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Selección argentina en el Mundial Qatar 2022: Carácter, seguridad en sí misma y la pelota, los ingredientes de un equipo que recuperó la brújula, el juego y el optimismo

Todos los abrazos son para Julián Álvarez, autor del 2-0 definitivo; la Argentina recuperó la confianza
Todos los abrazos son para Julián Álvarez, autor del 2-0 definitivo; la Argentina recuperó la confianza - Créditos: @Aníbal Greco

El fútbol tiene estas cosas. Apenas una semana después de un golpe muy duro y de preguntarnos en qué lugar de la geografía mundial se había extraviado esa selección que despierta ilusiones podemos volver al punto de partida con la sonrisa ancha y la esperanza en crecimiento. Argentina ofreció por fin 90 minutos completos de ese funcionamiento que tanto se le ha elogiado durante el último año y medio, y esta vez el platillo positivo de la balanza se cargó prácticamente con todas las fichas disponibles.

Es verdad, y conviene mencionarlo de entrada. Enfrente hubo un rival triste, inexpresivo y sin recursos, representante de un fútbol que está en extinción. Y no se trata de una cuestión ideológico-futbolística, sino de una constatación de la realidad: hasta los equipos más débiles han enriquecido su juego. No es el caso de Polonia.

Pero aunque el conjunto que lidera el “pobre” Robert Lewandowski sea el más limitado entre los que conforman la segunda o tercera línea europea, también hay que saber superarlo, y es en ese punto, el que de verdad nos interesa, donde hay que empezar a sumar las virtudes de Argentina.

Lo mejor del partido

Hubo, por fortuna, muchos puntos altos, aunque quizás el fundamental sea el que se convirtió en principal tema de conversación a partir del inesperado tropiezo ante Arabia. Las sensaciones también son un componente del deporte de alta competición, y desde que pisó la cancha la selección ofreció una imagen de absoluta seguridad sobre cuál iba a ser el destino del partido y a medida que pasaron los minutos acabó disipando cualquier duda sobre la fortaleza mental del conjunto. Más aún en los momentos posteriores al fallo de Lionel Messi en el penal. Todos quisieron la pelota, tocar, triangular, moverse. En definitiva, jugar. El carácter fue el respaldo del equipo para energizarse y seguir como si nada hubiera sucedido o supiese de antemano que ponerse en ventaja solo era cuestión de tiempo, que el gol llegaría por decantación.

Todo lo demás se fue agregando a partir de esa convicción inicial, y fue muy bueno. El fútbol tiene varias velocidades, a veces es conveniente un pase hacia atrás en lugar de otro hacia adelante y la clave está en entender cuándo acelerar y cuándo no. Argentina lo supo en todo momento y se movió con la paciencia y la calma imprescindibles para lograr que la defensa de nueve hombres más uno que opuso Polonia terminara por desacomodarse.

Lionel Scaloni, entrenador de una selección argentina que mejoró notoriamente
Lionel Scaloni, entrenador de una selección argentina que mejoró notoriamente - Créditos: @Aníbal Greco

El equipo esta vez supo mover la pelota con velocidad y ritmo de juego, distribuida a placer por un Enzo Fernández que confirmó todo lo positivo que había mostrado ante México. Hubo muchos pases entre líneas, se aprovechó todo el ancho de la cancha para encontrar la profundidad, los dos laterales se acoplaron mejor que en los encuentros anteriores, y así la circulación de un lado a otro del campo fue encontrando casi con naturalidad el instante para acelerar y lastimar la defensa contraria. Hubo además un importante valor añadido: el criterio y la seguridad en el traslado de la pelota -aunque por momentos pareciera lento- hizo que las pérdidas fueran muy escasas lo cual impidió la exposición a un contraataque que nunca superó el nivel de amenaza.

Por supuesto, las actuaciones individuales estuvieron a tono del desempeño colectivo. No hubo puntos bajos en el equipo. Fue tan precisa la tarea de Cristian Romero y Nicolás Otamendi para anular a Lewandowski como la de Julián Álvarez rotando por todo el frente de ataque. El delantero del Manchester City estuvo siempre al acecho para capitalizar las mínimas ventajas que las acciones de los volantes iban acumulando a través de la secuencia de pases. Fue soberbio el segundo tiempo de Alexis Mac Allister, posicionándose como delantero, pendiente de la evolución de la jugada para pisar el área sabiendo que hasta tres cuartos de cancha el ataque iba estar más o menos hilvanado; y voluntarioso el trabajo de Ángel Di María buscando permanentemente el cambio de ritmo.

Gol de Alexis Mac Allister; el volante del Brighton tuvo un segundo tiempo formidable
Gol de Alexis Mac Allister; el volante del Brighton tuvo un segundo tiempo formidable - Créditos: @Aníbal Greco

El solo hecho de no haber mencionado hasta aquí a Messi ya habla muy bien del equipo. El 10 se fue inspirando de a poco y terminó haciéndose dueño de la tenencia de la pelota con toques cortos y apoyos constantes, pero que no exista una dependencia exclusiva de su magia, como ocurrió frente a los aztecas, es otra de las saludables noticias que dejó el partido.

Ahora comienza otra historia. El triunfo, la clasificación, pero sobre todo el juego destierran de la memoria aquel estreno fallido, permiten unos días de disfrute y disparan el optimismo ante el futuro cercano. Espera Australia, un equipo rocoso, de categoría menor, pero con ambición y contundencia. Su victoria sobre Dinamarca es toda una credencial de riesgo.

Los partidos cambian, los rivales son todos complejos y no siempre las cosas ocurren tal como uno se las imagina. Pero pocas cosas robustecen más a un equipo que el poder de la confianza, y con ella a favor cabe esperar que la selección no vuelva a perder el norte. Argentina recuperó la ruta que la transformó en candidata: jugar alrededor de la pelota. No hay mejor receta para seguir alimentando la ilusión.