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¿Duele más pagar impuestos tras casos como el del fundador de Amazon, Jeff Bezos?

Jeff Bezos en la India. (REUTERS)

¿Cómo sienta realizar la declaración de la renta cada año y hacer un esfuerzo por cumplir con el fisco? ¿Cuál es el sentimiento de aquellas personas que son autónomos, que tienen pequeñas o medianas empresas y que arriesgan tanto para prosperar bajo un sistema que exige contribuir? ¿Y el de los trabajadores de cualquier ámbito que ven reducidos sus ingresos porque ‘todos somos Hacienda’? Tasas impositivas, impuestos a no residentes, obligaciones trimestrales, anuales, porcentajes, quebraderos de cabeza… Todo en aras a mantener la llama del sistema viva, para que los Gobiernos recauden y luego destinen esfuerzos para el bienestar de los ciudadanos y para alimentar un modelo que debería ser justo. 

Nos han enseñado que la respuesta a estas preguntas debería incluir la palabra “bien”. Pagar impuestos es una buena noticia, porque es un indicativo de que las cosas van “bien”, de que la cuenta corriente fluye, pero la realidad es bien distinta. En general, destinar parte de lo que hemos ganado con esfuerzo a la Agencia Tributaria provoca urticaria y estruja las entrañas, porque tenemos la sensación de que, más que contribuir a un sistema de justicia social, estamos inflando los bolsillos de políticos y de un gran número de funcionarios acomodados e innecesarios. 

No nos sentimos desprotegidos por vicio, sino por contexto. Las corruptelas no son fruto de nuestra imaginación, como tampoco lo es el tren de vida de personalidades cuyos sueldos dependen de los nuestros, incluso muchos residentes en países monárquicos se rascan la cabeza para llegar a entender cómo es posible que unos sí y otros no. Es legítimo sentirse ahogado cuando falta la respiración, por eso, en lugar de admirar a personalidades como Jeff Bezos, el fundador, máximo accionista y CEO de Amazon, hay quien le mira con recelo. Gastarse 165 millones de dólares (151 millones de euros aproximadamente) en la mansión más cara de Los Ángeles y parte del Universo es un lujo que probablemente sea merecido, faltaría más, pero tiene algunos elementos grises que generan incomprensión. 

Jeff Bezos y su novia, Lauren Sanchez, en Taj Mahal. (Getty Images)

La relación entre Amazon y la Hacienda estadounidense ha ocupado espacio en los medios de comunicación desde que se unió al club de otras mega corporaciones que cuentan con enormes rebajas fiscales. El batiburrillo de exenciones, créditos y lagunas legales que recaen sobre Amazon dejan unos números que se escapan de la comprensión ciudadana por mucha riqueza y puestos de trabajo que esté generando. En impuestos federales, Amazon no sólo no tributó un céntimo los 11 mil millones de dólares que ingresó en 2018, sino que recibió una devolución de 129 millones de dólares. En 2019, de los 13 mil millones de dólares ingresados, el gigante estadounidense pagó 162 millones en impuestos federales, es decir, una tasa impositiva efectiva del 1,2 por ciento.

En EEUU, desde la ley TCJA (Tax Cuts and Job Act) impulsada en 2017 por el presidente, Donald Trump, la tasa impositiva bajó al 21 por ciento del 35 por ciento anterior. El que Amazon contara el año pasado con una responsabilidad 20 puntos menor a lo normal y le saliera a devolver el año anterior queda justificado debido, según la compañía, a las pérdidas de los años en los que no generaba ingresos, a la inversión en I+D, a los créditos y a las compensaciones a sus trabajadores.

Que le pregunten, por ejemplo, a los propietarios de los comercios locales que han sido engullidos por los centros comerciales por los créditos que han recibido del fisco. Escudados en el “qué dirán los accionistas”, nunca saldrá de Amazon y Bezos el aportar voluntariamente la cantidad justa de impuestos. Para qué, ¿para estar en desventaja en la guerra de poder que mantienen las empresas más influyentes del mundo? Si las Apple, Google y demás hacen lo mismo, por qué optar por descolgarse.

Los negocios locales están en horas bajas.

Bezos es el propietario de un 12 por ciento de Amazon y es su brillante mente la que le ha llevado a la cima con un concepto revolucionario y mucho trabajo, pero ésta también ha sido la que le ha rodeado de los mejores asesores fiscales para navegar las aguas del sistema tributario estadounidense de una manera cuestionable. Los beneficios de la empresa que fundó en 1994 le ha generado unos dividendos tales que le convierten en de la personas más rica del mundo, con un patrimonio de 131,9 mil millones de dólares. Para poner en contexto, los 165 millones de la nueva casa que se ha comprado en Beverly Hills suponen ínfimo porcentaje de su fortuna. Es como si alguien que tiene un salario de 60 mil dólares al año se compra una vivienda de 75 dólares. Y todo ello desde la excelencia y con el beneplácito de un sistema que, en muchos casos, beneficia a los que más generan y menos consciencia social tienen.

Bezos no es precisamente un altruista empedernido, como puede ser Bill Gates, su empresa ha estado en el centro de las críticas por los bajos salarios y el trato que reciben las esferas más básicas de su organigrama, además, su modus operandi es uno de los ejemplos de compañía menos consciente con el medio ambiente que existen. Y así, con lo bueno y con lo malo, el fundador de Amazon ha amasado una fortuna ridícula e innecesaria gracias a un modelo moralmente discutible en lo fiscal y en lo sostenible.

Y ahora, ¿cómo sienta cumplir como buen ciudadano con las obligaciones tributarias?

Fe de erratas: En una versión anterior de este artículo se afirmó por error que el precio de la mansión suponía un octavo de su fortuna, cuando es un 0,12 por ciento.

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