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No tomar decisiones... es una mala decisión

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El aumento del gas pegó de lleno y la inflación de octubre fue de 2,4 %
Se demoró tanto la decisión de eliminar subsidios a la energía, que la forma desordenada de hacerlo generará afectando el poder de compra de algunas familias, sin que se resuelva el problema

Bienvenidos a este espacio al que llamaremos “La Argentina de las decisiones binarias e inevitables que se vienen en las próximas semanas”. Vendrán por decisión del Gobierno o por decisión del mercado. Y no esperemos un buen escenario, porque últimamente cuando las decisiones las toma el Gobierno estas no son muy convincentes, mientras que cuando las toma el mercado generalmente son bastantes vertiginosas.

Cuenta la historia que un día dos amigos se encontraron en el medio de la jungla. De repente se les apareció de frente un tigre mostrándoles sus colmillos. Uno de los amigos exclamó:

–Estamos en problemas, el tigre es más rápido que nosotros.

El otro amigo respondió:

–Ese no es el problema ahora “ex amigo”, el problema es quién es el más rápido de los dos.

Así estamos hoy en nuestro país, debatiendo alternativas binarias. La experiencia me enseñó que, cuando uno no toma decisiones cuando las debe tomar, y son las circunstancias o el mercado quien las toma por uno (generalmente, con resultados no deseados) el paso del tiempo potencia los efectos negativos y castiga la falta de coraje o la mala praxis a la hora de tomarlas. Veamos qué ocurre en casos bien concretos.

1. Tipo de cambio

Tuvimos el mejor semestre de exportaciones con la respectiva liquidación de divisas y, a pesar de tener todo tipo de restricciones para la demanda de dólares, resulta que no logramos incrementar las reservas (que se obtienen solo si entran más dólares de los que salen). ¿Por qué? Simplemente, porque al mantener subvaluado el dólar oficial se incentiva cada vez más a los importadores a aumentar sus stocks, ya sea para vender en el mercado local o para acumular mercadería ante la falta futura de la misma.

Quedan dos caminos que traerían serios daños colaterales: a) devaluar más el tipo de cambio oficial para desalentar importaciones, asumiendo el riesgo de mucha mayor inflación, o b) restringir más aún las importaciones, originando un desabastecimiento de suministros, incluso de energía –seis de cada diez insumos que necesitan las empresas hoy para funcionar son importados, sin que puedan ser sustituidos con el trabajo de la industria local– y, con ello, garantizar una recesión.

Esta decisión binaria es el resultado de la mala praxis de no haber decidido algo a tiempo. Fuimos tan lentos que el tigre nos está por alcanzar a nosotros. Una vez más hay muchas probabilidades de que el ajuste lo haga el mercado.

2. El alto déficit fiscal

El problema de tener un alto déficit fiscal es que nadie está dispuesto a financiarlo. Para poder hacerlo, el Gobierno emite deuda en pesos ajustada por inflación. Por el punto 1, los acreedores cada vez piden más tasa de interés. Por cada 100.000 pesos que toma prestado, la Argentina tiene que devolver 165.000 pesos en un año. O sea, la deuda en pesos se duplica cada año y medio y eso genera una presión extra sobre los precios de la economía y entre ellos, sobre el precio del dólar. Como resultado de la mala praxis por no haber arreglado la deuda a tiempo y abusar de los acreedores en la reprogramación del 2020, la deuda argentina cotiza al 25% de su valor –es la segunda más barata del mundo– y, aun así, no aparece un comprador. Fuimos tan lentos que el tigre ya nos está por alcanzar a nosotros.

Una vez más se incrementan las probabilidades de que el ajuste lo haga el mercado. Un dato a tener en cuenta es que en septiembre se concentra el mayor vencimiento de deuda del año.

3. Eliminación de subsidios

Era impostergable la quita de subsidios indiscriminados, pero demoramos tanto en tomar la decisión que la forma de hacerlo es tan desordenada que terminará afectando el poder de compra de aquellos que ganan más de $350.000, sin que se resuelva casi nada del atraso tarifario. Como resultado de la mala praxis, la suba de tarifas no servirá para incrementar las inversiones necesarias para garantizar el abastecimiento interno y, menos aún, para bajar los subsidios y, consecuentemente, el déficit fiscal. Fuimos tan lentos que el tigre ya nos está por alcanzar a nosotros.

4. La discusión por la vacuna

Perdimos tanto tiempo en discusiones ideológicas contra la vacuna fabricada por el laboratorio Pfizer, que el tigre agarró a muchos de nosotros. Al final fue la vacuna más aplicada. Callaron luego las justificaciones ideológicas, pero esa mala praxis nos costó varios puntos del producto bruto interno y, mucho más grave aún, la vida de muchas familias argentinas.

El Estado y sus colmillos

Mi punto, en la columna de esta semana, es que la dimensión del Estado argentino actual se comporta como el tigre de la jungla mostrando sus colmillos y nosotros, los ciudadanos, corremos esperando que agarre a otro, olvidándonos ya de si ese otro es nuestro amigo.

Con el discurso de sacarles a unos para darles a otros sin contemplar la historia, se corre un riesgo enorme, no para el presente, sino para la próxima generación. La estamos mal educando. Cuando uno va envejeciendo no hay nada más astuto, lógico, justo y conveniente que capacitar a la generación que sigue, para que tome la posta y pueda asistirnos con gratitud por el legado transmitido y no tratarnos con bronca por lo que le dejamos.

¿Quién tiene el derecho de llamar especulador a alguien que produce un activo y prefiere quedarse con éste como reserva de valor, ante la incertidumbre que producen los vaivenes políticos y económicos, y no llamar especulador a aquel que vive del dinero ajeno, direccionándolo a otros en busca de votos?

La única manera de salir de estas decisiones binarias, ya crónicas, es invertir en la educación de las nuevas generaciones, incentivándolas a entender que la plata se hace trabajando, y que ese trabajo es dignificado con ingresos que alcanzan para vivir con prosperidad.

El progreso se debería medir por la cantidad de ciudadanos que viven dignamente sin asistencia del Estado, o por la cantidad de empresas que nacen por año en una sociedad. Es imperioso bajar el déficit fiscal para bajar los impuestos que hoy hacen inviable al sector productivo, que siente que trabaja para el Estado y no para su propio crecimiento.

Antes de pagar impuestos deberíamos enseñarles a los más jóvenes a preguntarle a la AFIP: “Dígame, ¿cuánto de lo que gano le pertenece a usted y por qué? Justifique usted ahora cómo gasta el dinero de mi esfuerzo.”

Que alguien les explique por qué es “avaricia” querer disfrutar del dinero que se ha ganado lícitamente, pero no es avaricia querer tomar el dinero de otro sin hacer nada para producirlo.

¿Por qué debo pagar patente mensual por un auto en el que ya no me dejan transitar?

El economista, escritor y pensador Lawrence Reed explicó que Art Laffer (el que dio nombre a la curva de Laffer) no fue la primera persona que observó que los ingresos del gobierno aumentan cuando se reducen los impuestos. El erudito musulmán Ibn Jaldún (1332-1406) alertó sobre los incentivos humanos de una manera muy singular mucho antes. Expresó: “Hay que saber que, al principio de una dinastía (muchos años en el poder), los impuestos producen grandes ingresos a partir de pequeñas cuotas. Al final de la dinastía, los impuestos producen pequeños ingresos a partir de grandes gravámenes”.

El autor señala que las actitudes de los funcionarios cambian a medida que el gobierno envejece y crece. Al principio, se expresan con “amabilidad, reverencia, humildad, respeto por la propiedad de otras personas y desinterés por apropiarse de ella, salvo en raras ocasiones”. Los impuestos son bajos y, mientras se mantengan bajos, la sociedad prospera y los ingresos del gobierno aumentan. Pero, cuando ya llevan muchos años en el poder, para mantenerse se convierten en codiciosos buscando aumentar tanto el gasto para pagar voluntades como los impuestos para poder hacerlo.

No hay evidencia empírica de un sitio en el que los ciudadanos vivan bien con un Estado todopoderoso que desaliente la iniciativa privada. Es simple, o se reduce el nivel de déficit fiscal para poder bajar impuestos, o nos va a atrapar el tigre.

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