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La pandemia se calma, pero ¿por qué dejó tantas muertes en América del Sur?

·12  min de lectura
Trabajadores llevan el féretro que contiene los restos de una víctima de coronavirus en el cementerio informal "Mártires 19 de Julio" en el distrito de Comas, en las afueras de Lima, Perú, el país con más muertes de la región
Trabajadores llevan el féretro que contiene los restos de una víctima de coronavirus en el cementerio informal "Mártires 19 de Julio" en el distrito de Comas, en las afueras de Lima, Perú, el país con más muertes de la región

La pandemia se atenúa en América del Sur. La combinación de un alto número de contagios en todos los países -bastante mayor al registrado oficialmente, por el bajo nivel de testeo en la zona- con tasas de vacunación significativas y parejas permite a la región vivir su mayor período de calma sanitaria desde que comenzó la pandemia. Tal es la caída sistemática de contagios e infecciones que, por lo bajo, especialistas de varios países se ilusionan con que, si la vacunación no pierde ritmo, el coronavirus puede transformarse, entrado 2022, en una endemia al estilo de la gripe, con brotes pero con un nivel de incidencia bajo y controlable.

Las curvas de todos los países de América del Sur empezaron a dar la vuelta a mitad de año y hoy la tendencia sigue a la baja o estabilizada en casi todos. Las excepciones son Chile, Brasil y Uruguay, donde las infecciones crecen desde algunas semanas, pero no en la forma vertiginosa en la que aumentaron durante la ola entre marzo y junio, la más letal de todas.

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La calma sanitaria llega, sin embargo, con un sabor agridulce. Al mirar hacia atrás, América del Sur se enfrenta con un panorama contundente: la región representa el 5,5% de la población global, pero registra, hasta hoy, el 15,8% de los contagios totales y el 23% de las muertes (a cifras de mitad de esta semana). Los números particulares son tan desoladores como los regionales.

La Argentina, por ejemplo, cuenta con el 0,5% de la población del planeta, pero tiene el 2,1% de infectados y el 2,3% de decesos, números que comparte con Colombia.

Los casos más agudos son Brasil y Perú. El mayor país de la región alberga el 2,8% de la población global; sin embargo, contabiliza el 9% de los contagios del mundo y el 12% de las muertes. Por su parte, Perú, el país que encabeza, por lejos, el ranking global de fallecidos por millón de habitantes, presenta cifras igualmente punzantes: tiene el 0,4% de la población global, pero registra el 0,9% de los contagios y el 3,9% de las muertes.

Junto con Paraguay, esas cuatro naciones están en el top 20 de países con mayor cantidad de muertes por millón de habitantes. ¿Qué hay, entonces, detrás del estremecedor y desproporcionado número de muertes en la región?

La respuesta no es ni sorprendente ni simple, y viene con una advertencia. Organismos internacionales y especialistas consultados por LA NACION concuerdan en que la elevada cantidad de muertes se explica por el deterioro estructural y subfinanciación del sistema de salud, la imprevisión política a corto plazo, la saturación del sistema hospitalario, la necesidad económica y el cansancio de las sociedades con cuarentenas demasiado largas. Es un particular y letal cocktail que, de no ser atacado de raíz, podría repetirse ante otra emergencia sanitaria global.

1. Números en verde y en rojo

La primera explicación a la alta incidencia de muertes de América del Sur viene de otras regiones y de su falta de transparencia en el conteo de muertes.

“La letalidad aumenta cuando hay un mayor número de pacientes y los servicios hospitalarios se saturan. Sin embargo, América Latina tiene un mejor registro de números de muertos que otras zonas en desarrollo”, dijo el director de Incidentes de la Organización Panamericana de la Salud (OPS); Sylvain Aldighieri, para explicar la alta cifra de decesos de la región ante una pregunta de LA NACION en la conferencia semanal del organismo.

África, por ejemplo, tiene el 16% de la población global pero cuenta oficialmente solo 4% de las muertes del mundo. Claro que de las más de 50 naciones, solo ocho tienen un registro de defunciones obligatorio.

En esta foto del 18 de febrero de 2021, enfermeras leen instrucciones sobre cómo administrar la vacuna Sputnik V contra COVID-19 en una escuela pública de Bernal, en las afueras de Buenos Aires
En esta foto del 18 de febrero de 2021, enfermeras leen instrucciones sobre cómo administrar la vacuna Sputnik V contra COVID-19 en una escuela pública de Bernal, en las afueras de Buenos Aires


En esta foto del 18 de febrero de 2021, enfermeras leen instrucciones sobre cómo administrar la vacuna Sputnik V contra COVID-19 en una escuela pública de Bernal, en las afueras de Buenos Aires

De entre esas ocho, sobresale Sudáfrica, que es uno de los países con más muertes en exceso en lo que va de la pandemia, según la base de datos de The Economist que se dedica a contabilizar las diferencias entre las muertes entre los años sin pandemia y 2020 y 2021. En América del sur, los países con mayor cantidad de muertes en exceso son Brasil y Ecuador, mientras que en la Argentina, la diferencia es exigua.

Si la OPS elogia la capacidad de contar las muertes de la región, no es tan contemplativa, en cambio, con otros números sudamericanos, en especial los de gastos en salud. En un informe conjunto con la Cepal, publicado hace 10 días, el organismo advierte: “Las debilidades históricas de los sistemas de salud y las desigualdades estructurales características de la región han dificultado el control de la pandemia”.

El gasto en salud promedio en la región está muy por encima del de África – es unas ocho veces mayor- pero también muy por debajo del de los países desarrollados, no solo en gasto total per cápita si no también como porcentaje del PBI. Las naciones de la OCDE, por ejemplo, dedican cuatro veces más de gasto promedio per cápita a la salud, de acuerdo con la Cepal.

Esa diferencia explica y, a la vez, está nítidamente reflejada en el listado de los 20 países con mayor cantidad de muertes por habitantes. Junto con las cinco naciones sudamericanas, hay diez países de la ex Europa del este, que se encuentran entre los que menos gasto per cápita y menor porcentaje del PBI destinan a la salud en el continente europeo.

Trabajadores de un cementerio mueven un féretro con los restos de un hombre que murió a causa del Covid-19, en el cementerio de Zipaquira, en Zipaquira, Colombia, el 18 de junio de 2021
Trabajadores de un cementerio mueven un féretro con los restos de un hombre que murió a causa del Covid-19, en el cementerio de Zipaquira, en Zipaquira, Colombia, el 18 de junio de 2021


Trabajadores de un cementerio mueven un féretro con los restos de un hombre que murió a causa del Covid-19, en el cementerio de Zipaquira, en Zipaquira, Colombia, el 18 de junio de 2021

El gasto en salud de la Argentina está entre los más altos de la región, después de Cuba, Chile y Uruguay. Pero, como sucede con todos los vecinos, viene de una década de fuertes altibajos luego de haber aumentado en los primeros 10 años del siglo, con el boom económico de la región. Hoy la Argentina destina el 9,5% de su PBI a la salud; el detalle es que ese PBI se reduce desde hace un par de años.

2. Infraestructura en peligro, salud en peligro

Los números del gasto en salud no son solo un concepto, son una realidad potente que padecieron los profesionales de la salud y los pacientes de Covid-19 en los últimos 19 meses.

“América Latina tuvo grandes problemas con los hospitales. La Argentina tiene el gran beneficio del personal de salud, pero no de los hospitales. El estado catastrófico. La infraestructura no pudo soportar el aluvión de pacientes”, opinó Ricardo Teijeiro, infectólogo del Hospital Pirovano y miembro de la Sociedad Argentina de Infectología, en diálogo con LA NACION.

Lucía y su perro Jujuba se sientan en la playa de Arpoador, en medio de la pandemia de coronavirus en Río de Janeiro, Brasil
Silvia Izquierdo


Lucía y su perro Jujuba se sientan en la playa de Arpoador, en medio de la pandemia de coronavirus en Río de Janeiro, Brasil (Silvia Izquierdo/)

En consonancia con Teijeiro, Rosa Reina, presidenta de la Sociedad de Terapias Intensivas advirtió que, si bien no faltaron insumos en la pandemia, la degradación de la infraestructura y de las condiciones de trabajo es un fenómeno de décadas que impactó directamente en el número de muertos en la Argentina.

“Acá el sistema no colapsó. Siempre hubo una cama o un respirador para atender a los pacientes. Pero el 30% de los pacientes que debía estar en terapia fue atendido fuera de la terapia, en otras salas [por el alto nivel de ocupación de las UTIs], lo que contribuyó agotamiento del personal de salud. Y eso afectó la mortalidad,” dijo Reina, en diálogo con LA NACION.

En esa línea un estudio de la SATI sobre el comportamiento de las terapias intensivas argentinas en la primera ola de coronavirus publicado la prestigiosa revista The Lancet, en julio pasado, fue contundente. “Creemos que el aumento de la mortalidad a lo largo del tiempo [de abril a octubre de 2020] refleja el profundo estrés que la pandemia impuso sobre el sistema de salud, que neutralizó los beneficios de haber aprendido cómo tratar el Covid-19. Pese a que el sistema no colapsó, la menor calidad de cuidado puede haber ocurrido por el sostenido estrés al que estaba expuesto el personal de salud”, estimó el estudio.

La Argentina no fue el único país en el que la pandemia desnudó los problemas crónicos de deterioro, subfinanciación y desigualdad del sistema de salud. En Ecuador y Perú, los hospitales se saturaron y los insumos faltaron al punto de que el oxígeno se transformó en un commodity cuyo precio subía hora a hora. En Brasil, mientras San Pablo triplicaba sus camas críticas, el gobierno de Amazonas luchaba por trasladar sus pacientes más graves a la capital, Manaos, única ciudad del estado con unidades de terapia intensiva.

El presidente de Brasil Jair Bolsonaro se coloca nuevamente su mascarilla después de hablar durante la 76ta sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas, el martes 21 de septiembre de 2021, en Nueva York
El presidente de Brasil Jair Bolsonaro se coloca nuevamente su mascarilla después de hablar durante la 76ta sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas, el martes 21 de septiembre de 2021, en Nueva York


El presidente de Brasil Jair Bolsonaro se coloca nuevamente su mascarilla después de hablar durante la 76ta sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas, el martes 21 de septiembre de 2021, en Nueva York

“Son muchos los factores que explican el caudal de muertos en Brasil. Fundamentalmente es un país grande y heterogéneo y los hospitales están concentrados en el 6% de los municipios del país. La pandemia empezó en las grandes ciudades y después se trasladó al interior, donde se topó con muchos menos recursos sanitarios”, dijo Carlos Machado de Freitas, investigador de la Escuela de Salud Pública de la brasileña Fundación Fiocruz, en diálogo con LA NACION.

3. La fuerza de la segunda ola

Machado está terminando un libro en el que examina las gestiones de la pandemia en Estados Unidos, Canadá, Brasil y la Argentina y, advirtió, hay un factor determinante en su país, que tiene su paralelismo argentino. “Faltó planificación durante la pandemia. El país no se preparó para la segunda ola”, dijo.

Pese a que algunas naciones asiáticas ya tenían experiencia, ningún gobierno estaba del todo preparado cuando la pandemia irrumpió a principios de 2020 y todos fueron aprendiendo sobre la marcha, algunos más y otros menos. Como sucedió con la primera ola, las naciones sudamericanas tuvieron un anticipo de cómo sería el segundo capítulo del coronavirus con la experiencia europea.

La segunda ola europea y norteamericana se insinuó en noviembre de 2020 y creció en los meses siguientes, mientras América del sur vivía un “veranito” de la pandemia. Pero como sucedió con Brasil, ningún otro país de la región aprendió mucho de la segunda experiencia de Europa y Estados Unidos. La segunda ola en la región llegó con más virulencia y con más mortalidad.

“En Brasil, muchos epidemiólogos creen que la mitad de las muertes podrían haberse evitado”, dijo a LA NACION Christovam Barcellos, también investigador de la Fundación Fiocruz.

Una bandera brasileña cuelga de un tender en la playa de Copacabana en medio de pañuelos blancos que representan a las personas que han muerto por Covid-19, el viernes 8 de octubre de 2021, en Río de Janeiro
Una bandera brasileña cuelga de un tender en la playa de Copacabana en medio de pañuelos blancos que representan a las personas que han muerto por Covid-19, el viernes 8 de octubre de 2021, en Río de Janeiro


Una bandera brasileña cuelga de un tender en la playa de Copacabana en medio de pañuelos blancos que representan a las personas que han muerto por Covid-19, el viernes 8 de octubre de 2021, en Río de Janeiro

Para Machado, una mayor previsión gubernamental para la segunda ola podría haber derivado en una “mejor estrategia de vigilancia, más medidas de apoyo social y económico y más inversión en atención primaria, que hubiese evitado tantas internaciones”.

En la Argentina, la falta de previsión también fue considerable y tuvo fuertes consecuencias. El mal cálculo y la opacidad en la adquisición de vacunas y la falta de anticipación de un rebrote en el presupuesto 2021, entre otras cosas, contribuyeron a que el país llegara a la segunda ola con bajísima tasa de vacunación y con escasos recursos económicos para consolidar la ayuda social y reducir la movilidad.

Como sucedió en todos los países de América del sur, la Argentina tuvo entre marzo y junio su período de mayor mortalidad, con cifras diarias de muertos que estremecieron al país. Y también como ocurrió con los vecinos del subcontinente, otros dos factores contribuyeron a que esa mortalidad fuera tan aguda.

“La altísima tasa de contagios y de muertes en la región muy seguramente se debe a que se sobrestimó la eficacia de las cuarentenas y eso contribuyó a la indisciplina social que no se sujetó a las normas que hoy sí sabemos que sirven, como el distanciamiento y los cubrebocas”, opinó Diego Rosselli, médico y profesor de la Universidad Javeriana de Colombia, en diálogo con LA NACION.

En 2020, Colombia, Perú y la Argentina tuvieron los confinamientos más largos, algunos de hasta siete meses. El encierro –y todo lo que él implicaba, desde falta de clases hasta desempleo y depresión- marcó a fuego a las sociedades y las rebeló justo cuando lo peor de la pandemia se acercaba.

El hartazgo y la necesidad de recuperar la vida económica emergieron con fuerza a principios de año, cuando las variantes más peligrosas del virus, la Alpha y la Gamma, rondaban la región. Ansiedad y cansancio se toparon con virulencia y la mezcla fue fatal.

“El aumento de la transmisibilidad y el consecuente aumento del número de casos graves en 2021 hicieron que, durante la nueva ola, murieran personas que, en principio, no estaban expuestas al riesgo de muerte por no tener comorbilidades o enfermedades crónicas. Así en los primeros meses de este año las muertes de menores de 60 se multiplicaron”, advirtió el informe de la OPS y la Cepal, la semana pasada.

Aún en vilo por el Covid-19, Estados Unidos, Gran Bretaña, China y la Unión Europea enfrentan rebrotes de contagios aunque no de muertes y empiezan ya a prepararse para futuras pandemias. Todos sus gobiernos crearon grupos de trabajo o agencia para blindar a sus sociedades de futuras pandemias. La región ya tuvo otras pandemias, y como sucedió con la primera ola, mucho no aprendió.

“En 2009, con el H1N1 [gripe A] estuvimos saturados por algunos meses. En ese momento pensamos que era lo peor que nos podía pasar. Y alertamos al gobierno sobre la necesidad de estar preparados para algo similar”, recordó Reina, de la SATI.

Llegó 2020 y el coronavirus y la pesadilla se repitió potenciada, con la misma imprevisión y los mismos fallos. Tal vez después de la segunda ola y su atroz caudal de muertos sea hora de que la región tome nota.

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