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A 'La casa de papel' se le va la mano con la glorificación en su crítica al sistema

·6  min de lectura

ATENCIÓN: este artículo contiene spoilers del final de La casa de papel

Dos atracos y cinco temporadas después, La casa de papel ha terminado. La exitosa serie de Netflix creada por Alex Pina ha sellado el destino de sus ladrones protagonistas con una tanda final de cinco episodios cargados de adrenalina trepidante a golpe de fórmulas vagas. Por ejemplo, desde las secuencias a cámara lenta para enfatizar impacto visual, tácticas adrenalínicas impulsadas por un montaje rápido apoyado en la música, frases hechas declaradas en primeros planos que derrochan chulería criminal y una trama que juega al heroísmo anarquista para sentenciar una crítica contra un sistema español, según la serie, de verdaderos paletos.

Y es que La casa de papel termina por todo lo alto, elevando a sus protagonistas como ladrones heroicos. Sin embargo, esa glorificación se va de las manos por mucha ficción que sea.

Imagen de La casa de papel (Rodrigo de la Serna, Itziar Ituño, Jaime Lorente, Belén Cuesta (Cr. Tamara Arranz/Netflix © 2020)
Imagen de La casa de papel (Rodrigo de la Serna, Itziar Ituño, Jaime Lorente, Belén Cuesta (Cr. Tamara Arranz/Netflix © 2020)

Netflix exprimió con inteligencia estratégica la última temporada de la serie dividiéndola en dos tandas de cinco episodios cada una. La primera se lanzó en septiembre rompiendo corazones con la muerte de un personaje favorito entre los fans como Tokio (Úrsula Corberó), la narradora de la historia desde el comienzo, cuando un grupo de militares mercenarios entra al Banco de España. La segunda llegó el 3 de diciembre resumiendo en cinco horas un desenlace intenso con la única intención de colocar a sus protagonistas en un pedestal.

De esta manera, Alex Pina logra atar los cabos que dejó abiertos en la primera parte de la quinta temporada como, por ejemplo, explicando la intención de volver a incluir a Berlín en la historia a través de flashbacks, sumando a su hijo y una esposa ladrona. La ecuación cobra sentido en este final cuando ambos terminan siendo responsables de darle un gran dolor de cabeza al Profesor (Álvaro Morte) robándole los lingotes de oro, añadiendo así una subtrama de persecución que redime a Alicia Sierra (Najwa Nimri) y permite entonces que el protagonista se una a la banda en el mismo banco para jugar su último plan de manipulación sobre el sistema. Un plan que en pocas palabras supone manipular la economía y a España para toda la eternidad. Y es que después de dar a conocer al mundo a través de vídeos filtrados que la banda ha conseguido sacar el oro del banco, al coronel Luis Tamayo (Fernando Cayo) -representante del Centro Nacional de Inteligencia en el atraco- no le queda más remedio que seguir su juego ante la crisis financiera que se avecina. Sin la reserva nacional, España se iría a pique. Por lo tanto, Tamayo sigue el plan del ladrón, aceptando sin más remedio que la banda se salga con la suya, marchándose con el botín e identidades nuevas, cambiando los lingotes de oro por unos de latón en la reserva del Banco de España, evitando así la crisis nacional y la debacle pública del gobierno.

Sin embargo, hay mucho en este mensaje que chirría. La moraleja está clara, y lo señala la serie en una secuencia de manera explícita, queriendo hacer un reflejo de la chapucería española como ironía política. Sin embargo, ese heroísmo anarquista que tanto representa la banda cojea por los cuatro costados cuando analizamos el legado que dejan.

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Por un lado, la serie consagra a El Profesor como genio estratega en el mundo de las series. Además de reconocer que es un ladrón después de todo, cuando lleva toda la serie aplaudiendo sus intenciones políticas y familiares detrás de los atracos, el líder se marcha sonriente, habiéndose salido con la suya y siendo testigo del símbolo anarquista que se ha convertido tanto él como su banda con la máscara de Dalí pintada por las calles. Sabe que ante el pueblo son vistos como héroes. Lo ve con sus propios ojos. Es decir, son el símbolo de La Resistencia, un reconocimiento que últimamente Netflix utiliza para promocionar el estreno de la serie:

La gran mayoría de fans han reaccionado aplaudiendo el final de la historia en redes, sin embargo ¿por qué no se tiene en cuenta la puñalada por la espalda del Profesor a ese pueblo que lo aplaude? ¿O el legado que dejan como ladrones glorificados tiroteando a militares y secuestrando a rehenes con metralleta en mano? Es decir, el personaje ha robado la reserva nacional de todo un país, arriesgando la ruina total de ese pueblo que tanto lo alaba, marchándose a vivir la vida loca con sus secuaces como si fueran héroes a los que aplaudirles la jugada. Es cierto que es ficción y tampoco hay que tomárselo a la tremenda, y que la serie se apoya en las estrategias irrealistas y sorprendentes que saca el personaje de su galera mental, sin embargo resulta inevitable analizar los ‘cómo’ han llegado hasta esta glorificación heroica.

Porque así como los vemos en la secuencia final, felices, sonrientes, habiéndose jugado la vida para robar el mayor botín de la historia mientras el horizonte los espera brillando con los primeros rayos de sol; también vemos un desenlace que deja a los militares como villanos maleantes, dispuestos a disparar, manipular y atacar como haga falta, dejando a un lado que se trata de empleados públicos arriesgándose la vida ante un atraco que tenía rehenes civiles secuestrados.

Tampoco podemos olvidar que a esos rehenes los tienen bajo punta de metralleta (que no pistola), que les gritan y los tienen temblando de miedo sin saber cuál es el plan o qué será de ellos mientras más de una parejita protagonista se da el lote cuando puede. Que incluso en la primera temporada hay varias secuencias que parecen hablar del síndrome de Estocolmo, que Berlín incluso manipula a un grupo de mujeres hasta sumirlas en el pánico absoluto, derivando en una secuencia sexual que debería ser más cuestionada pero que entre tanta glorificación por ser el personaje villanesco gracioso de la serie, parece haber quedado enterrada. Como tampoco deberíamos olvidar el retrato que la serie hace de los negociadores en secuestros, en este caso creando un perfil caricaturesco e irrisorio del coronel Tamayo. Y es que todo esto sirve, en definitiva, para elevar a los protagonistas como héroes de turno, quitarles la etiqueta de malos malísimos porque, al final, los buenos (militares, policías) son tan malos y manipuladores como ellos.

Imagen de detrás de las cámaras de 'La casa de papel' (Tamara Arranz, Netflix)
Imagen de detrás de las cámaras de 'La casa de papel' (Tamara Arranz, Netflix)

Glorificar a delincuentes es habitual en el mundo del cine y las series. Lo vimos en la saga Ocean’s por ejemplo, aunque aquí no había rehenes atados ni amenazados con armas de fuego. Pero creo que La casa de papel se pasa de lista con su crítica ensalzando a unos criminales que han cometido dos atracos doblegando a rehenes -mientras algún que otro ladrón se dejaba llevar por sus instintos sexuales- se ensalzaban amistades y criticaba finalmente al sistema por la manipulación económica que ejerce sobre el pueblo. Aunque, al final, esos mismos ladrones terminan jugando al mismo juego, siendo ellos peores todavía al manipular la realidad ante un pueblo que los puso en un pedestal anarquista.

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