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Un problema que parecía no tener solución y un atajo inesperado

·7  min de lectura

Por razones que sería largo (e innecesario) explicar, en casa tenemos dos conexiones con internet. Dos conexiones independientes. Cada una con su router. No pregunten.

La cosa es que, para no meterme en complicaciones que, francamente, me robarían un tiempo del que no dispongo, notebooks y teléfonos escogen automáticamente la conexión más adecuada de acuerdo con la parte de la casa en la que se encuentren. Puesto que el ancho de banda se comparte y puesto que algunas personas tienen el (mal) hábito de acaparar los megabits por segundo, tener dos conexiones es un negocio justo. El printer inalámbrico está conectado a una de las dos redes, y aunque también esto podría simplificarse, alcanza con cambiar a esa red para imprimir. Tengo proyectado automatizar esta nimiedad el fin de semana. Ya les contaré, si amerita.

En resumen, hay dos antenas wifi aquí. Y todo marcharía suavemente y sin tropiezos, si no fuera por Android, que por mucho que lo configures para que cambie a datos cuando no hay una buena calidad de internet en los hotspots wifi, de todos modos persiste, insiste y se empeña en mantenerse conectado a wifi, aunque la señal sea bajísima, en lugar de cambiar a datos. Tiene sentido, porque 4G es medido y demás.

Pero, por este motivo, empecé a experimentar –hace ya bastante– una situación disparatada. Al entrar en mi estudio, donde está uno de los routers, mi teléfono quedaba enganchado al router del otro piso, con media rayita de señal. Se encontraba literalmente al lado de una señal perfecta, pero Android se obcecaba en seguir colgado al router lejano.

Pensaba: si esta cosa aprendiera a soltar (¿no dicen que hay que aprender a soltar?), se conectaría a 4G, enseguida vería que hay un buena señal de wifi y volvería a conectarse, esta vez al router correcto. Pero no.

Durante un tiempo, y echándole la culpa a mi Android (un Gran Reserva de 2016; versión 8, para ser exactos), me contenté con apagar wifi y volverlo a encender. Es decir, hacía a mano lo que debería hacer de forma autónoma el sistema operativo. Hay que decir, en defensa de sus desarrolladores, que el juicio “baja señal” es bastante subjetivo. A mi estudio llega algo de señal del router del piso de abajo, por lo que para otro usuario el estar pasando a 4G podría resultar en este mismo escenario un gasto innecesario. También es verdad que para eso hay un interruptor en los Ajustes. En fin. Me fui arreglando, con varias decenas de millones de cosas más importantes de las que ocuparme antes, hasta que cambié a un teléfono con Android 11. Supuse (mal), que mi calvario se terminaría con eso.

No. Ni cerca. Exactamente como en la versión de 2016, este Android seguía sin aprender a soltar. Incluso al lado (pero de verdad al lado) de un router wifi, insistía, persistía y se empeñaba en seguir conectado al del piso de abajo.

Con los años uno aprende un montón de cosas útiles. La más útil de todas es la de que difícilmente sos el único al que le pasa algo. Así que busqué una app que rastreara una mejor señal wifi y, en caso de encontrarla, forzara al teléfono a soltar la otra. Encontré una llamada Best WiFi, de Pintac, que al principio parecía estar haciendo exactamente lo que prometía, pero luego, vaya a saber uno por qué, tiraba la toalla. Le di un par de semanas, para ver si el desarrollador la corregía, porque otros usuarios se quejaban de lo mismo. Es decir, que la app funcionaba un tiempo, y después ya no.

Pero Best Wi-Fi siguió igual, y, por lo tanto, tuve que volver a apagar y encender wifi en el smartphone toda vez que me sentaba a trabajar, lo que era incómodo y además un oprobio. Una de las reglas fundamentales de la computación es que si estás ejecutando una tarea repetitiva a mano, entonces estás haciendo las cosas mal.

Me encontraba en eso, evaluando el crear mi propia app para esto, cuando una tarde ocurrió algo inesperado: me puse a ordenar. Así, encontré, traspapelado en mi mesa de trabajo, un sobrecito con etiquetas NFC que me me había mandado la gente de TagStand hace más de ocho años. Sé lo que están pensando, y fue exactamente lo que pasó por mi cabeza.

Dejé lo que estaba haciendo, saqué una etiqueta, la programé y, ¡magia!, había resuelto el problema. Solo que lo había resuelto con una torpeza vergonzante. Para entender la situación, unas líneas sobre estas etiquetas. Como saben, los teléfonos tienen desde hace bastante tiempo capacidad NFC (por Near Field Communication). Es lo que usamos para pagar acercando el smartphone a un lector, por ejemplo. Las NFC son un tipo de etiqueta RFID, pero de muy corto alcance. O sea, prácticamente hay que tocar la etiqueta con el teléfono para que la lea (eso está bien).

Lo bueno es que se puede bajar una aplicación como Trigger (y varias otras, en general gratis) para programar acciones que se pondrán en marcha cuando acerquemos el celular a la etiqueta. Así que la solución era (aparentemente) bastante sencilla. Si programaba una etiqueta para que conmutara el estado de wifi, lograría el mismo efecto que apagando y volviendo a encender wifi a mano. Solo tendría que pasar dos veces el teléfono por la etiqueta.

Funcionó impecablemente. Solo que a la tercera o cuarta vez que me encontré pasando el celular dos veces por la etiqueta me dije: “¿En serio, Torres?” Los viejos hábitos se resisten a desaparecer, se sabe. Si tenía que pasar el smartphone dos veces sobre la etiqueta NFC, ¿por qué no programar dos veces seguidas la tarea de conmutar wifi? Después de todo, Android solo necesita que se encienda wifi para detectar la mejor señal disponible.

Así que abrí de nuevo la app, y agregué otra tarea exactamente igual. O sea que el teléfono, que normalmente tiene wifi encendido, conmutaría una vez, apagando wifi, y luego volvería a conmutar, encendiéndolo. No tendría que pasar dos veces el teléfono sobre la etiqueta y, teóricamente, quedaría conectado al router de mi estudio.

Previsiblemente, funcionó y ahora, toda vez que Android se resiste a soltar el router lejano (no, claro que esto nunca es completamente uniforme), basta que acerque el teléfono a la etiqueta, que es autoadhesiva y está pegada bien a mano, para conectarme al router más potente. En la Argentina, obviamente, se consiguen etiquetas NFC. Las encontré en MercadoLibre y hablé por teléfono también con una empresa local que las comercializa, llamada TangoID, donde no solo me atendieron enseguida (eso es más bien raro), sino que además me dieron toda la información que les pedí, sin dar vueltas; ojalá fuera siempre así. La cantidad de cosas que pueden automatizarse con estas etiquetas NFC es realmente notable y por lo tanto vale la pena que pruebes alguna de las apps que hay para Android y revises las posibles aplicaciones. Por ahí te llevás una sorpresa.

Actualización interesante (e importante, si usás un Samsung). Los teléfonos de esta compañía surcoreana tiene una app de fábrica llamada Bixby Routines. Mi amigo Daniel Labaig (@nanilabaig en Twitter) me sugirió que probara estas rutinas para resolver el problema, y también funcionó. En total, esto significa dos cosas, como mínimo. Primero, que si estas experimentando un escenario parecido al que cuento arriba y tenés un Samsung, podés resolverlo sin usar una etiqueta NFC; y no hace falta loguearse a una cuenta de Samsung, dato sensible para los somos muy cuidadosos con nuestra privacidad. Segundo, que claramente el desconectarse de una red con poca señal debería ser una función nativa del sistema operativo. Dicho sea de paso, Bixby Routines incluye una app para escribir etiquetas NFC.

A propósito, la rutina Bixby que programé es muy simple: si la señal de wifi es de 2 rayitas o menos entonces desactivar wifi. La rutina detecta la mala señal, pasa a datos, inmediatamente detecta una señal mejor y vuelve a activar wifi.

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