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Vivir con lo nuestro (incluso, con nuestras figuritas)

La falta de figuritas del Mundial en la Argentina se convirtió en un tema de conversación cotidiana, y el tema llegó, incluso, a ser considerado en una reunión de funcionarios del Gobierno
La falta de figuritas del Mundial en la Argentina se convirtió en un tema de conversación cotidiana, y el tema llegó, incluso, a ser considerado en una reunión de funcionarios del Gobierno

En los días siguientes a los que el Banco Central (BCRA) anunció medidas para restringir el acceso a los mercados cambiarios a los receptores de subsidios y a los productores que vendieron “dólar soja”, los memes sobre quienes estarían excluidos de la compra de dólares explotaron en las redes. Uno de ellos contenía una comunicación del Banco Central, apócrifa, prohibiendo a quienes “hayan adquirido recientemente figuritas de la marca Panini del Mundial de Futbol Qatar 2022″ acceder al mercado de cambio MEP o al Contado Con Liqui (CCL).

Por eso, cuando leí que Matías Tombolini, secretario de Comercio, y funcionarios de su equipo se habían reunido durante dos horas con los directivos de esa empresa e integrantes de la Unión de Kiosqueros, pensé que se trataba de otra broma de las redes. Pero la escena no era del género de la farsa, sino de la tragedia.

Que falten figuritas del mundial no es una tragedia; es un problema insignificante frente a las penurias que vivimos los argentinos. Pero el problema es una muestra más de la tragedia del modelo económico populista, que en su versión más resumida es la combinación de la sobreprotección a algunos sectores de la economía con retraso cambiario, con el mantenimiento de políticas fiscales y monetarias insostenibles.

La demanda de figuritas para el mundial sea, probablemente, muy elevada en todo el mundo. A la salida de la pandemia, la gente estaría revalorizando las actividades presenciales (por ejemplo, viajar, salir a comer afuera) y los juegos de mesa, frente a las actividades virtuales.

En la Argentina, la fiebre por Messi y por la Scaloneta, probablemente hayan llevado ese aumento de la demanda a niveles superiores que los de otros países. Pero eso no puede explicar el faltante de figuritas, que no se observa en ningún otro lugar del mundo. El faltante lo explica el modelo populista de, como dijo el economista Aldo Ferrer, “vivir con lo nuestro”.

Panini, una empresa con sede en Módena, Italia, factura más de 1000 millones de dólares por año y produce en distintos países del mundo, con pocas plantas que abastecen a más de 150 países. En el caso de la Argentina, en cambio, tiene –según un artículo de Hernán Iglesias Illa publicado en la revista online Seúl.ar–, una planta en el país para abastecer al mercado local. Vivimos con nuestros Panini. La decisión de producir localmente es entendible: desde 2009 las figuritas –que son consideradas un juguete para las posiciones arancelarias– están sujetas a las llamadas “licencias no automáticas”; es decir, su importación requiere una autorización, algo muy riesgoso para un producto tan estacional.

La cuestión es que la demanda de figuritas aumentó sustancialmente con respecto al anterior Mundial, lo que habría dejado a la planta temporalmente sin capacidad para abastecer al mercado.

Por más que el Gobierno quiera aparecer como que está haciendo algo para solucionar el problema de las figuritas, en realidad las políticas proteccionistas son la fuente del problema. Esta pata del modelo populista continuará intocable durante la gestión actual que, como argumenté en una columna anterior, se convirtió en el gobierno de los oligarcas. El sector que más se benefició es el textil. En agosto, los precios de las prendas de vestir y del calzado registraron un aumento del 109% con respecto al mismo mes de 2021, un índice muy por encima de la inflación. Con respecto al resto de los precios de la economía, la ropa se abarató un 23% durante el gobierno de Mauricio Macri, pero se encareció un 24% en lo que va del gobierno de Alberto Fernández.

En cambio, haber visto de cerca el abismo económico llevó a la vicepresidenta Cristina Kirchner a autorizar al ministro de Economía, Sergio Massa, a desarmar parcial y temporariamente otras dos patas del modelo populista: las políticas monetarias y fiscales insostenibles.

El ajuste fiscal de los dos últimos meses es importante. Corregido por inflación, el gasto primario (sin considerar los intereses de la deuda) se expandió un 10,6% interanual en el primer semestre, pero se contrajo un 4,6% interanual en julio y en agosto. Y eso que el gasto en capital se aceleró significativamente en el octavo mes del año, en gran parte para financiar la construcción del gasoducto Néstor Kirchner. Se nota que Massa quiere terminar el gasoducto antes del invierno de 2023, para evitar tener que repetir las palabras del líder político de su juventud, Álvaro Alsogaray: “Hay que pasar el invierno”.

La mayor disciplina fiscal está permitiendo también ajustar la política monetaria. El financiamiento del Banco Central al Gobierno, que fue de $2,2 billones (2,8% del PBI) hasta fines de julio, se paró a inicios de agosto. Un menor déficit fiscal y colocaciones netas positivas de deuda en pesos permitieron evitar que el BCRA financie al Gobierno.

Algunos argumentan que la política monetaria sigue siendo expansiva, porque el Banco Central está emitiendo pesos para comprar los “dólares soja” que le vende el campo. Desde el inicio del programa, habría emitido más de 738.000 millones de pesos por este concepto. Pero esta es una visión equivocada. Porque los pesos que emite por una ventanilla los saca del mercado por otra ventanilla, intercambiándolos por Leliq. Estas últimas explotaron en septiembre, llegando a $8,1 billones (10% del PBI), contra $7,1 billones de fines de agosto. Es así que la base monetaria se contrajo a lo largo de septiembre y, en términos interanuales, su caída supera el 20%, si se ajusta el dato por inflación.

Mirar cantidades es una forma de ver que la política monetaria es contractiva. Otra es a través de los precios, que en el mercado monetario son las tasas de interés. El Banco Central subió la tasa de interés de las Leliq desde el 52% a fines de junio al 75% actual. Desde agosto de 2019 que la tasa no es tan elevada, y ya supera la tasa de inflación esperada para los próximos meses.

Es así que, llegando a octubre de 2022, podríamos decir que Massa está implementando una versión light del programa fiscal y monetario que había implementado el dúo Dujovne-Sandleris en octubre de 2018. Para recordar, luego del fuerte desequilibrio entre oferta y demanda de pesos que se generó durante la presidencia de Luis “Toto” Caputo al mando del Banco Central entre junio y septiembre de 2018, el funcionario fue reemplazado por Guido Sandleris. En octubre de ese año se firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Además de ajustar aún más la meta fiscal, el FMI impuso una política monetaria draconiana de crecimiento cero de la base monetaria. Esta combinación de ajuste fiscal y monetario llevó a una importante desaceleración de la inflación en los últimos meses de 2018, y a una brutal recesión.

Algo parecido, aunque menos intenso, veremos en los próximos meses. La inflación de septiembre ya está jugada, y la inercia la llevará arriba del 6% mensual nuevamente, con lo cual se superará el 82% interanual. Pero después, a menos que el Gobierno implemente una devaluación, a lo que me referiré más adelante, la inflación probablemente baje un escalón con respecto a los niveles de los últimos meses. Esta desaceleración, temporaria como todo este programa atado con alambres, vendrá acompañada de una ralentización de la economía. El comunicado del 19 de este mes en el que el FMI anunció que llegó a un acuerdo con las autoridades argentinas sobre el cumplimiento de las metas del programa durante el segundo trimestre, argumenta que la economía argentina crecerá un 2% en 2023. Sin embargo, en el mejor de los casos, es decir en un escenario sin una crisis cambiaria/monetaria más aguda, la contracción fiscal y monetaria, sumada a la sequía, muy probablemente hagan que la economía argentina se contraiga en el cuarto trimestre de 2022 y que la recesión se extienda a 2023.

La pata del programa que todavía parece seguir fuera del alcance de Massa es la cambiaria. Por ahora, pudo implementar una devaluación parcial solo para los exportadores sojeros, que trajeron más dólares que los esperados, dólares que le permitirán al Gobierno acercarse a la meta de acumulación de reservas del tercer trimestre establecida con el FMI. Pero, sin medidas adicionales, es muy difícil que pueda cumplir la meta de acumulación de reservas del cuarto trimestre. Las medidas pueden ir desde una devaluación lisa y llana, algo que el kirchnerismo parece querer evitar, hasta restricciones cuantitativas al gasto en turismo externo, o un desdoblamiento de ese mercado, que es en el cual el Banco Central pierde más dólares. La inminencia del Mundial de Qatar vuelve al problema más acuciante.

La reticencia para devaluar es entendible, ya que dispararía la inflación en el corto plazo. Pero no devaluar también tiene costos muy significativos: el dólar (oficial) tan sobrevaluado está causando estragos en los exportadores, con un fuerte impacto en las economías regionales. Productores de vino, de olivos y de muchos otros productos relevantes para muchas provincias enfrentan problemas cada vez más grandes para mantenerse competitivos en los mercados internacionales. Ese es el costo de “vivir con lo nuestro”: quien importa poco, también exporta poco.