Llegó la hora de romper la burbuja tarifaria

Julio De Vido y Axel Kicillof saben que la magia no existe en el mundo de los servicios públicos: la plata para la inversión la ponen los usuarios, mediante la tarifa, o el Estado. Nunca nadie encontró otra fórmula y el ministro de Planificación Federal y el viceministro de Economía conocen como pocos este credo que gobierna el área.

Desde que el kirchnerismo llegó al poder, los usuarios domiciliarios vivieron en una suerte de burbuja tarifaria energética.

Mientras las facturas de gas y luz pasaron a valer por bimestre lo mismo que una gaseosa de litro y medio, la industria y los grandes comercios sobrellevaron cortes en verano y en invierno, costearon inversiones para lograr más energía y además, aportó, mediante con cargos específicos, el dinero para la escasa inversión en el sector.

Desde hace años no hay energía para todos en los días más calurosos del verano y en las jornadas más frías del invierno. El Gobierno obligó a los empresarios a callar ante este panorama y los ejecutivos obedecieron. Un puñado de técnicos alertaron, sin ser escuchados, claro está, sobre la crisis energética que se avecinaba.

En paralelo, creció a valores millonarios la factura energética argentina. Sin precios no hay inversión y sin inversión no hay combustible. El país perdió el autoabastecimiento y este año se irán 12.000 millones de dólares para pagar a los vendedores de energía extranjeros. Los productores locales, sin tarifas desde hace tiempo, se quejan por los rincones sin ser escuchados desde hace años. No es para menos, cobran por el mismo producto hasta seis veces menos que los extranjeros.

Mientras eso sucedía, los usuarios escuchaban la melodía del Gobierno. Con un discurso enfurecido en materia energética, venteó la ficción de que la inversión necesaria para mantener y aumentar el parque la aportaba el Fisco y que las empresas eran poco más que un grupo de improvisados que no querían poner un peso más en la Argentina y sí llevarse los dólares al exterior.

Pero llegó el primer calor de 2012, colapsó el sistema y el telón se corrió. Las compañías no tienen una sola herramienta para desenvainar en la emergencia. El precio de sus acciones se desplomaron en un año. Edenor cayó 53% y Gas Natural, 31,6%, por poner algunos ejemplos. Hoy varias de las compañías del sector caminan por déficit de caja, es decir, recaudan menos de lo que gastan.

El Estado jamás acompañó la expansión de la demanda con inversión y las empresas quedaron vacías después de años de ingresos congelados y costos a ritmo de inflación no oficial. Tan escaso es el margen de maniobra que Kicillof y De Vido ni siquiera se pueden dar el lujo de retar a las concesionarias en público. La errática política energética del kirchnerismo fue la responsable de la destrucción de la ecuación económico financiera de sectores tan básicos como la luz y el gas.

No hay magia, y De Vido y Kicillof lo saben. Ambos pusieron en marcha una gran colecta para que cada usuario aporte algunos billetes para hacer obras. Entre todos se juntará una millonada de dinero para que el Gobierno haga obra pública atrasada y luego sí, llegue el codiciado corte de cintas.

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