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Lanzan unas Oreo con sabor a churros, ¿por qué las marcas inventan estos sabores inesperados?

Oreo acaba de revelar la solución a un misterio que llevaba tres meses intrigando a los fanáticos de las galletas. Todo comenzó en septiembre, cuando la marca lanzó un reto a través de su cuenta en Instagram: adivinar cuál era el “sabor misterioso” de 2019, que se vendía en una edición limitada en Norteamérica. 

Para sorpresa de muchos, que no acababan de identificar el sabor, el misterioso sabor era nada menos que a churros (poco habría durado la intriga, seguramente, si la edición limitada se hubiera testado en España). Ahora la inevitable pregunta es ¿ha llegado este sabor para quedarse o se unirá a la amplia lista de experimentos comerciales fallidos con sabores poco habituales?

Vía Oreo

En un mercado tan abarrotado de opciones, las empresas realizan un constante esfuerzo por innovar. Según un estudio estadístico, tan solo un 24% de los productos nuevos consigue mantenerse a flote durante al menos 12 meses. A pesar de estas expectativas, a veces las marcas presentan apuestas que pasan de arriesgadas a excéntricas. 

Estas decisiones obedecen a razones diversas pero, aunque detrás hay una importante labor de estudio de mercado, en muchas ocasiones los esfuerzos se traducen en estrepitosos fracasos. Un ejemplo reciente de experimento fallido fue la “pizzalada” que lanzó Telepizza hace un par de años: en un intento por ofrecer algo “sano y ligero”, se les ocurrió utilizar una masa caliente de pizza a modo de plato con lechuga encima que poca gente fue capaz de tragar.

Vía Telepizza

Una idea similar tuvo McDonald’s en 1996 cuando creó una hamburguesa llamada Arch Deluxe, que pretendía ser un producto más refinado, con ingredientes de mayor calidad y más sano: todo lo contrario precisamente a lo que busca un consumidor de comida rápida, con el agravante de que además era más cara. El fracaso fue rotundo.

Vía McDonald's

Otras veces se ha intentado exportar sabores que en alguna parte del mundo son normales a otras regiones donde resultan exóticos. Un ejemplo claro son las barritas de Kit-Kat con sabor a té verde o a wasabi, dos ingredientes que en Japón son comunes, pero que en Europa resultan raritos: ¿quién piensa en una barra de chocolate de color verde?

Vía KitKat

Un caso ya legendario y con plot twist es el de la famosa Cherry Coke, que tuvo su aparición estelar en España en los años 90 y que fue un auténtico fiasco de ventas pese a la gran inversión en publicidad que se llevó a cabo y fue retirada a los tres años. Sorprendentemente, Coca-Cola volvió a la carga en 2013 y relanzó el refresco, esta vez bajo el nombre de Coca-Cola Cherry. En tres meses vendió más de tres millones y medio de latas y se ha quedado en España como una variedad fija.

Vía Coca-Cola

Este tipo de experimentos con sabores pueden parecer ideas tomadas a la ligera, pero normalmente tienen un objetivo que no siempre es la rentabilidad directa. Para algunas compañías es la manera de conectar con un público más joven e introducirles en el consumo de su marca. Para otras sirve para transmitir innovación y que el consumidor no las perciba como “estancadas”. E incluso, habrá quien busque únicamente conseguir notoriedad y que la gente hable de ellas, sin importar que el producto en cuestión genere pocas ventas. Lo que está claro es que no van a parar de sorprendernos. ¿O acaso alguien se imaginaba que algún día existirían las Oreo sabor a churros?

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