Sincerarse con el jefe antes de que se acabe el mundo

Algo salió mal con las profecías mayas porque pasamos sin susto el 21 de diciembre y ya estamos avanzando sobre 2013 como si nada. En esa fecha el portal Expansión.com lanzó una pregunta interesante: "¿Qué le diría a su jefe si hoy se acaba el mundo?

Cada vez que aparece una nueva versión del fin del mundo, sobrevuela la idea que si se tuviera la absoluta certeza de que tal hecho habrá de ocurrir, el mundo se convertiría en un caos, una especie de Sodoma y Gomorra planetaria. Las pasiones romperían los diques de contención, ya se trate de leyes, creencias religiosas u otra normativa que aseguraba la convivencia.

La cuestión laboral cobra más relevancia ahora que en aquel momento, cuando seguramente hubiéramos estado más preocupados por cómo sobrevivir al desastre. El jefe quedaría en un lugar muy relegado en el arco de las prioridades a atender y tiene más valor plantearse la pregunta hoy porque la vida continúa, sin pronóstico de cambios si nada se dice, o no se comparten las opiniones y necesidades de la relación con el superior jerárquico y viceversa.

Un apocalipsis parcial y, naturalmente, más pequeño, se produce cuando hay una desvinculación. Cuando se disuelve el vínculo contractual, ya no hay ataduras ni miedos para expresar lo que se siente verdaderamente. Una muestra intensa, dramática e inolvidable es una escena del film La tregua, cuando el actor interpretado por Walter Vidarte cae en la broma tejida por sus compañeros de trabajo, haciéndole creer que se había ganado la lotería. Lo primero que hace, sin que pudieran impedírselo a tiempo, es insultar de arriba a abajo a su gerente, soltando toda la bronca acumulada durante años. Se sintió libre, al no depender del trabajo, de decir lo que guardaba en su interior.

El pueblo maya ha propuesto hace miles de años, sin intención específica, un excelente recurso para el management de nuestros días. Podría instrumentarse de dos maneras, que pueden ser combinables y complementarias entre sí.

Una de ellas es que cada jefe desarrolle una lista de lo que cree que le dirán (o harán) los subordinados, sabiendo que después de determinado día la relación contractual deja de tener vigencia. Es necesario ejercitar una introspección profunda y sincera, sin edulcorantes.

La otra posibilidad es que cada subordinado anote todas las acciones que llevaría a cabo, en palabras o hechos, respecto de su jefe. Una tercera instancia, más arriesgada y útil, es intercambiar los papeles en forma anónima y comparar resultados. Habrá excesos, sin duda, como los de los cánticos de las canchas de fútbol -esa especie de encuesta de opinión salvaje y espontánea-, pero no hay que olvidar el punto de partida: el mundo se acaba y, ¿qué importa sincerarse?

Las relaciones de poder de unos sobre otros enturbian las posibilidades de comunicación. Lo "políticamente correcto" puede ser honestamente incorrecto, construyendo una trama farsesca en la que nadie cree de verdad. En este punto, las empresas reales pueden ser, en los hechos, virtuales.

Imaginarse la posibilidad del fin del mundo, por lo tanto, puede ser un recurso válido para iniciar nuevos diálogos. Valga decir, nuevos mundos.

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