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Las tretas de algunas marcas para camuflar el ‘aceite maldito’ en sus productos

Aceite de palma a la venta en el mercado de Yola, Nigeria, el 8 de mayo de 2015 (AFP/Archivos | Emmanuel Arewa)

Jaime Quirós – Ya desde hace años se conocen los daños que el aceite de palma causa a la salud, al medio ambiente y a las sociedades que lo utilizan. Muchas marcas de alimentos y cadenas de supermercados declararon que prohibirían su uso, hasta el punto de que ha dejado de ser el aceite más utilizado del mundo. Y sin embargo, en lugar de desaparecer de las etiquetas alimentarias, el aceite de palma sigue ampliamente presente en los productos que consumimos, sólo que con otros nombres.

Este aceite viene siendo empleado desde hace más de 5.000 años con diversos usos, no sólo en la gastronomía, sino también como lubricante industrial, para la producción del biodiésel y para elaborar productos cosméticos, como los jabones de la compañía Palmolive. Es muy económico, fácil de cultivar y de transportar. Resultó demasiado bueno para ser verdad.

Este aceite puede aumentar los niveles de colesterol más que cualquier otro y contribuir al desarrollo de problemas cardiovasculares y diabetes. A pesar de que su cultivo genera empleo, en varios casos se emplean inmigrantes ilegales que trabajan en condiciones deplorables, y las plantaciones han llegado a ocupar territorio de poblaciones indígenas, causando conflictos sociales. Asimismo, para instalar estas plantaciones, se necesita deforestar, lo cual perjudica severamente a la flora y fauna, que en muchos de los países cultivadores está en peligro de extinción, como es el caso de Indonesia y Malasia.

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Una de las últimas iniciativas es revolucionar el mercado del aceite de palma con árboles enanos. Foto Bloomberg.

Con un mayor conocimiento y la concienciación de la población general, las grandes marcas han tenido que actuar. Pero con un producto tan rentable, abandonar su uso parece excesivo para algunas. Hasta el año 2014, trataron de disfrazar este ingrediente bajo un nombre apetecible, con connotaciones naturales y saludables: “aceite vegetal”. La Unión Europea no se demoró en descubrir esta treta, obligando a las empresas a identificarlo correctamente. Pero esto sólo logró que se comenzará a etiquetar al aceite de palma con términos cada vez más técnicos o ambiguos.

Hoy en día se puede encontrar con más de 200 denominaciones distintas. Algunos recurren a usar los nombres científicos del aceite, sus componentes químicos, el fruto o la planta de la que proviene, como es el caso de elaeis guineensis, sodium palmitate, palmitoil oligopéptido o estearina de palma, entre muchas otras más. A menudo, el uso de las letras “palm” en los ingredientes puede delatar la presencia del aceite, pero no es siempre el caso, y además el consumidor no siempre puede darse el lujo de leer la etiqueta ingrediente por ingrediente.

¿Cuál sería entonces la solución? Podemos tratar de evitar su consumo, optando por alimentos que incluyan aceites más saludables, como el de oliva, o simplemente eligiendo comer alimentos frescos y comidas caseras, evitando productos y comidas más procesadas. ¿No se puede eliminar definitivamente del mercado? Según el biólogo holandés Erik Meijaard, una decisión tan brusca podría desencadenar un mal mayor en el mercado. Propone como alternativa incentivar la producción de aceite de palma sostenible, certificando a aquellos productores que siguen unos criterios ambientales y sociales estrictos que limiten el impacto dañino de su cultivo.

Otra opción, puesta en marcha por algunos productores de forma experimental es cultivar árboles enanos para conseguir este aceite, o también generar un compromiso de los gobiernos en los países de cultivo, para asegurar el uso responsable de las tierras y evitar la deforestación. No parece mal remedio, siempre que en las etiquetas nos digan la verdad.

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