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El lado oscuro y oculto tras la supuesta felicidad del que fue “el niño más hermoso del mundo”

Valeria Martínez
·7  min de lectura

A cincuenta años de pasar a la historia como “el niño más hermoso del mundo”, muy pocos recuerdan el nombre de Björn Andrésen pero sí reconocen ese rostro adolescente convertido en objeto de deseo cinematográfico en 1971.

Este actor y músico sueco lleva toda una vida renegando del legado que todavía le persigue después de convertirse en objeto de deseo de una película, saltando al estrellato solo por su cara bonita. Desde entonces, Andrésen pasó toda su etapa adulta deseando ser invisible, que nadie notara su apariencia. Y a sus 65 años está harto, agotado, y ha decidido prestarse a un documental que espera que sirva para que el mundo comprenda las terribles consecuencias que pueden recaer en un adolescente cuando el mundo lo observa como un mero objeto de deseo.

Björn Andrésen en Muerte en Venecia (Warner Bros.)
Björn Andrésen en Muerte en Venecia (Warner Bros.)

Con apenas 15 años, este actor nacido en Estocolmo se convirtió en objeto de deseo de una película y de un director que no escatimó en recursos a la hora de ensalzar su rostro como ejemplo de belleza inmaculada. El italiano Luchino Visconti lo escogió personalmente de entre decenas de adolescentes -incluido Miguel Bosé, quien tuvo que desistir de su sueño ante la negativa de su padre, el torero Dominguín (El País)- para interpretar a Tadzio, el joven que sin decir una palabra encandila y obsesiona al protagonista, un compositor adulto que vive una crisis existencial interpretado por Dirk Bogarde.

La película fue Muerte en Venecia, una adaptación de la novela corta de Thomas Mann del mismo nombre en donde el director de El gatopardo reflejaba la obsesión por la belleza idílica a través de planos centrados en engrandecer la imagen del joven intérprete. En su momento los planos causaron sensación mediática y lanzaron al estrellato al joven sueco, pero cinco décadas más tarde rozan el absurdo. Afortunadamente ahora somos más conscientes del peligro de la representación sexual juvenil en un universo adulto y confieso que, a mi parecer, esas secuencias son de las que peor envejecido con el paso del tiempo.

La cinta es una reflexión de la belleza perfecta e inalcanzable pero ahonda en un terreno pantanoso como es la obsesión pasional y sexual de un hombre adulto con un adolescente. Para mostrar esa obsesión de forma explícita, el director rozaba el tedio con planos lentos centrados en el rosto del joven Andrésen a quien el guion le exigía que jugara con la mirada y poses de Adonis para la cámara. Un crítico de la época llegó a decir que los planos de Björn “podrían ser extraídos y colgados en las paredes del Louvre o en el Vaticano”. Así de “hermosos” eran. Y sino, compruébenlo ustedes mismos:

Para quien no la recuerde o no la haya visto, Muerte en Venecia contaba la crisis que vivía un compositor que viajaba hasta la ciudad del Lido para evadirse del stress y los problemas. Una vez allí comenzaba a desarrollar una obsesión enfermiza con un joven de 14 años al que persigue, observa y acecha, pero con el que nunca cruza una palabra; mientras descubre al mismo tiempo el encubrimiento de un brote de cólera en la ciudad. El problema es que la película muestra esta obsesión de manera explícita como si el personaje de Björn fuera partícipe y provocador.

Sin embargo, la cinta no era más que la segunda experiencia cinematográfica de Björn, viviendo una situación que lo dejó traumatizado de por vida. En el año 2003 dijo a The Guardian que se sintió “utilizado”, señalando que “el amor adulto por adolescentes es algo de lo que estoy en contra como principio. Quizás emocional e intelectualmente es algo que me perturba porque tengo cierta perspectiva interna”. Y es que más allá de convertirlo en objeto para la película, Björn recuerda cómo el director lo obligó a asistir a un bar gay junto a él y una parte del equipo, también homosexuales, donde se sintió observado mientras atraía la atención de hombres mayores que él. “Los camareros del club me hicieron sentir muy incómodo” recordaba. “Me miraban como si fuera un plato de carne”. Pero su edad, falta de experiencia y compromiso profesional lo llevaron a no reaccionar. “Sabía que no podía reaccionar. Habría sido el suicidio social. Pero fue el primero de muchos encuentros” contó por entonces.

Muerte en Venecia lo convirtió en la sensación del Festival de Cannes en 1970 -cuando el actor tenía 16 años- y meses más tarde en uno de los rostros más populares del séptimo arte gracias al éxito de taquilla. Sin embargo, mientras el mundo veía cómo su fama ascendía como la espuma, él exprimentaba una situación completamente diferente. Dicho fenómeno expuso al joven Björn a la atención mediática, su rostro ilustraba revistas, circulaba por el mundo y debido a la naturaleza visual de la película, la prensa comenzó a poner en duda su condición sexual dando por hecho que era homosexual. Algo que él negó rotundamente. Varias veces. Es más, le llegaban ofertas para interpretar papeles homosexuales y otros proyectos que también querían aprovechar su tirón como el niño de la cara bonita, pero los rechazó todos.

Ante la presión que estaba viviendo, Björn siguió los consejos de su abuela y se marchó a Japón donde la película había sido muy popular. Una vez allí, el éxito tocó a su puerta enseguida, grabando varios comerciales y dos canciones, mientras era perseguido por las calles como si fuera uno de los integrantes de los Beatles, según contó él mismo a The Guardian. Es más, entre los amantes del anime existe la noción que la imagen de Björn en Muerte en Venecia sirvió de inspiración para artistas manga como Keiko Takemiya.

Su deseo era triunfar en el mundo de la música, pero al ver que no se consolidaba tuvo que seguir aceptando otros papeles en el cine aunque ninguno fue lo suficientemente notorio como para quitarle la etiqueta. “Lo peor de todo es que nadie presta atención a tus ambiciones, tus sueños o quién eres” lamentó sobre su éxito como objeto de deseo. No era más que una cara bonita y a nadie le importaba nada más. Ni siquiera que fuera un músico con estudios que lo avalaban.

Me sentía como un animal exótico en una jaula” dijo, pasando gran parte de su vida trabajando en recuperar el anonimato. Y en cierto modo, décadas más tarde, lo ha conseguido. A su edad ya pocas personas lo reconocen y prueba de ello es que este hombre con esta impresionante historia es el anciano que salta del barranco en Midsommar, ese que comete suicidio tras llegar a los 72 años y termina recibiendo un mazazo al no conseguir su propósito. ¿A qué no lo sabían?

No puedo evitar imaginar lo difícil que habrá sido para él vivir toda su vida con este legado de “el chico más hermoso del mundo”. ¿Cómo se vive con esa carga, con las miradas, la curiosidad del público y la presión mediática? Viendo la película uno puede deducir que Visconti no se detuvo a pensar en las consecuencias que sus planos podían tener en la vida de este jovencito que recién empezaba su camino artístico. O no le importó, quien sabe.

Es cierto que retratar el despertar sexual de adolescentes es habitual en el cine, y si de eso se tratara la película entonces quizás no hubiera despertado tal curiosidad. Pero Muerte en Venecia insiste en crear un halo de belleza intocable sobre Björn, convirtiéndolo en un objeto de deseo puramente sexual que alcanza su culminación definitiva con un final fantasioso con orgasmo incluido.

Teniendo en cuenta que se trataba de la segunda experiencia como actor del joven Björn, no resulta difícil imaginar lo abrumador que habrá sido para él. Pero a sus 65 años quiere ponerle fin a este capítulo con un documental titulado Most beautiful boy in the world, que se estrenará en el próximo Festival de Sundance y que se filmó a lo largo de los últimos cinco años siguiendo al intérprete por diferentes ciudades (vía Variety).

Un joven convertido de manera forzada en un icono de belleza y fantasía obsesiva, que pasó décadas sintiéndose observado por culpa de una película. Una sola película en donde ni siquiera era el protagonista. Y solo por ser una cara bonita.

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