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Marcelino, de 'efecto' imparable a evitar el desplome

Agencia EFE
·3  min de lectura

Bilbao, 15 abr (EFE).- La llegada de Marcelino García Toral al Athletic, justo en el arranque de este 2021, fue como maná caído del cielo. Llegar y besar el santo. En tres partidos, un título. El segundo del club vasco en 37 años. Casi nada.

Su 'efecto' fue imparable para el Real Madrid y el FC Barcelona en una Supercopa para el recuerdo con triunfo rojiblanco en un torneo a cuatro que cerraba la Real Sociedad. Que cayó ante el Barça en semifinales.

Eran días de vino y de rosas en la capital vizcaína, que había encontrado el líder que esperaba para un Athletic a menos con Gaizka Garitano, precisamente el héroe que posibilitó jugar esa Supercopa llegando a una final de Copa, la del pandémico 2020, aún por disputar consecuencia de los estragos del covid.

No hubo trauma en el relevo en el banquillo para la Junta de Elizegi, por entonces cuestionada por la masa social en la Asamblea del club, y el efecto Marcelino se alargó en el tiempo.

Hasta el punto de que el asturiano llevó al Athletic a una nueva final de Copa. Fue remontada a remontada, milagro tras milagro. Al más puro estilo Garitano.

Lo que era diferente era el fútbol. Más vertical y atrevido del nuevo técnico, que se encontró con un Iker Muniain en estado de gracia, a Raúl García de nuevo goleador tras emitir señales de fin de carrera y un Iñaki Williams productivo a pesar de no mostrar su mejor versión.

Aunque los resultados fueron decayendo y Marcelino llegó a confesarse harto de la sucesión de empates que cosechaba un día sí y otro también su equipo, la figura del técnico de Villaviciosa era incuestionable entre la afición 'athleticzale'. Que confiaba ciegamente es su mano para buscar un histórico triplete.

Sobre todo en ganar a una Real que no pasaba por sus mejores momentos en la final entre equipos vascos.

Sorprendentemente, el Athletic ni compitió. Recordó al equipo temeroso en las finales de 2012 ante Atlético de Madrid y Barcelona, y la Real se llevó el título sin apenas oposición.

Ese partido dolió en Bilbao. Aunque no tanto por la derrota en sí, que también, sino por el comportamiento del Athletic. Al que lo que piden sus aficionados es, sobre todo, dar la cara y competir. Lo que no hizo.

Y eso dejó al entorno y al equipo rojiblanco deprimidos. Una depresión de la que todavía no ha salido ante el escaso tiempo transcurrido del varapalo de la primera final, ni dos semanas, y ante el momento del rival, el Barcelona, mejorado respecto a su versión de enero.

Marcelino también acusó el golpe pero trató de rehacerse rápido. A su equipo le está costando y a sus aficionados más. De hecho, casi son más los jugadores los que intentan animar a la afición que la afición la que espolea a los jugadores. El mundo al revés.

Y en esa recuperación anímica, en ese reseteo de cara a la nueva final, está Marcelino. Quien difícilmente pudo pensar en triunfar tan rápido en Bilbao, como seguro que tampoco se imaginaba cuando levantaba la Supercopa que su papel menos de tres meses después iba a ser el que es: el de evitar el desplome de un equipo que puede terminar con sensación de fracaso una temporada para historia con tres finales y un título. Un hito que puede quedar en nada. EFE

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(c) Agencia EFE