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Juventus aprende que el progreso requiere un plan

Tal vez la forma más justa de contar la historia es simplemente como la contó Massimiliano Allegri, sin ninguna interpretación ni énfasis. No es una historia larga. A mediados de este mes, unos minutos después de que el Benfica había vencido a su Juventus en la Liga de Campeones, Allegri se encontró con Rui Costa —el presidente del equipo portugués— en los pasillos del Allianz Stadium en Turín.

Se detuvieron un momento para intercambiar cumplidos, viejos enemigos en sus días como jugadores de la Serie A: Allegri (según sus propias palabras), el mediocampista limitado de una serie de equipos de relleno y Costa, un armador de una elegancia sutil y un efecto devastador. Sin embargo, la conversación pronto viró hacia temas más profundos.

“Me dijo que, en la actualidad, el fútbol está de cabeza”, comentó Allegri. “Si un jugador da un buen pase, ya es un fenómeno. Si da un pase de 40 metros, doble fenómeno”. Después, Allegri aseveró que los futbolistas modernos, los sucesores de Costa y de él, “no piensan, no interpretan, obedecen”. También despotricó contra la tendencia del juego a “confundir la regla con la excepción”.

En este momento, vale la pena presentar algo de contexto. Costa tiene 50 años. Su pelo sigue siendo negro azabache. Ahora, usa un traje, pero es imposible imaginar que, debajo de esos pantalones impecables y hechos a la medida, no use con desparpajo los calcetines enrollados en los tobillos. Allegri, de 55 años, es un poco más viejo, pero está lejos de sus años mozos.

Y, a pesar de todo, mientras Allegri recordaba su reunión con Costa, era difícil no imaginarse a los dos como un par de veteranos arrugados, sentados en algún pórtico bañado de sol, lamentándose sobre el estado del mundo, criticando a la juventud de hoy por haber acabado con el suavizante para ropa, las habitaciones de huéspedes, el presentismo y, ahora, por desobedecer las órdenes de sus entrenadores.

La verdad es que Allegri no resentiría esa descripción. Desde hace tiempo se ha presentado a sí mismo como una especie de recipiente para la sabiduría ancestral del fútbol, un embajador de las virtudes perdidas del juego. En particular, le molesta la ortodoxia de que todos los entrenadores deban tener una filosofía, una visión dominante de cómo se debería jugar el deporte. Esa idea, ante los ojos de Allegri, existe en un punto entre una pretensión equivocada y un fraude pernicioso.

“La calidad siempre recae en los jugadores, no en la táctica”, como reza un aforismo típico de Allegri, esta vez vertido en el periódico italiano Corriere della Sera. “Un buen entrenador debe pensar primero en los jugadores. No tengo una táctica preestablecida. Adapto el juego a sus cualidades”. Para Allegri, esa es la esencia de la dirección técnica; el pragmatismo es el principio rector de su sistema de creencias.

No faltan maneras para considerar admirable ese enfoque (tal vez sea mejor no llamarlo filosofía). Es un credo de un altruismo esperanzador, uno que está casi por completo desprovisto de ego y presenta al fútbol como una competencia entre jugadores y su talento, en vez de entre directores técnicos y sus ideas. Sin embargo, como lo descubrió Allegri en poco tiempo, tiene una limitante grave y significativa.

El regreso de Allegri a la Juventus, poco más de un año después de empezar su segunda temporada, no ha sido feliz. Su primera temporada terminó con una eliminación muy decepcionante en la Liga de Campeones a manos del Villarreal y, para los estándares de la Juventus, un cuarto lugar un tanto humillante en la Serie A.

No obstante, en todo caso, su segunda temporada está resultando aún peor: la derrota ante el Benfica significa que la Juventus enfrenta dificultades para clasificar a la etapa de eliminación directa de la Liga de Campeones, pues ha perdido sus dos primeros partidos. Su último encuentro en el torneo local fue una derrota 1-0 ante el Monza, un equipo recién ascendido que no había ganado ni un solo partido en el máximo circuito esta temporada… o, de hecho, nunca.

En defensa de Allegri, hay circunstancias atenuantes. La Juventus sobrevivió un verano de cambios considerables, con la pérdida no solo de Matthijs de Ligt y Paulo Dybala, sino también de Giorgio Chiellini, un jugador que había llegado a encarnar —gracias a un largo servicio y una voluntad obstinada— muchas de las virtudes cardinales del club.

Mientras tanto, las lesiones han sentenciado que, hasta este punto de la temporada, Allegri no haya podido recurrir a su atacante más dinámico, Federico Chiesa, ni a la estrella que el club contrató en el verano, Paul Pogba. Otra adición, Ángel Di María, tan solo ha jugado a ratos. Los problemas de lesiones que afligen a la escuadra de la Juventus han sido tan malos, en ciertos momentos, que Allegri ha llegado a describir a su equipo como uno “virtual”.

No obstante, justo en estos momentos de adversidad es cuando le es más útil una filosofía a un entrenador, sin importar cuán conveniente, esquiva y etérea pueda ser la idea. Tener una visión clara de lo que podría ser un equipo sirve para que futbolistas, ejecutivos y aficionados por igual encuentren fragmentos tenues de esperanza incluso en un panorama bañado de pesimismo. Es una manera de darle significado al desempeño, no solo al resultado. Ofrece un marco de referencia para juzgar a un equipo con base en su progreso, no solo por su producto.

Sin embargo, Allegri no tiene nada de eso. Depende por completo, y siempre lo ha hecho, de las vicisitudes del marcador y la tabla de la liga. Ante sus ojos, ninguna filosofía es legítima más que la de buscar la victoria.

Por lo tanto, no podía esperar un mejor lugar para trabajar que la Juventus, una institución a la que le falta esa visión más amplia y un propósito más profundo. Hay muy poca evidencia de que haya una estrategia a largo plazo en la Juventus, ninguna señal de que este club sepa hacia dónde quiere ir y cómo quiere llegar ahí.

El regreso de Allegri, de por sí, ilustró sobremanera la falta de imaginación, la ausencia de creatividad, entre la jerarquía estática y satisfecha del club. Ya había triunfado —cinco títulos de la Serie A y dos finales de la Liga de Campeones— y, aunque el club lo había despedido en busca de algo más emocionante, algo más duradero, recurrieron a él de nuevo cuando ese futuro no se materializó de inmediato. Resulta que la Juventus no supo qué más hacer.

La estrategia de reclutamiento es la misma. La Juventus ha reportado pérdidas en cada una de las últimas cinco temporadas y ningún club italiano ha perdido tanto dinero en la historia como la Juventus el año pasado. En parte, esto convenció a la directiva del equipo de que no podía darse el lujo de renovar el contrato de Dybala, por ejemplo.

Y, a pesar de todo, su respuesta no ha sido invertir en juveniles, hacer el intento de iniciar un nuevo ciclo para encontrar un entrenador con un estilo claro y una estrategia definida alrededor de la cual se pueda construir un equipo. En cambio, desperdició dinero en Pogba, de 29 años, y Di María, de 34, con la esperanza de que ellos pudieran brindar un alivio instantáneo. Con razón cuando De Ligt dejó el club para irse al Bayern de Múnich este verano anunció que lo había hecho porque quería jugar para un equipo que quisiera ganar la Liga de Campeones.

Por supuesto, así es precisamente como se ve la Juventus: como el par de los verdaderos gigantes del continente, un club que debería competir no solo por los títulos nacionales, sino también por los internacionales. Sin embargo, esos días parecen quedarse cada vez más en el pasado. A causa de la complacencia y la negligencia, el club se ha permitido caer en un estado de abandono, condenado a quejarse sobre un mundo que lo ha dejado atrás, un viejo prematuro que les grita a las nubes.

El menosprecio del pasado

Inglaterra, al menos, está de vuelta en esa situación cómoda y familiar: a unas pocas semanas de un torneo importante y, en general, convencida de que el cielo se está a punto de caer. Se suponía que este noviembre en Catar el equipo de Gareth Southgate iba a entrar a la Copa del Mundo como un contendiente genuino que le pondría fin a la espera de 56 años para obtener un gran honor en la rama varonil que al país, en conjunto, no le gusta mencionar.

En cambio, Inglaterra está consumida por la baja autoestima (la cual, resulta que es el estado natural de reposo del país). Ha sido relegada de su grupo de la Liga de las Naciones. Pasó varias horas sin marcar goles que no fueran a balón parado. Su emotivo regreso en contra de Alemania en su último calentamiento para la Copa del Mundo quedó un poco arruinado por un regreso emotivo posterior de Alemania.

Por lo tanto, Southgate irá a Catar no como el entrenador más exitoso de Inglaterra desde el ganador del Mundial Alf Ramsey —su récord en el torneo presume una semifinal y una final—, sino como la presencia temerosa y sofocante acusada de inhibir a la mejor generación de jugadores que haya producido Inglaterra en décadas.

El problema, como lo señaló el exdefensor de Inglaterra Jamie Carragher, es que la última acusación no es tan cierta. Carragher sugirió esta semana que tan solo un puñado de los jugadores disponibles para Southgate habría obtenido un lugar automático en la selección inglesa de inicios del siglo XXI o incluso en la escuadra que llegó a la semifinal de la Eurocopa jugando de local en 1996.

Al parecer, Carragher tocó una fibra sensible. Se le dijo en repetidas ocasiones que estos jugadores eran muy superiores a sus predecesores. Toda la esperanza, la emoción y la ambición que tuvo Inglaterra en las décadas de 1990 y 2000 fue, como podemos verlo ahora con la desgarradora visión de la modernidad, un delirio, toda una generación de fiascos.

Y, a pesar de todo, eso es, en varios aspectos, una forma de reescribir el pasado y usar esa falsa interpretación para castigar a Southgate. Inglaterra siempre ha producido más y mejores jugadores de los que cree. Pensar en cuáles jugadores de este equipo habrían entrado en ese equipo es un debate inútil e irreal, pero el punto central —que tal vez la versión de Inglaterra de la década de 2020 no es tan distinta de las de las décadas de 1990 y 2000— es sensato.

El hecho de que el equipo de Steven Gerrard, John Terry, Rio Ferdinand y el resto pueda ser destrozado con tanta facilidad no solo se debe a que, ahora, sabemos que su historia terminó en decepción, un anticlímax. Su fracaso al perder el Mundial debe significar que eran fracasos en conjunto.

También se debe a que el fútbol porta con orgullo su memoria de teflón, su adoración por el presente necesita una disminución del pasado. Esto no solo distorsiona la manera en que apreciamos los equipos de eras pasadas, incluso, o tal vez en especial, las relativamente recientes. También afecta lo que esperamos de los equipos en el presente. Southgate tiene un grupo extraordinario de jugadores a su disposición. Sin embargo, esperar que superen todo lo que pasó antes tal vez equivale a prepararlos para el fracaso.

© 2022 The New York Times Company