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Opinión: Los opioides se sienten como el amor. Por eso son mortales en tiempos inciertos

·6  min de lectura

PARA TRATAR Y PREVENIR LA ADICCIÓN DE MANERA EFICAZ, LA CIENCIA PUEDE AYUDARNOS A RECONOCER LA RAZÓN POR LA QUE LOS OPIOIDES SE HAN VUELTO TAN ATRACTIVOS.

Me había dicho a mi misma que nunca probaría la heroína porque sonaba demasiado perfecta. Es como un “amor cálido como la mantequilla”, me dijo un amigo.

Cuando cedí a la tentación —en un ataque de ira por la infidelidad de un novio a mediados de la década de los ochenta— eso fue lo que experimenté. No fue la euforia lo que me enganchó. Fue el alivio de mi miedo y ansiedad, una sensación tranquilizadora de estar a salvo, cuidada y amada incondicionalmente.

La ciencia revela ahora que esa comparación es mucho más que una metáfora. Los opioides imitan a los neurotransmisores responsables de hacer que los vínculos sociales sean reconfortantes: unen a los padres con sus hijos, a un amante con su ser amado.

El cerebro también produce sus propios opioides. El sistema opioide endógeno incluye endorfinas y encefalinas, mejor conocidas por el rol que desempeñan en la experiencia de placer y dolor, pero también son fundamentales para la formación y mantenimiento de los vínculos sociales. Un estudio de 2004 descubrió que los ratones lactantes sin ciertos receptores opioides no mostraban apego a sus madres.

Mientras Estados Unidos intenta salir de su crisis de opioides, que de acuerdo con los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades ha dejado un saldo de más de 75.000 muertes por sobredosis entre abril de 2020 y abril de 2021, estos conocimientos biológicos ofrecen información importante. Estados Unidos no puede resolver con arrestos un problema causado por la necesidad humana fundamental de conectarse.

Los momentos de incertidumbre y desigualdad económica tienden a asociarse con niveles más altos de adicción a los opioides. Algunos de los mayores factores de riesgo de sobredosis son la desconexión social y el consumo en solitario. Los confinamientos pandémicos, aunque a veces necesarios para combatir la propagación de la enfermedad, incrementaron la soledad, así como el aislamiento físico y social. Si los legisladores quieren tratar y prevenir la adicción de manera eficaz, necesitan reconocer la razón por la que los opioides se han vuelto tan atractivos en esas circunstancias. Al hacerlo, la adicción podría verse con mucha mayor compasión.

Hace décadas, el neurocientífico Jaak Panksepp exploró por primera vez la conexión entre los opioides del cerebro y el amor maternal. Panksepp, quien murió en 2017, me dijo que la primera vez que intentó publicar información que vinculaba a los opioides del cerebro con el apego fue rechazado por una publicación médica importantes. Su investigación mostraba que la morfina, en dosis tan bajas que no provocaban somnolencia, apaciguaba los llantos de separación de las crías de varias especies.

La idea de que el amor más puro e inocente —el que hay entre un progenitor y su hijo— pueda tener algún elemento en común con la degradación que trae la adicción a la heroína era “demasiado complicada de aceptar”, me dijo Panksepp. Hoy, sin embargo, décadas después de que publicó su investigación en otra publicación, la ahora conocida como la “teoría de los opioides cerebrales en el apego social” es aceptada de manera generalizada.

Cuando las personas cuidan a sus hijos o se enamoran, se liberan hormonas como la oxitocina, que funden los recuerdos de estar juntos con sentimientos de calma, alegría y satisfacción a través de las endorfinas. Esta es una de las maneras en que las que el contacto social calma el estrés, lo que hace que la vinculación afectiva o emocional sea una protección indispensable de la salud física y mental. Cuando estamos lejos de nuestros seres queridos o sentimos que nuestras relaciones están en riesgo, sentimos una ansiedad que no es muy distinta de la que se siente con la abstinencia de las drogas.

“Cuando la gente se droga con un opioide, siente calidez, seguridad y amor”, dijo Steven Chang, profesor asociado de neurociencia en Yale. Eso se debe a que los sistemas opioides han evolucionado en parte para alimentar los buenos sentimientos que las personas obtienen al pasar tiempo con amigos y familiares, explicó.

Hay muchos factores que contribuyen a la adicción y el aislamiento suele ser uno de ellos. Durante las últimas décadas, a medida que las tasas de muerte por sobredosis se han cuadriplicado en Estados Unidos, el aislamiento social ha aumentado. Un estudio reveló que de 1985 a 2004, el tamaño de la red social de un estadounidense promedio se redujo en un tercio y la cantidad de personas que dijeron que no tenían a nadie en quien confiar se triplicó. Una encuesta de 2018 arrojó que solo alrededor de la mitad de los encuestados sentían que tenían a alguien a quien podían acudir todo el tiempo o la mayor parte del tiempo.

La pandemia podría haber acentuado esto. Un estudio de 2021 mostró que más del 60 por ciento de los jóvenes adultos estadounidenses informaron sentirse solos a menudo o casi todo el tiempo.

El vínculo entre los opioides y los sentimientos de amor y conexión también ofrece claves sobre quiénes son más vulnerables. Las personas que experimentaron trauma infantil y abandono son quienes tienen mayor riesgo de desarrollar una adicción a los opiáceos. Las personas con enfermedades mentales o trastornos de desarrollo, que a menudo generan aislamiento, también son muy susceptibles. Un estatus socioeconómico bajo o en descenso eleva los riesgos de consumo en parte porque este puede socavar los vínculos sociales.

Los estudios también han revelado que el capital social bajo —una medida que indica qué tanto las personas se sienten conectadas, confían entre sí y son parte de sus comunidades— está relacionado de manera sólida con las muertes por sobredosis. Un estudio que analizó cuidadosamente cada condado, descubrió que aquellos con más organizaciones de la sociedad civil, organizaciones sin fines de lucro y una mayor participación en las elecciones presidenciales y en el censo (todos los cuales están vinculados a la confianza y las redes sociales) tendían a tener muchas menos muertes por sobredosis. En cambio, los barrios atravesados por la pobreza tienden a tener menos conexiones sociales y más casos de sobredosis.

Entender la naturaleza social de los opioides y su adicción debería ayudar a los legisladores a cuidar mejor a quienes la padecen.

En lugar de castigarlas, las personas con adicción necesitan la oportunidad de aprender formas más saludables de sobrellevar su situación, lo que requerirá una variedad de recursos. Algunas necesitan medicamentos psiquiátricos, incluidos los propios opioides. (El único tratamiento comprobado que reduce a la mitad o más la tasa de muerte por opioides es el uso prolongado de metadona o buprenorfina). Algunas personas necesitan terapia, vivienda estable o trabajo significativo. Algunas necesitan nuevos amigos y muchas necesitan todo lo anterior.

Nadie necesita ir a la cárcel solo por tratar de sentirse bien. Parafraseando al escritor Johann Hari, el opuesto de la adicción no es la abstinencia. Es el amor.

© 2021 The New York Times Company

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