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L’Alfàs del Pi: así es la vida en un paraíso lleno de jubilados noruegos

Una atención sanitaria excelente, buenas comunicaciones y el clima hacen que L’Alfàs del Pi sea un paraíso para estos jubilados / Alberto G. Palomo

Pia sirve ‘risgrynsgröt’ de una gran olla metálica. “¡Takk!”, responden los congregados alrededor de la mesa. Algunos se sientan y aliñan este postre típico con mermelada o nata. Otros se marchan, comiéndolo de pie mientras charlan o contemplan el tránsito de esta parroquia luminosa. La liturgia ha terminado y cerca de un centenar de asistentes cumple con la rutina habitual de un sábado por la mañana: misa temprana, plática con amigos y un buen plato este arroz con leche caliente.

La estampa pinta idílica. Más aún para un noruego, familiarizado con estas costumbres. Añadamos un sol radiante en el patio y una temperatura que permite desprenderse de las chaquetas a pesar de estar en abril: el paraíso. Porque este pedazo de cotidianeidad no ocurre en Oslo o Stavanger, por citar dos de las principales ciudades del país escandinavo. Tiene lugar a las afueras de L’Alfàs del Pi. En esta localidad alicantina de 22.000 habitantes reside la mayor colonia de noruegos fuera de sus fronteras. En total, unos 2.300 ciudadanos de esta nacionalidad están censados en los registros del Ayuntamiento.

De ahí que esta mañana de sábado la instantánea comentada sea la pauta. No es extraño que Pia reparta cuencos con este ágape, que Rudolph -su marido- le eche una mano, o que la amiga Arve controle los ingredientes que faltan o apure la jarra de ‘saft’, un jugo de moras aguado. Todos superan de sobra los 60 años y repiten casi semanalmente estas labores. Están jubilados y tienen en propiedad una casa en L’Alfàs del Pi. “Vinimos hace dos décadas, pero fue hace poco cuando dimos el paso a comprar una casa”, explica la pareja en inglés: de español apenas chapurrean alguna cifra o nombre suelto.

Afuera, en el jardín que complementa el perímetro de esta iglesia luterana, la gente se relaja. Es el turno de la digestión. Conversan con ánimo en sillas dispuestas en círculo. La mayor parte de la parroquia, señoras y señores de pelo cano. Eva es una de ellas. Suma 80 años, es dicharachera y oriunda de Trondheim, en el centro de Noruega. Hace unas semanas se instaló aquí definitivamente, donde ya tenía una propiedad desde 2012. “Solía pasar tres meses al año, pero ya me quedo todo el rato”, sonríe. Su marido murió el pasado diciembre y ella, a pesar de la viudedad, prefiere pasar los días con esta forma de vida. “Tengo cuatro hijos en Noruega y 11 nietos, pero aquí hace muy bueno y es muy tranquilo. Además, hay buena sanidad y buena comunicación”, justifica.

En la localidad alicantina de L’Alfàs del Pi reside la mayor colonia de noruegos fuera de sus fronteras / Alberto G. Palomo

Es cierto: en el término municipal –que integra la playa de El Albir- hay un centro de salud, un hospital público y varias clínicas privadas. Incluso los trámites burocráticos los pueden hacer en el consulado de la cercana Benidorm. Además, el aeropuerto más cercano, en Alicante, cuenta con una decena de compañías que realizan trayectos directos entre ambos países. En este sector trabaja precisamente el nieto de Eva. Se llama Johannes, tiene 25 años, nació en Bergen y trabaja como piloto en la aerolínea Ryanair. Se ha mudado a la capital de la provincia hace poco. Eso le permite visitar a su abuela a menudo, una rutina que le entusiasma. “Mis colegas prefieren ir a salir por la ciudad o las discotecas, pero yo prefiero venir aquí y verla”, aclara. “Te encuentras con muchos conocidos. Hablar de L’Alfàs del Pi en Noruega es como hablar de una provincia más. Siempre tienes a alguien que vive aquí o la ha visitado”, expresa este joven rubio y de piel nívea.

Todo lo va supervisando Lene Berge, una chica de 33 años que se encarga desde hace cuatro de esta iglesia luterana. Indica que en Noruega es considerada ‘La Catedral del Sur’ y que se levantó en 1986. “Por aquel entonces no tenía capilla”, señala, añadiendo que tampoco era tan versátil como lo es en estos momentos: “A la gente que viene les decimos ‘Bienvenidos a casa’ porque esto se ha convertido en un centro espiritual, social y cultural”. Reciben fondos del gobierno noruego y se llegan a reunir hasta 300 personas. Incluso se ofician unas 60 bodas al año, según los cálculos de Berge, que ejerce de anfitriona perfecta: muestra las actividades para niños, saluda a cada asistente e introduce datos sobre la gastronomía o la idiosincrasia noruegas. A ella, España le encanta. Más cuando llega verano y se funde con el ritmo local. “Hay más terrazas para tomar tapas, más ruido (porque nosotros somos muy silenciosos) y más movimiento”, sintetiza, posando frente a las banderas españolas y noruega que adornan la fachada.

Julio y agosto son más animados, claro. Los puestos colonizan el paseo marítimo. En el puerto se nota el jolgorio. Y la cercanía de Altea o San Juan- por citar un par de lugares míticos de peregrinaje para veraneantes de la meseta- anima la zona. Los meses previos ya existe una especie de runrún previo que cuaja en fines de semana o fechas especiales. Con el calor, varias cafeterías con rótulos en inglés sirven desayunos continentales o pintas de cerveza. Carteles de pisos en alquiler o venta penden de escaparates en varios idiomas. Y los supermercados ofrecen productos del este. L’Alfàs del Pi es un maremágnum de escenarios: su cara más visible es la levantina, con el asueto nórdico y el turismo playero, pero su núcleo está hacia el interior.

La iglesia luterana de L’Alfàs del Pi es considerada en Noruega ‘La Catedral del Sur’ / Alberto G. Palomo

Pegado, en realidad. La separación se debe a carreteras de chalés sin comercios como nexo. Hacia allí se dirigen Elisabeth Marandi Ihlen y Martine Mertens desde la parroquia con el almuerzo y la estampa idílica. Ambas son personal del Ayuntamiento, liderado por el PSOE. Mertens lleva la concejalía de ‘Residentes de otras naciones’. Llegó a L’Alfàs del Pi con casi 24 años y lleva tres décadas en el municipio. Sus hijos (chico y chica) ya superan la veintena. Ha efectuado distintos empleos hasta que hace tres obtuvo el puesto en la alcaldía. Marandi trabaja de asesora. Es hija de iraní y de noruega que se establecieron hace más de 36 años, su edad. Dialogan a cada paso con los vecinos. Dan la sensación de que conocen a todo el mundo.

“Hay 96 nacionalidades diferentes. Un 54,4% de la población de L’Alfàs del Pi es extranjera”, indica Marandi, que proporciona a la vez los papeles con el registro. Estas dirigentes municipales ayudan en trámites y organizan agendas para integrar a los distintos grupos, entre otras actividades. Según los datos que manejan, en esta amalgama de pasaportes conviven 9.953 españoles, 2.293 noruegos, 2.813 británicos, 1.647 de países bajos, 513 belgas o 129 marroquíes. No solo alegan el buen tiempo y la tranquilidad como motivos para la elección del pueblo: la tasa del desempleo aquí es de un 6%, muy por debajo del 14% de la Comunidad Valenciana o del 16% estatal.

Centrándose en los noruegos, Mertens y Marandi exponen que existen dos colegios específicos (uno en la parte de El Albir, con 70 alumnos, y otro en L’Alfàs del Pi, con 300) y que una de las instituciones con más tradición es el Club Noruego Costa Blanca, con más de 1.000 socios. “Cumple medio siglo. Hace cuatro años se acondicionó con una donación del inmueble por parte del Ayuntamiento y una inversión de 160.000 euros”, apuntan. Allí se celebran fechas fuertes, como el Día de la Independencia, el 17 de mayo. Esta mañana también hay juerga en el local. Una concentración de los cadetes del Club de Fútbol L’Alfàs, que participa por quinto año consecutivo en la Norway Cup.

Los jubilados mantienen su rutina noruega en una idílica estampa que se repite, pero lejos del frío / Alberto G. Palomo

Su entrenador, Juan Antonio López, es un paisano de 53 años. Está inmerso en la cultura nórdica gracias a su mujer, Marit Cjelsten, de 56 años. Se conocieron “de discotecas por Benidorm” en los noventa. Ella había estado en Madrid como ‘au pair’ y se enamoró inmediatamente del país. “Me gustaba todo. Nada más llegar supe que estaba en casa”, dice sonriente al lado de su marido, ambos con una camiseta amarilla de la formación local. “Si un noruego tiene un problema, el español se lo soluciona. Te asisten en todo”, subraya.

Por las estancias del espacio se pueden ver anuncios o periódicos en noruego, placas conmemorativas, ‘souvenirs’. Una barra enhebra el salón con dos terrazas. En una se retiran del fuego tres paellas repletas de ingredientes. En la otra, platos con entrantes. La estancia de la parroquia se repite: grupos de jubilados charlan en mesas. Arne Flaten, de 78 años, es uno de ellos. Proviene de Grimstad, al sur. Lleva 19 años pasando aquí los inviernos. Al principio gestionó una agencia inmobiliaria. “Hay muy buen trato y un clima y una naturaleza estupendos”, resume. “Aquí somos todos alfasinos”, apoya el resto de la pandilla. Esta vez, con tercios de cerveza, patatas fritas, olivas y ensaladilla. Otra idílica estampa, tanto para españoles como para noruegos.