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Los rusos que evaden el reclutamiento del servicio militar encuentran un insólito refugio

Hombres que huyeron de Rusia participando en un juego de mesa en un hostal de Biskek, Kirguistán, el domingo 2 de octubre de 2022. (Sergey Ponomarev/The New York Times)
Hombres que huyeron de Rusia participando en un juego de mesa en un hostal de Biskek, Kirguistán, el domingo 2 de octubre de 2022. (Sergey Ponomarev/The New York Times)

BISKEK, Kirguistán — Las rentas están subiendo de una manera exorbitante, los hoteles de lujo y los hostales mugrientos están a reventar y en las polvorientas y soleadas calles de Biskek, la capital de Kirguistán, grupos de jóvenes migrantes, casi todos varones, deambulan sin rumbo, desorientados ante los cambios radicales de su entorno y en un exilio apresurado y autoimpuesto en un país remoto y pobre que, antes de eso, pocos ubicaban en el mapa.

Después de dejar en Moscú, en Vladivostok, Rusia, y en muchos lugares intermedios, a sus familias y sus empleos, bien remunerados en general, decenas de miles de jóvenes rusos —aterrados por la posibilidad de que los lleven a combatir en Ucrania— están llegando a raudales a Asia central en avión, automóvil y bús.

Esta afluencia ha convertido a un país que por mucho tiempo fue despreciado por Rusia, que lo consideraba fuente de mano de obra barata y, por su mentalidad retrógrada, en un refugio insólito y, en general, hospitalario para los rusos, algunos de ellos pobres, muchos relativamente pudientes y con alta escolaridad, pero todos unidos por un deseo apremiante de no ser involucrados en la guerra del presidente ruso Vladimir Putin con Ucrania.

“Todos los días miro el cielo despejado y doy gracias de estar aquí”, comentó Denis, un organizador de eventos de Moscú que el viernes se sumó a los grupos de compatriotas rusos que se reunieron en un bar de Biskek para festejar su evasión e intercambiar consejos sobre los lugares en donde dormir, obtener los documentos de residencia kirguís y encontrar trabajo.

La reunión del viernes en la noche, organizada para celebrar la fundación de una nueva “comunidad rusa”, fue solo una parte de un gran éxodo de rusos a Asia central, Armenia, Georgia, Turquía y una lista menguante de otros lugares que siguen estando dispuestos a acogerlos durante lo que ha llegado a ser la oleada más concentrada de migrantes de su país desde la Revolución Bolchevique de 1917.

El éxodo comenzó en febrero, cuando cientos de miles de personas salieron después de que Rusia invadió Ucrania, pero se ha acelerado desde el 21 de septiembre, cuando Putin declaró una “movilización parcial” como reacción a las derrotas en el campo de batalla. En los cuatro días posteriores, según informó el diario ruso independiente Novaya Gazeta, se calculaba que habían salido 261.000 varones en edad de servicio militar. Desde entonces, han huido otras decenas de miles.

La caótica prisa por salir le ha dado un giro al modo que casi siempre adopta una crisis de refugiados en tiempos de guerra: a diferencia de millones de mujeres y niños ucranianos que han huido a Polonia y a otros países europeos, estos hombres rusos no están escapando de un ejército invasor, sino de servir en él. Tampoco se apegan al estereotipo que tienen los migrantes de personas desposeídas que intentan escapar de países en desarrollo.

Yuri, un artista siberiano de 36 años, trabaja en su computadora portátil sobre la litera que ocupa en un hostal de Biskek, Kirguistán, el viernes 30 de septiembre de 2022. (Sergey Ponomarev/The New York Times)
Yuri, un artista siberiano de 36 años, trabaja en su computadora portátil sobre la litera que ocupa en un hostal de Biskek, Kirguistán, el viernes 30 de septiembre de 2022. (Sergey Ponomarev/The New York Times)

Aunque el viernes Putin presumió en el Kremlin que su guerra le había dado a Rusia millones de nuevos ciudadanos tomados de Ucrania, el conflicto está haciendo que sus verdaderos ciudadanos se angustien y huyan.

“Cuando todo esto comenzó, creímos que solo iba a afectar a los soldados profesionales y a sus familias, pero con la movilización, nos ha perjudicado a todos”, señaló Alexander, un estudiante universitario de 23 años del lejano oriente de Rusia. También mencionó que quedarse en Rusia implicaría “ir a prisión o al ejército”.

En el bar de Biskek, nadie parecía tomar en serio el último anuncio de Putin de que iba a anexar cuatro regiones de Ucrania con la promesa de que, de ahora en adelante, los ucranianos que viven ahí serían rusos “para siempre”.

“Se la pasa mintiendo”, comentó Yuri, un artista siberiano de 36 años. Antes de iniciar su trayecto de tres días en tren y autobús hacia Biskek la semana pasada, Yuri tenía un pequeño negocio donde diseñaba las portadas de los álbumes de una banda estadounidense de rock pesado y hacía diseños para otros clientes extranjeros. Ahora, duerme en la litera superior del cuarto de un abarrotado hostal que comparte con otras diecinueve personas, muchas de ellas rusas.

“Al menos aquí me siento seguro”, añadió Yuri, que al igual que la mayoría de los rusos entrevistados, pidió que, por temor a represalias, solo se publicara su nombre de pila.

El hecho de que tal cantidad de rusos tardaran tanto en comenzar a preocuparse acerca de la guerra en Ucrania ha indignado a los ucranianos, quienes han resistido siete meses de sufrimiento y derramamiento de sangre. Ni siquiera ahora, los rusos que huyeron hablan mucho de la guerra, sino que se concentran en sus propias penurias relacionadas con vivienda, dinero y costumbres desconocidas.

Tras décadas de ser tratados como los primos pobres y desesperados de Rusia, muchos kirguises, entre ellos el presidente del país, Sadyr Zhaparov, están contentos de ver que ahora las cosas son al revés.

“Esto es algo muy nuevo para nosotros”, señaló Zhaparov en una entrevista. Al destacar que más de un millón de kirguises trabajaban en Rusia, añadió que “desde luego que sus ciudadanos pueden venir y trabajar aquí sin problema” y no tienen que preocuparse de ser extraditados a su país.

Comentó que no sabe cuántos evasores del servicio militar habían llegado, pero explicó que la afluencia ayudaría al país, incluso si esto hace que aumenten las rentas y provoca que algunos caseros expulsen a sus inquilinos kirguises con tal de ofrecerles el lugar a los rusos que están dispuestos a pagar el doble, el triple o más.

“No vemos ningún daño y sí muchas ventajas”, afirmó.

A diferencia de la crisis de migrantes sirios, afganos y de otros países que surgió en Europa en 2015, muchos de los rusos que buscan refugio en Kirguistán poseen una alta escolaridad y tenían buenos empleos en su país, por lo general en las áreas de tecnología o cultura.

Desde hace mucho, a Kirguistán y otros países de Asia central les preocupa que los refugiados de Afganistán, un país cercano, entren a raudales, pero según Yan Matusevich, un académico estadounidense nacido en Rusia que investiga sobre la migración en Biskek, “nadie, ni en sus sueños más locos, esperaba una oleada de refugiados rusos”.

En Osh, la segunda ciudad más grande de Kirguistán, Dinara, una mujer kirguís, publicó su número telefónico en internet y ofreció albergue en su hogar para los rusos sin recibir dinero. “Me encantará ayudarles. No hay que pagar nada y las comidas están incluidas”, escribió, aunque esa generosidad está disminuyendo conforme llegan más rusos.

Esta bienvenida ha hecho que algunos rusos que llegan reconsideren la imagen propia que tiene su país como una generosa fuerza civilizadora superior a zonas menos desarrolladas de la antigua Unión Soviética.

“Venir aquí y ser aceptados por los kirguises es una vacuna contra el imperialismo después de la manera en que ellos han sido tratados en Moscú, ni hablar de otras ciudades”, comentó Vasily Sonkin, un moscovita de 32 años, al referirse a más del diez por ciento de la población de Kirguistán que trabaja en Rusia, la mayor parte en trabajos no calificados que a menudo son objeto de prejuicios.

Ermek Myrzabekov, el propietario de una agencia de viajes de Biskek y presidente de la asociación de turismo de Kirguistán, mencionó que había recibido una gran cantidad de solicitudes de empresas que buscaban un lugar en Asia central para instalar a sus empleados varones rusos. Esta oleada, añadió, implicaba “ganancias extraordinarias” para la hotelería y las aerolíneas, pero también planteaba el riesgo de que surgieran tensiones si más familias kirguises con niños eran expulsadas para darles el lugar a los rusos.

Myrzabekov explicó que los hoteles de Biskek y Osh tenían “una ocupación del 100 por ciento”, circunstancia que él esperaba que continuara después del discurso belicoso que Putin pronunció el viernes.

“Todos pueden ver que Putin ya ha ido demasiado lejos y no puede dar marcha atrás. Los rusos se quedarán aquí por mucho tiempo”, pronosticó.

© 2022 The New York Times Company