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Ante la muerte, la oportunidad de un hombre de 'ser humo'

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Un retrato de Rudolf Steiner cerca de la cama de Philip Incao, quien murió de cáncer de próstata un mes después, en su casa en Crestone, Colorado, el 30 de enero de 2022. (Benjamin Rasmussen/The New York Times).
Un retrato de Rudolf Steiner cerca de la cama de Philip Incao, quien murió de cáncer de próstata un mes después, en su casa en Crestone, Colorado, el 30 de enero de 2022. (Benjamin Rasmussen/The New York Times).

CRESTONE, Colorado — Philip Incao tenía alrededor de 6 años cuando le preguntó a su madre si era verdad que él moriría. Sí, respondió ella. ¿Y qué pasa después?, cuestionó Incao.

“Nada. Solo mueres, eso es todo”, le contestó.

Fue una respuesta tremendamente insatisfactoria y una que Incao después consideró como el punto de partida de una vida entera de estudio.

Siguió un camino que lo llevó a la facultad de medicina, se capacitó en sanación holística y en la devoción al filósofo esotérico de principios del siglo XX Rudolf Steiner, un erudito que tenía la teoría de que el mundo espiritual podía ser explorado a través del método científico.

Varias décadas de búsqueda lo condujeron hacia una decisión poco convencional sobre qué pasaría con su cuerpo tras su muerte.

Antes de que Incao muriera de cáncer de próstata el 28 de febrero a los 81 años, dejó estipulado que su cuerpo fuera cremado en su ciudad adoptiva de Crestone, Colorado, en la única pira funeraria pública al aire libre de Estados Unidos.

“Todas las formas antiguas y todos los rituales ancestrales se están relajando”, explicó en entrevistas en los meses previos a su fallecimiento. A través de este tipo de cremación, planeaba ser parte de ese cambio.

La cremación de Philip Incao en la única pira funeraria pública al aire libre de Estados Unidos, en su ciudad adoptiva de Crestone, Colorado, el 5 de marzo de 2022. (Trent Davis Bailey/The New York Times).
La cremación de Philip Incao en la única pira funeraria pública al aire libre de Estados Unidos, en su ciudad adoptiva de Crestone, Colorado, el 5 de marzo de 2022. (Trent Davis Bailey/The New York Times).

Sabía que su cuerpo sería envuelto en un simple sudario, transportado en una camilla de madera a un lugar cerrado y colocado en una plataforma a unos metros del suelo. Sus hijos y su esposa encenderían el fuego y verían su cuerpo arder durante varias horas. Al día siguiente, recogerían las cenizas. Incao había asistido a varias cremaciones en la pira y estaba listo.

Alrededor de setenta personas han sido cremadas en la pira en Crestone desde que se inauguró hace más de una década. Sus servicios están restringidos a residentes y terratenientes en el condado de Saguache, que tiene una población de menos de 7000 personas extendidas a lo largo de casi 7800 kilómetros cuadrados.

Ubicada dentro de una reja circular de madera a unos cuantos kilómetros de la ciudad, con la sierra de la Sangre de Cristo de las montañas Rocosas como telón de fondo, la pira es una estructura utilitaria: dos muros de concreto con estuco a la altura de la cintura revestidos por dentro con ladrillo refractario y atravesados por una rejilla de metal liso.

El diseño simple representa un cambio que desafía los rituales fúnebres estadounidenses. En vez de que el cuerpo sea llevado por una agencia funeraria, permanece a la vista en su casa durante varios días. Además, en lugar de ser “preservado” de manera química y colocado en un ataúd sellado, se conserva en hielo, pero, a excepción de eso, en su estado natural.

“Los entierros como una prática en Estados Unidos están básicamente diseñados para que la familia estadounidense no tenga que lidiar con la muerte”, reflexionó Incao en diciembre. Para entonces, estaba confinado casi por completo a su cama, donde reposaba, se reunía con amigos, revisaba sus pertenencias y leía libros sobre reencarnación y experiencias cercanas a la muerte.

Más de la mitad de los estadounidenses son cremados, un cambio notorio en comparación con el siglo XX, cuando esto iba “por completo en contra del sentimiento estadounidense”, comentó Gary Laderman, un profesor en el Departamento de Religión en la Universidad Emory. Sin embargo, el enfoque de Crestone va más alla, al desafiar una de las promesas centrales de la cremación tradicional, hacer desaparecer el cuerpo de manera rápida e invisible. Un cuerpo en la pira se convierte en ceniza y humo mientras sus amistades y familiares hacen una vigilia durante horas al aire libre.

Los sitios de cremación comunitaria son algo habitual en algunas regiones de la India, pero siguen siendo un tabú en Estados Unidos. Un centro de retiro budista en el norte de Colorado conserva una pira privada, pero los esfuerzos para abrir sitios públicos como el de Crestone han fracasado, al enfrentarse a sensibilidades culturales aprensivas acerca de la muerte.

“Las personas que no han tenido experiencias directas de cremación al aire libre, ya sea en Colorado o en Asia, pueden hacer algunas asociaciones muy extrañas”, opinó Angela Lutzenberger, una capellán de un hospicio que compró poco más de 25 hectáreas de tierra en Dresden, Maine, que espera convertir en una pira. “Se hacen ideas escalofriantes sobre lo que podría ser”.

No es coincidencia que Crestone sea la sede de la pira. Ubicada alrededor de 320 kilómetros al sur de Denver, la antigua ciudad minera de oro ha atraído a una población cautivada por las prácticas religiosas orientales y las tradiciones de la sabiduría durante décadas. Su reputación se solidificó en la década de los ochenta, cuando una buscadora espiritual nacida en Dinamarca y su esposo, un magnate petrolero, establecieron un sitio en expansión en las afueras de la ciudad que se publicita a sí mismo como la “comunidad habitacional intencional, interreligiosa y sustentable más grande de América del Norte”.

Los caminos serpenteantes alrededor del desarrollo inmobiliario (con nombres de calles como Vía de la Serenidad y Vía Jubilosa) conducen a varios altares budistas de gran altura, centros de retiro y un zigurat en espiral mandado a construir en la década de los setenta por el padre de la reina Noor de Jordania. Algunos lugareños mencionan que hay un “vórtice” de energía en el área.

“No existe otro lugar como este en Estados Unidos”, señaló Sylvan, el hijo de Incao, quien visitó a su padre ahí varias veces en el transcurso de los años.

Sylvan fue a Crestone una semana fría de marzo que culminaría con la cremación de su padre. Algunos volantes con información sobre la ceremonia se colocaron en la tienda de comida saludable y la cafetería contigua, que funcionan como el centro social de la ciudad. “Por favor, compartan vehículo cuando les sea posible. La pira se encenderá a las ocho de la mañana”, decía el volante.

Incao se mudó a Crestone con su segunda esposa, Jennifer, en 2006, después de practicar la medicina “antroposófica” (un enfoque holístico inspirado en Steiner que muchos médicos tradicionales describen como seudociencia) en la parte norte del estado de Nueva York y en Denver.

Incao se graduó de la Facultad de Medicina Albert Einstein en la ciudad de Nueva York, pero su carrera cambió su curso de manera radical cuando descubrió la medicina alternativa y la obra de Steiner. El filósofo austriaco impartía lecciones exhaustivas sobre temas que incluían la filosofía, el cristianismo, las finanzas, la arquitectura y el arte. Sus ideas sobre la educación condujeron a la pedagogía Waldorf; su pensamiento sobre la agricultura inspiró la agricultura biodinámica.

Incao creía que el momento de la muerte era solo el comienzo del “proceso de separación de la identidad humana”, el cual indicó que tardaba alrededor de tres días.

¿Y por qué ser cremado en exteriores? “Lo haces porque tiene mucho más sentido que la alternativa, que es entregar el cuerpo al enterrador”, mencionó. Se decidió por la cremación tras mudarse a Crestone y se inscribió al proceso de manera oficial hace alrededor de cuatro años.

Sylvan, de 49 años, y su hermano Sebastian, de 47, apoyaron los planes de su padre, pues consideraron que se alineaban con su sensibilidad espiritual y su pensamiento no ortodoxo. “Amaba la naturaleza. Parece una manera muy poderosa de liberar su espíritu”, relató Sebastian, que es un acupunturista en Nueva York.

Su hermano mayor, Quentin, de 51 años, no estaba tan seguro. Sabía que su padre era poco ortodoxo, pero aun así se conmocionó cuando Incao le compartió sus intenciones en una de las visitas de Quentin, quien vive en Montana. “Solo no me hizo sentido, no podía entenderlo”, recordó. Aceptó ser uno de los portadores del cuerpo, pero le molestaba la acción de colocar de manera física el cuerpo de su padre en la pira.

En un acto fúnebre algunos días antes de la cremación, los tres hermanos, sus familiares y otras personas se reunieron en el estudio de arte en el patio trasero de Jennifer para una ceremonia y las exequias pronunciadas por un sacerdote de la Comunidad Cristiana, un movimiento religioso pequeño inspirado por Steiner.

El cuerpo de Incao permaneció en reposo en la parte frontal del cuarto, con coronas de claveles frescos y otras flores en su cuerpo. “En la calma de ser alma camina el alma de nuestro querido Philip”, leyó el sacerdote de un libro transcrito a mano de los textos sagrados. “Ahora está del otro lado del umbral, pero su amor no ha cesado”. En una ceremonia pequeña al aire libre que se realizó después, un venado pastaba en el patio.

Un sábado fresco, la familia se reunió a las siete de la mañana para acompañar el cuerpo de Incao desde su casa hasta la pira, un poco más de 6 kilómetros al oeste. Un voluntario envolvió el cuerpo en un sudario de sábanas la noche previa y lo cubrió de rosas. La camilla se subió de forma cuidadosa en la parte trasera de la “pick-up” negra de Sylvan; Quentin y Sebastian viajaron ahí mismo con su padre (“Nuestros últimos momentos con él”, narró Quentin). La camioneta giró con lentitud a la derecha frente a un pequeño letrero pintado a mano en el que se leía: “Pira”.

Para las 7:30 a. m., alrededor de setenta personas estaban formadas en el camino hacia el sitio de la pira. Un voluntario tañó una campana para anunciar el inicio de la ceremonia y otro tocó una canción en su flauta hecha a mano a medida que la procesión avanzaba en su camino al interior de la reja. Los portadores colocaron la camilla en la rejilla metálica.

La ceremonia de Incao comenzó cuando los familiares y las amistades colocaron ramas y flores de enebro en el cuerpo. Se quemó incienso en un cuenco atendido por un voluntario, mientras otros agregaron leños hasta que estaban apilados sobre el borde de la pira. Entonces, Jennifer y los hijos de Incao encendieron palos largos en el cuenco de incienso y prendieron juntos la pira.

Cuando el fuego comenzó a arder, Sylvan colocó su brazo alrededor de Sebastian. Un arpista interpretó una melodía mientras las llamas crepitaban. Quentin se enjugó lágrimas, por el humo, la emoción o ambas.

Sylvan habló sobre cómo siempre molestaba a su padre por vestir con tantas capas, ya que siempre tenía frío. “Con el fuego encendido, ya no tiene frío”, concluyó con una sonrisa. Otra amiga interpretó un “Aleluya” (otro concepto de Steiner), mientras rodeaba la pira de manera solemne, levantando y bajando los brazos y moviéndose hacia adelante y atrás.

Quentin, quien había cuestionado los planes de su padre desde el inicio, observó la ceremonia en silencio y concentrado. “Fue casi como si se nos quitara un peso de encima, al saber que ya trascendió”, aseguró después, mientras la multitud se dispersaba y las cenizas seguían ardiendo sin arrojar humo.

Supo, al final, que era lo que su padre había deseado.

“Tenía muchas ganas de ser humo”.

© 2022 The New York Times Company

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