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Represalia: las armas de China para atacar a Trump en la guerra comercial

Adrián Foncillas

PEKÍN.- La suba arancelaria contra productos norteamericanos aprobada por China la semana pasada fue descrita en los titulares globales como otro desafío en la dinámica bélica del ojo por ojo. Un análisis más atento de las cifras y el momento sugiere que al régimen solo lo desvelaba su reputación. Sus tasas cubrirán productos estadounidenses por valor de 60.000 millones de dólares, menos de un tercio que los 200.000 millones de dólares que sufrirán los chinos tras la misma medida que había aprobado días antes el gobierno de Donald Trump.

El anuncio de Pekín llegó en horas intempestivas, entrada ya la noche, porque minutos antes Trump la había conminado desde Twitter a no hacerlo si no quería incrementar su sufrimiento. Así que a Pekín no le quedó más remedio que tomar represalias para que el mundo y su pueblo no percibieran la cobardía. Es difícil pensar que al mandatario republicano se le escapara un razonamiento tan pedestre.

La Casa Blanca declaró la guerra comercial y la semana pasada arruinó la tregua que ya se celebraba, al alegar un presunto incumplimiento de compromisos que China niega. Pekín va a remolque de las embestidas estadounidenses usando la mínima fuerza, porque aún confía en un acuerdo cada día más quimérico. Fracasaron 11 rondas de conversaciones, no hay planes para la duodécima y las relaciones están tan degradadas que ni siquiera se confía en que la química personal entre Xi Jinping y Trump aceite un acuerdo cuando se encuentren el mes próximo en la Cumbre del G-20, en Japón.

"Todo sugiere que China pretende seguir negociando. Eso no significa que esté preparada para grandes concesiones ni que el acuerdo sea probable, pero sería más preocupante que hubiera contestado con sanciones más severas", señaló a la nacion Scott Kennedy, sinólogo del Centro de Estudios Internacionales Estratégicos. El viento, sin embargo, podría estar a punto de cambiar.

La prensa oficial sirve de termómetro. Durante los meses de negociaciones previas frenó el nacionalismo, censuró las diatribas contra Estados Unidos y describió un horizonte de colaboración. Pero ahora los editorialistas cabalgan sin bridas. El primer disparo llegó desde el noticiero más visto de la televisión pública. El presentador, con semblante solemne, prometió que China "luchará hasta el fin".

"Durante 5000 años, ¿qué clase de batalla no vimos?", se preguntaba. "La caja de herramientas está lista para una respuesta completa", advirtió.

Las alusiones a las "fricciones comerciales" fueron sustituidas por las de "guerra comercial", mientras asocian la ofensiva comercial estadounidense con el doloroso colonialismo que esquilmó al país en el pasado y se prepara a la población para una larga batalla.

"Si Estados Unidos cree que conseguirá sus objetivos con este matonismo, subestima la determinación de los chinos en la defensa de sus intereses", señaló la agencia oficial Xinhua. El diario ultranacionalista Global Times, al que se veía frustrado por la orden de contención, ya sacó los tambores. "Es todo el país y la gente los que han sido intimidados, y esto va a ser una verdadera guerra del pueblo", tronó su editor, Hu Xijin.

Tras la última suba de aranceles dispuesta por el republicano, el régimen de Xi podría apuntar sus cañones a empresas norteamericanas e, incluso, a la masiva deuda de EE.UU.

Por las redes circula un meme con la bandera china de fondo en el que se lee: "Negociar, seguro. Luchar, en cualquier momento. Intimidarnos, ni en sueños". Otros ridiculizan a Trump como un chico mimado y se hizo célebre el cartel de un restaurante que cobra un 25% adicional a los estadounidenses y dirige cualquier duda a su embajada. Las esperanzas de tregua quedaron dinamitadas con la reciente disposición de Trump que penaliza a Huawei en el mercado norteamericano. La medida fue descrita por los expertos como un arma nuclear porque ataca a la multinacional en la que Pekín confía para asaltar la primacía tecnológica global.

La prohibición a las compañías norteamericanas de venderle chips y semiconductores que necesita supone un problema mayúsculo para la compañía de Shenzhen, y también indica hasta dónde está dispuesto a llegar Trump: castiga a sus tecnológicas (Huawei destina un tercio de su presupuesto anual de 11.000 millones de dólares a comprar componentes estadounidenses) y retrasará la expansión de las redes 5G en todo el mundo.

El ataque revela que Trump no se conforma con las escaramuzas arancelarias para mitigar el desequilibrio de la balanza comercial, sino que pretende frenar el auge de China. La guerra actual es una metáfora de esos momentos históricos en los que en el mundo confluyen una potencia declinante con otra pujante y que son definidos como la trampa de Tucídides.

Los analistas debaten qué armas utilizará China para contraatacar. La guerra arancelaria beneficia a Washington por la misma razón que una campaña de agobio a las empresas extranjeras favorecería a Pekín: las norteamericanas venden en el gigante asiático 200.000 millones de dólares más que las empresas chinas en Estados Unidos. A Pekín se le multiplican las opciones entre gigantes como General Motors, Apple o Starbucks, que cuadran sus balances anuales gracias a su mercado. En el aire está el centenar de aviones Boeing por un valor de 10.000 millones de dólares que China encargó para satisfacer a Trump antes de que volaran las cachetadas.

Hay otras presiones más sutiles que siguen una liturgia conocida: bastan un par de editoriales para inflar las velas del nacionalismo y que la población se entregue con entusiasmo al boicot. También el estricto cumplimiento de la burocracia y las leyes chinas puede hundirlas: visados, inspecciones de seguridad laboral, impuestos, retrasos en aduanas?

Solo en una guerra abierta se contemplan dos medidas radicales. Pekín podría desembarazarse de la masiva deuda estadounidense que la convierte en su banquero. Aunque redujo sus reservas en los últimos años, conserva aún 1,2 billones de dólares. Soltarla lanzaría a la economía estadounidense a la recesión, pero China se quedaría sin el valor más seguro del mercado. También podría devaluar el yuan para neutralizar el aumento de las tasas a sus exportaciones. Pero una caída brusca también aumentaría el precio de las materias primas que China importa y el país aún recuerda la fuga de capitales que espoleó la devaluación de 2016.

Stanley Rosen, profesor de Ciencias Políticas en el Instituto Estados Unidos-China de la Universidad de Carolina del Sur, estima que Pekín responderá con cautela. "Saben que Trump es impredecible y está rodeado de asesores deseando un contraataque para decirle que ya le habían advertido que no podía confiar en China", sostiene.

Pekín se enfrenta a un dilema: seguir con la paciencia confuciana esperando un acuerdo utópico o entrar en la guerra sin concesiones que le propone Trump. De su decisión depende no solo la salud de sus relaciones bilaterales, sino la de la economía global.

Las claves del conflicto

419.000

Millones de dólares

Fue el déficit comercial de EE.UU. con China en 2018; Washington importó bienes por US$539.000 millones, contra US$120.000 millones en sentido contrario

20.749

Millones de dólares

Fue el déficit comercial de EE.UU. en marzo pasado, todavía alto, pero con una baja del 19,8% con respecto al mismo mes del año pasado, resultado de la ofensiva arancelaria

25%

De aranceles

En medio de una escalada, Washington subió este mes los aranceles del 10% al 25% a miles de bienes chinos; Pekín respondió con la misma cifra a productos norteamericanos

Acusación

Trump considera desde siempre inaceptable el altísimo déficit con el gigante asiático y lo atribuye a prácticas desleales de Pekín en contra de las empresas norteamericanas, como el robo de tecnología

Respuesta

Por su parte, China asegura que EE.UU. desató la guerra comercial como medio para detener su sostenido ascenso como potencia económica global

Efectos

La lucha entre los dos colosos tiene en vilo a los mercados y es una de las principales causas de la ralentización del crecimiento mundial registrada el año pasado