se esgrimen localmente sobre el asunto. El pináculo de esas fantasías lo constituye el artículo de Horacio Verbitsky en El Cohete a la Luna del domingo pasado. Allí describe 12 puntos que resumen lo que el autor cree que el Poder Ejecutivo entiende acerca del acuerdo. Si tuviese que catalogar el género de esta pieza, la ubicaría dentro de la literatura fantástica latinoamericana.

En el punto 8, Verbitsky habla de un posible swap de monedas con los Emiratos Árabes Unidos (EAU), del estilo del que tenemos con China. “Tenemos” es un decir, porque en el gobierno de Alberto Fernández la Argentina no pudo usar nada de este swap de 20.000 millones de dólares. Aunque seguramente sea una fantasía, supongamos que lo de EAU fuese cierto. En este caso, la oposición debería salir rápido a pedir un informe al Gobierno. ¿A qué tasa de interés se haría y que otros términos tendría este préstamo? Adelanto que seguramente sería más alta que la tasa a la que nos presta el FMI. Además, ¿no sería emisión de nueva deuda para financiar la fuga de capitales?

Este no es el único financiamiento al que se refiere Verbitsky. En los puntos 3, 7, 9 y 10 habla de miles de millones de dólares que recibiría el país. La “lluvia de inversiones” que prometió Mauricio Macri se materializaría, paradójicamente, durante el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner. Refiriéndose a los derechos especiales de giro (DEG) que recibió el país este año y que el Gobierno usó para devolver deuda con el Banco Central y que, además, está utilizando para pagar al FMI, dice que “el FMI devolverá al país lo que ya haya pagado”.

También, que organismos multilaterales como el BID y el Banco Mundial nos prestarán 26.000 millones de dólares en los próximos tres años. Por último, menciona a los DEG que otros países no utilizaron como fuente de recursos, así como también recursos del nuevo fondo de resiliencia y sustentabilidad que creó recientemente el FMI. Ni Gabriel García Márquez se animó a tanto.

Verbitsky también afirma que el acuerdo se firmaría antes de fin de año y que no requeriría ningún esfuerzo por parte del país. La Argentina no debería implementar reformas estructurales ni ajustar el gasto público. En el punto 4 dice que “aumentará cada año el presupuesto dedicado a salud, educación y obras públicas”. Este punto quizás esconda una triquiñuela para despistar a los seguidores del Frente de Todos: no aclara si las subas serán en términos nominales (esto seguro ocurrirá, debido a la inflación) o en términos reales, es decir, ajustadas por inflación. Tampoco dice nada acerca de las jubilaciones. Sospecho que las seguirán licuando para poder pagar las Leliq, como hicieron en 2020 y en 2021. El déficit se reducirá, según Verbitsky, por el crecimiento de la economía. Lástima que no aclara cuáles serán las fuentes de crecimiento.

El reconocido historiador económico David Landes, de la Universidad de Harvard, refiriéndose al rol de la cultura en el desarrollo económico, argumentaba, con otras palabras, que para que un país progrese es esencial que se asuma la responsabilidad por los problemas propios.

Exactamente lo contrario a lo que hace el kirchnerismo: la culpa es de Macri, del FMI, de la oposición, etcétera, etcétera. Las fantasías tejidas alrededor de la saga de los holdouts y de las negociaciones con el FMI son la otra cara de la moneda de esta actitud: las soluciones a los problemas argentinos van a venir de la mano de nuevos préstamos y ayudas de organismos como el FMI y el BID y gobiernos extranjeros. ¿Cambiar algo nosotros? No, gracias.

Lo cierto es que, para volver a crecer, la Argentina necesita asumir la responsabilidad por los problemas que enfrenta. Un programa económico consistente debe tener al menos tres componentes esenciales. Primero, bajar drásticamente el déficit fiscal, para poder reducir la emisión de dinero y por lo tanto la inflación y la brecha cambiaria. Segundo, tener un tipo de cambio que le permita al país levantar las restricciones absurdas que ahogan a la economía y poder aumentar así las reservas internacionales, dado que estas son bajas o nulas. Por último, generar un shock de oferta bajando impuestos y regulaciones, para que nuestro sector productivo invierta y genere empleo, permitiendo así que la economía salga de este largo estancamiento. El resto es todo sarasa.

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