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Julio Kim. El importador coreano que crece con marcas de ropa argentinas

Alfredo Sainz
·8  min de lectura
Julio Kim llegó al país en los 90, con tan solo doce años, y hoy maneja un holding que factura $5000 millones anuales y es el dueño de las marcas de ropa Naíma y Calandra
Fuente: Archivo

A simple vista, lanzar una marca de ropa en medio de la crisis económica más profunda de la historia y con todos los shopping centers cerrados no parece la mejor idea. Pero Julio Kim, un empresario coreano que llegó al país con su papás en los '90, tiene muy presente lo que pasó en diciembre de 2001. En medio del caos y con menos de veinte años, se hizo cargo de la pequeña firma de comercio exterior en la que trabajaba y la empresa se convirtió en el puntapié para su actual holding que reúne inversiones en la importación de telas, marcas de moda, real estate y e-commerce y suma una facturación superior a los $5000 millones anuales, aplicando lo que el propio Kim define como la "receta coreana" para hacer negocios.

"Estamos convencidos de que hoy es el mejor momento para una marca como ÜCollective que viene a cambiar el sistema de la moda en la Argentina. Creo que la idea de presentar dos colecciones al año ya quedó definitivamente atrás y queremos imponer en el país el modelo de mini lanzamientos constantes, lo que afuera se conoce como drops. La propuesta es un poco seguir lo que están haciendo marcas como Supreme en Nueva York que ofrece todos los jueves algo nuevo y la gente hace cola para comprar", se entusiasma Kim con su nueva marca de indumentaria unisex, que debutó en cuarentena con una propuesta de venta 100% digital pero que ya prepara para cuando llegue la nueva normalidad su incursión en el mundo físico. "El proyecto es seguir con la venta online, pero sumar un concept store, seguramente en Palermo, que funcione no como un punto de venta tradicional, sino como un lugar de encuentro y una propuesta más amplia con un café y restaurante", asegura.

Paradoja argentina: ropa cara, pero con marcas exitosas en el exterior

El optimismo a prueba de todo, Kim lo lleva incorporado en la sangre. Sus padres se radicaron en Buenos Aires en 1992, después de la quiebra de la empresa familiar de fideos que tenían en Seúl. "Nos vinimos después de haber hecho un curso de idiomas de un par de meses que mucho no nos sirvió. El curso que habíamos hecho era de español de España y cuando llegamos no le entendíamos ni una palabra a los porteños. Mi papá eligió la Argentina porque después de que quebrara la empresa familiar quería empezar de cero en otro lugar y en ese momento el gobierno de Menem ofrecía facilidades para los coreanos que se querían radicar acá. Lo único que pedían era un depósito de US$35.000 que tenía que dejar inmovilizado en el Banco Central por seis meses para demostrar que eras solvente. El problema era que esa era toda la plata que tenía la familia y cuando llegamos nos fuimos a vivir un garage de Yapeyú y Venezuela, en el barrio de Almagro, que le consiguió un contacto de la iglesia a mi papá. Realmente fue muy duro", explica el empresario en un porteño perfecto.

A los pocos meses de vivir en Buenos Aires, al papá de Julio -el nombre que adoptó Kim cuando se vino a la Argentina, en una costumbre que comparten todos los inmigrantes coreanos y chinos- le salió una oportunidad para alquilar un local y poner un negocio en la localidad de Tristán Suárez, partido de Ezeiza. "Comenzamos con ropa, que comprábamos en la calle Avellaneda y después revendíamos en Tristán Suárez, porque era lo más fácil. Acá había una colectividad coreana muy grande, de cerca de 100.000 personas (hoy quedan apenas 20.000) y la mayoría se dedicaba al rubro textil. Pero mi papá tenía claro que no quería volver a tener una fábrica y le interesaba más el comercio", explica Kim.

En los '90 combinó la escuela con el trabajo en la tienda, pero cuando terminó la secundaria en vez de seguir el mandato familiar decidió independizarse y entrar a trabajar en una pequeña firma de comercio llamada QS International y que se dedicaba básicamente a la importación de telas y otros productos para los empresarios coreanos radicados en Buenos Aires.

"Entré en 1999 como cadete y siempre recuerdo que mi primera tarea era servirle el café y llevarle LA NACION y Clarín al dueño. Después empecé a hacer de todo y cuando llegó la crisis de 2001, el dueño se cansó del país y me ofreció dejarme la empresa antes que cerrarla. Fue un momento muy difícil, porque lo único que teníamos era deudas con los proveedores y el dólar se había disparado, pero logramos sacar adelante la empresa aplicando el modelo coreano de hacer negocios. Cuando empecé a trabajar acá descubrí que todo funciona con la idea de 'más o menos'. Tenés una reunión y la otra parte llega una hora tarde, pero te dice 'es más o menos lo mismo'. Te entregan un cheque sin fondos, pero te dice 'es lo que hay, después te lo levanto'. O un proveedor te promete que te va a entregar el día 17 y la mercadería te llega el 19. Esas ideas de que es todo más o menos lo mismo o 'es lo que hay' en Corea no existen. Y yo intento replicar esa cultura acá. Negociamos duro y discutimos todo, pero cuando llegamos a un acuerdo, se cumple estrictamente", explica.

Integración vertical

De entrada, QS se consolidó como un broker que se encargaba de facilitar el envío e ingreso de mercadería china y del otros destinos del Sudeste asiático a la Argentina, pero al poco tiempo Kim se dió cuenta que el negocio pasaba por empezar a importar en forma directa. Rápidamente, QS se convirtió en uno de los proveedores de telas de la Argentina, trabajando no solo con los talleres coreanos de Flores, sino también con la nueva ola de emprendedores bolivianos que a partir de los 2000 fueron copando el rubro textil y de indumentaria. El paso siguiente fue avanzar con la integración vertical e ingresar al rubro de la confección con sus propias marcas. Pero a diferencia de la mayoría de los empresarios de la colectividad coreana en vez de apostar al mercado masivo de la ropa que tiene como epicentro a la calle Avellaneda, en Floresta, decidió apuntar un poco más alto en la pirámide socio-económica.

Julio Kim busca aplicar la receta coreana de hacer negocios y se muestra en contra de la cultura del "es lo que hay" argentino
Fuente: Archivo

Con razón, los consumidores locales se quejan del precio de la indumentaria en la Argentina. Los que hasta marzo de este año podían viajar al exterior encontraban que más allá del precio circunstancial del dólar, había un presupuesto que no variaba: siempre la ropa era más barata afuera que acá.

Kim reconoce el problema de competitividad que tiene la industria textil en el país pero a la vez está convencido del potencial que ofrece el negocio. "La Argentina sigue siendo un país barato para la confección. Hay mano de obra y también hay mucha creatividad. La ropa es cara no por un tema del negocio, sino por que tenemos muchísima presión impositiva. En la economía argentina está todo hecho para que los pagan impuestos paguen de más. El 30% mantiene al otro 70%", se queja.

De compras

El debut en el rubro indumentaria llegó hace tres años, cuando por un conocido surgió la oportunidad para sumarse como socio de Calaflor SA, la sociedad dueña de la marca Calandra fundada por la exmodelo Teresa Calandra y en la que también participaba el empresario Jorge Neuss. "Entré comprando el 50% de la sociedad y después me quedé con el 100%. La relación era buena pero no nos poníamos de acuerdo en cosas más operativas. Mis socios querían poner un CEO y yo estoy convencidos que en este negocio no hay margen para tener una gran estructura, hay que involucrarse a manejar todo", explica.

Poco después de quedarse con Calandra sumó su segunda marca: Naíma. La sociedad había sido creada por Naíma Bennani, que a su vez estaba vinculada con los Camargo Corrêa, una de las familias más ricas de Brasil y dueña, entre otras empresas, de las famosas Havaianas.

"Todas las producciones son un 90% nacionales, con telas y algunos insumos importados, pero con la creatividad y la confección argentinas. Estamos convencidos que hay un lugar para la moda argentina, que es un negocio completamente diferente al de la calle Avellaneda u Once. Acá estamos vendiendo un concepto y una experiencia y los tiempos que se manejan son otros: hay que darles tiempo a las marcas para que se vayan consolidando", explica Kim.

Entre Naíma y Calandra hoy suman ocho tiendas exclusivas en los principales shoppings porteños (Paseo Alcorta, Patio Bullrich, Alto Palermo, Unicenter) pero sus planes hoy pasan en gran parte por el mundo digital. Al lanzamiento ya concretado de ÜCollective, se sumó otro proyecto de marketplace propio, bautizado con el nombre de ÜMarket.

"Cuando comenzó la pandemia, todos en el mundo textil estaban a la búsqueda de friselina para hacer barbijos. Como nosotros teníamos empezamos a fabricar y a comercializar en forma directa. Los resultados fueron buenos y surgió la idea tener nuestro propio marketplace. Sabemos que somos chicos, pero creemos que hay una oportunidad para hacer algo que compita con Mercado Libre pero a una escala completamente diferente, como sucede en EE,UU. donde frente a Amazon hay opciones como Taobao o eBay"

Hoy ÜMarket está dando sus primeros pasos. La inversión inicial ascendió a $15 millones para desarrollar siete categorías de productos (indumentaria, accesorios, alimentos, snacks, artículos de decoración, librería y juguetes), aunque el proyecto contempla el desembolso de $200 millones para la puesta en marcha de un centro de distribución en el barrio de Flores.

Barrio Coreano: los 50 años de una comunidad en Flores, su segunda patria

En forma paralela, el grupo también avanza con su división de real estate, llamada QS Developers. "Hoy estamos con tres proyectos en Flores y Palermo, apuntando a unidades pequeña de dos y tres ambientes que son las que tienen mayor demanda", explica Kim, que adelante sus planes para crecer en el real estate.