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Del neolítico a los magnates actuales: ¿se puede cambiar la historia de la desigualdad?

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- Créditos: @Agencia AFP
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Hace aproximadamente 10.000 años, durante el Neolítico, se produjo quizá la principal revolución económica y social de la historia de la humanidad. En distintos puntos del planeta, en la Medialuna Fértil, en los valles del norte de la India, en el sur de China, hombres y mujeres lograron domesticar varios cultivos (trigo, cebada, lino, leguminosas) y algunos animales (vacas, ovejas, cabras). Más tarde, la agricultura y la ganadería también fueron “descubiertas” en América de forma independiente, al menos en tres lugares: Mesoamérica, los Andes septentrionales y la Amazonia occidental.

La revolución Neolítica produjo cambios muy profundos que perduran hasta hoy y definen a las sociedades modernas. En esos años, el hombre pasó de nómade a sedentario y de cazador-recolector a productor. La posibilidad de establecerse en lugares fijos y de acumular cereales y animales domésticos permitió el surgimiento de aldeas y luego de ciudades. Los excedentes dieron lugar a la aparición de nuevas actividades no vinculadas directamente con la provisión de alimentos: religiosas, militares, administrativas. La propiedad privada y el Estado, dos de las principales instituciones del mundo moderno, tienen también sus raíces en esa época. Y, por supuesto, también la desigualdad económica.

Esta es la visión más extendida: los orígenes de la desigualdad económica se remontan al surgimiento de la agricultura, el sedentarismo y los excedentes, hace aproximadamente 10.000 años.

El cambio fue revolucionario y sorprendente: de manera independiente, en diversas partes del mundo, el descubrimiento de nuevas técnicas de producción cambió radicalmente la forma de organización social. A partir de ese momento, en mayor o menor grado, casi todas las sociedades del mundo fueron sedentarias y profundamente desiguales.

Con el desarrollo de las economías agrícolas pronto surgieron estructuras sociales jerárquicas cada vez más complejas, que evolucionaron en dominios hereditarios y finalmente, en reinos e imperios. Los monarcas desarrollaron distintas estrategias para concentrar el poder y amasar fortunas, desde el pillaje y las guerras, a los impuestos y tributos. La capacidad de imponerse mediante el prestigio, el respeto religioso y, en particular, la amenaza de violencia, pudo sostener innumerable cantidad de imperios y reinos en todas partes del mundo, en todos los tiempos, en los que una élite dominante concentraba el poder político y económico: los faraones en Egipto, los wang chinos, los emperadores romanos, los Shah de Persia, los soberanos incas en los Andes, los Tlacatecutli aztecas, los reyes absolutistas en la Europa medieval, los zares rusos. La lista es interminable.

En las sociedades premodernas las grandes fortunas se debían mucho más al poder político y a las posibilidades de coacción y dominio que a razones económicas. Los progresos en el agro, la moneda y el comercio multiplicaron las posibilidades económicas, que agrandaron las riquezas de la nobleza y también permitieron el surgimiento de estratos medios –las burguesías– que de a poco fueron ganando poder económico y participación política.

Pero, ¿cuán grandes eran las desigualdades comparadas con las actuales? De acuerdo a un estudio reciente, en el siglo II D.C. el 1,5% de las familias nobles romanas controlaban el 20% del ingreso, una proporción en el entorno de las economías capitalistas actuales. Branko Milanovic estimó el ingreso del aristócrata, general y político romano Marco Licinio Craso en 1000 millones de dólares actuales, un valor comparable al ingreso anual de Bill Gates. Thomas Piketty estima que en los años de la Revolución Francesa el 10% más rico acumulaba el 80% de la riqueza, un valor superior al actual. La lista de ejemplos es larga, quizás entretenida, pero no tiene sentido prolongarla: en realidad es muy difícil comparar el grado de desigualdad en tiempos antiguos con las disparidades actuales, dada la escasez de datos y las innumerables limitaciones metodológicas. Basta con rescatar de esta evidencia un punto importante: las desigualdades extremas han sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad, en particular mucho antes del surgimiento del capitalismo y de las formas de producción y organización política modernas.

Algunos investigadores derivan de la evidencia histórica una posición pesimista sobre las posibilidades de reducir de manera significativa las desigualdades económicas. En un reciente libro, el historiador austríaco Walter Scheidel concluye que a lo largo de la historia las desigualdades económicas solo se redujeron de forma sustancial por cortos períodos de tiempo y casi invariablemente por efecto de algún cambio violento: guerras, revoluciones, disolución del Estado o pestes. Las grandes brechas durante el Imperio Romano se disolvieron con las invasiones bárbaras; las desigualdades de la Edad Media se limitaron con las pestes que redujeron la población y, en especial, la cantidad disponible de trabajadores no calificados; las desigualdades extremas que siguieron a la Revolución Industrial se limitaron en el siglo XX, en algunos países con revoluciones, y en otros, los más desarrollados, como resultado del impacto de las dos guerras mundiales y el colapso económico de principios de siglo.

Scheidel hace un minucioso recorrido por otros episodios en la historia en los cuales las desigualdades se redujeron: la Grecia de la Edad de Bronce, el Japón de la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra durante la Peste Negra, México en el siglo XVI, la República Popular de Mao en China. En todos estos casos la reducción responde a algún evento de violencia o sufrimiento masivo incluido en alguna de estas cuatro categorías: guerras, revoluciones violentas, colapso estatal o pandemias devastadoras. Para Scheidel estos eventos tuvieron efectos igualadores concretos y sustanciales, pero finalmente subsistieron poco tiempo: a la larga, la desigualdad volvió siempre a niveles semejantes a los iniciales.

Esta lectura de la historia deja una pregunta inquietante: ¿es la alta desigualdad una característica inevitable de las sociedades humanas? Algunos tienen (tenemos) una mirada más optimista: las sociedades modernas, más democráticas y políticamente inclusivas, y la creciente relevancia del capital humano como activo productivo, en lugar de la tierra o el capital físico, brindan un nuevo escenario, inédito en la historia, donde hay alguna chance de que las mejoras distributivas puedan ser alcanzadas de forma gradual, sustentable y pacífica.

Texto extraído y adaptado de Desiguales (Edhasa), de Leonardo Gasparini. El autor es economista del Cedlas.

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