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No olvidaremos el colapso de WeWork: ¿otra empresa 'cortina de humo' que terminará saliéndose con la suya?

·4  min de lectura
Es un triunfo que WeWork haya llegado tan lejos. Esta semana, una versión reducida de la empresa que alquila espacios de oficina comenzará a cotizar en la bolsa unos dos años después de que los inversionistas se dieran cuenta del bombo publicitario de WeWork, de que la empresa casi se quedara sin dinero y de que su fundador acabara con una fortuna. (David Szakaly/The New York Times)
Es un triunfo que WeWork haya llegado tan lejos. Esta semana, una versión reducida de la empresa que alquila espacios de oficina comenzará a cotizar en la bolsa unos dos años después de que los inversionistas se dieran cuenta del bombo publicitario de WeWork, de que la empresa casi se quedara sin dinero y de que su fundador acabara con una fortuna. (David Szakaly/The New York Times)

Es un triunfo que WeWork haya llegado tan lejos. Esta semana, una versión reducida de la empresa que alquila espacios de oficina comenzará a cotizar en la bolsa unos dos años después de que los inversionistas se dieran cuenta de que esta empresa emergente era una cortina de humo, de que casi se quedara sin dinero y de que su fundador se fuera con una fortuna.

WeWork no es la única empresa emergente ambiciosa que se tambalea. Los fiscales federales han dicho que la empresa de análisis de sangre Theranos falseó afirmaciones de que podía realizar cientos de pruebas médicas con solo un pinchazo de sangre y su fundadora está siendo juzgada. Mi colega Ben Smith cuestionó si la empresa emergente de medios digitales Ozy había exagerado el tamaño de su audiencia.

La ventaja de los ricos

Las empresas jóvenes como estas no tienen mucha importancia para el resto del mundo. Sus inversionistas, en su mayoría acaudalados, pueden permitirse perder dinero (les fue peor a los empleados de las empresas emergentes que se quedaron sin trabajo y a las personas que obtuvieron resultados engañosos en sus análisis de sangre).

Sin embargo, el espectacular ascenso, caída y (tal vez) recuperación de WeWork tiene un alto precio. Al igual que el colapso bancario de hace más de una década y las historias de personas acaudaladas que utilizan medios legales para pagar poco o nada de impuestos, las empresas emergentes que fracasan contribuyen a la actitud de que el sistema financiero y la economía de Estados Unidos están amañados para favorecer a los ricos y a quienes tienen conexiones.

Para decirlo sin rodeos: los ricos y poderosos tienen una ventaja. Eso no significa que sea saludable que la gente se sienta fatalista porque así es como funcionan las cosas.

“Si la gente se siente impotente; entonces, la confianza en todas las instituciones se erosiona. Esa es la tragedia que tenemos ahora”, afirma Anat Admati, profesora de Finanzas y Economía de la Universidad de Stanford que ha estudiado los efectos del colapso bancario y otras crisis empresariales.

Agradezco, y al mismo tiempo temo, lo que han hecho las jóvenes y a veces descaradas empresas emergentes, demasiado entusiastas o absurdas, en la última década. Han tenido la ambición y el dinero para reimaginar viejas formas de hacer las cosas en la salud, el transporte, la educación, la vivienda, las compras y otros sectores de la vida.

Injusticia

Más de una década de manía por todo lo relacionado con la tecnología nos ha proporcionado tanto maravillas que han mejorado nuestras vidas como una industria artesanal de empresas insostenibles en lo financiero que, en ocasiones, han causado un daño catastrófico y nos han dejado a cargo del desorden. ¡Es complicado!

Lo que me llama la atención es el abrumador olor a injusticia. Cuando las empresas emergentes han tenido éxito, en su mayoría han hecho aún más rico al uno por ciento. Y cuando estas empresas se inflan en exceso e implosionan, las personas influyentes que son responsables de ello tienden a no rendir muchas cuentas por sus actos.

Las personas que ven con mayor optimismo a las jóvenes empresas tecnológicas no han tenido en cuenta esta injusticia (una de las soluciones que tienden a apoyar es la flexibilización de las regulaciones para permitir que más personas además de los superricos inviertan en empresas emergentes).

Por lo general, estas empresas o personas no infringen la ley. De las empresas que he mencionado, solo la fundadora de Theranos, Elizabeth Holmes, enfrenta cargos penales (se declaró inocente).

Confianza perdida

Sin embargo, estos ejemplos nos dejan una sensación de injusticia que erosiona nuestra confianza. Tenemos esta sensación cuando los jefes de este tipo de empresas, como Adam Neumann, de WeWork, fracasan y son recompensados de todos modos y cuando los neoyorquinos ricos compran casas a precios (relativamente) bajos valiéndose de una ley destinada a ayudar a las familias de menores ingresos. Esa sensación de malestar se filtra a través de las historias de directores ejecutivos de empresas emergentes, en su mayoría poco rentables, que se han convertido en algunos de los ejecutivos mejor pagados del mundo empresarial estadounidense.

Podemos entender cómo la ambición en ocasiones tienta a la gente y cae en la codicia o el engaño, sobre todo si nadie les dice que no. La injusticia no es el resultado de manzanas podridas individuales, sino de sistemas que se inclinan a favor de los ricos y poderosos, y de guardianes, incluidos los funcionarios del gobierno, que son demasiado indiferentes o ineficaces.

Admati me dijo que cuando sus alumnos se enteran de algunas de las injusticias de los sistemas empresariales y financieros, muchos de ellos se desaniman bastante. Ella los invita a luchar contra ese sentimiento.

Les dice que contiendan por un puesto público, que presionen para que se produzcan cambios al interior de sus futuros empleadores, que denuncien las irregularidades, que hagan cualquier cosa para luchar contra el cinismo de que los sistemas financieros y económicos de Estados Unidos son injustos y así son las cosas.

© 2021 The New York Times Company

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