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AMLO tiene un plan para transformar México, pero sin recursos

Juan Pablo Spinetto y Nacha Cattan
·11  min de lectura

(Bloomberg) -- A principios de julio, cuando el recuento de casos de covid-19 en México alcanzaba récords diarios, Andrés Manuel López Obrador se dirigió a un ala casi vacía del Palacio Nacional, mientras su gabinete se sentaba a varios asientos de distancia en el salón de columnas.

El discurso, con su necesaria distancia social, representó un marcado contraste con los eventos realizados dos años antes, cuando decenas de miles se congregaron en el Zócalo, una de las plazas más grandes de América Latina, para celebrar la aplastante victoria electoral del primer presidente de izquierda de México en décadas.

Para López Obrador, las circunstancias podrán haber sido diferentes, pero el mensaje fue el mismo: nada lo desviará de su misión de transformar México.

El presidente está bajo ataque en varios frentes, pero la adversidad solo ha reforzado las ideas profundamente arraigadas de este hombre de 66 años, desde la absoluta necesidad de austeridad hasta una desconfianza visceral en el sistema “conservador” y una fe inquebrantable en la debilitada petrolera nacional.

En realidad, tantas cosas han cambiado desde que López Obrador asumió el cargo a fines de 2018, que su objetivo de rehacer el país cuando México tiene la cuarta cifra más alta de muertos por coronavirus del mundo y enfrenta su mayor recesión económica en casi un siglo, es considerado como una distracción peligrosa para los críticos del presidente. Los asesinatos están aumentando por encima del récord registrado el año pasado, mientras que el público no está del todo convencido de sus esfuerzos anticorrupción, al tiempo que las acusaciones llegan hasta el hermano del presidente.

Pero, aun así, el hombre al que todo el mundo llama AMLO no cambiará su rumbo.

Un exalto funcionario del Gobierno comparó al presidente con una vieja banda de rock & roll que ha estado tocando los mismos 20 éxitos durante décadas: se niega a agregar material nuevo porque la gente conoce y ama los estribillos familiares.

“López Obrador es obcecado, tirando a necio”, dijo Julio Hernández López, escritor y abogado que se ha reunido con AMLO por años durante su carrera periodística, durante la cual, entre otras cosas, participó de la fundación del periódico de izquierda La Jornada.

Con más de 75.000 muertes por virus y 10,7 millones de personas que se prevé que caerán en la pobreza extrema como resultado de las dificultades económicas, la pregunta es cuánto tiempo puede durar esa obstinación.

El presidente sigue siendo popular. Sin embargo, su índice de aprobación ha caído en los últimos meses y el próximo año se enfrenta a elecciones de mitad de mandato, las que se consideran como una suerte de referéndum sobre él mismo. Es probable que su decisión de destinar solo una cantidad mínima de fondos para combatir las consecuencias económicas de la pandemia dé forma a dichas elecciones.

Mientras en Estados Unidos el Congreso delibera cuánto estímulo agregar a los US$3 billones de estímulo fiscal ya aprobados, en México, AMLO ha rechazado rotundamente contraer más deuda, ni para rescatar empresas ni para aumentar significativamente los subsidios a los pobres y desempleados.

Cuando ha aceptado gastar, ha sido para despilfarrar en Petróleos Mexicanos, en un intento por devolver su antigua gloria al gigante petrolero estatal, conocido como Pemex. AMLO ha optado por un modesto programa de préstamos para pequeñas empresas por un total de alrededor de US$1.200 millones hasta la fecha, mientras financia sus proyectos predilectos que, a su juicio, crearán empleos, incluida la construcción de 2.700 sucursales locales de un banco estatal, un ferrocarril turístico a través de la selva tropical en Yucatán, y una nueva refinería de petróleo por US$8.000 millones.

Es una receta para la recuperación que presenta, al estilo de Trump, como digna de elogio universal.

“Yo espero que el caso de México al final va a ser un ejemplo”, dijo el 27 de agosto.

No todos están de acuerdo. La Sociedad para el Estudio de la Igualdad Económica concluyó en un documento presentado en agosto que la expansión de la asistencia social en países como Brasil y Argentina tendrá un impacto significativo, pero que los esfuerzos de México no harán nada para reducir la pobreza causada por el virus.

Para algunos, la renuencia de López Obrador a gastar pone un signo de interrogación sobre sus credenciales de izquierda. Sin embargo, es parte de su relación personal con la riqueza: el presidente ha evitado los lujos toda su vida y nunca ha tenido una tarjeta de crédito a su nombre. Su filosofía política fue moldeada por el desastroso default de deuda de 1982 que llevó la inflación a 115% y la Crisis del Tequila de 1994, cuando una repentina devaluación del peso hizo que los inversionistas huyeran de México, provocando una recesión y aumentando la pobreza.

Estas crisis gemelas obsesionaron a López Obrador en los primeros años de su carrera, y eso es clave para comprender su frugalidad ahora, dijo Gerardo Esquivel, quien comenzó a diseñar el plan de gastos de AMLO después de las elecciones de 2018 antes de unirse a la junta del banco central.

“Es parte de su verdadero ser”, dijo Esquivel en una entrevista.

Es esa ideología en favor de la austeridad la que realmente distingue a AMLO: está tratando de transformar su país sin mucho dinero. Su reducción de costos se extiende a eliminar cargos de la administración, como el de subsecretario de Minería, e “invitar” a funcionarios del Gobierno a donar voluntariamente parte de sus salarios a las arcas públicas. Incluso ha atraído comparaciones con Ronald Reagan y Margaret Thatcher por su afán de recortar costos.

Pero a AMLO lo impulsa una aguda conciencia de que “la deuda ha generado muchos problemas del país”, dijo Esquivel. “Es el símbolo que se ha hecho mal”.

AMLO, el activista indígena

Hijo de dueños de una tienda de telas de una pequeña aldea en el estado de Tabasco, en el Golfo de México, AMLO se inició en la política como activista por los derechos indígenas. Habla regularmente de su admiración por Benito Juárez, el primer presidente de origen indígena que gobernó México durante la turbulenta segunda mitad del siglo XIX.

En esos primeros días, López Obrador y sus hermanos caminaban por las calles con un megáfono para persuadir a la gente para que marchara con ellos, reuniendo cinco o diez seguidores a la vez, según el escritor Hernández López, mejor conocido por su seudónimo, Julio Astillero. Irónicamente, uno de sus primeros conflictos políticos involucró un presupuesto. Como líder local del Partido Revolucionario Institucional, AMLO trató de supervisar el gasto de los alcaldes de Tabasco, y lo rechazaron.

Hoy, el presidente divide al mundo en “liberales”, reformadores como él, y “conservadores” corruptos, que buscan frustrar el cambio. Puede basarse en la experiencia personal: al perder su candidatura para gobernador de Tabasco en 1994, los reguladores encontraron evidencia de discrepancias en votos, por lo que dirigió una caravana de manifestantes a Ciudad de México, donde se tomaron el Zócalo, ayudando a forzar la renuncia del entonces ministro del Interior de México.

“López Obrador crece políticamente en el conflicto”, dijo Hernández López. “Le gusta pelear por sus ideas”.

AMLO finalmente logró una victoria electoral en 2000, cuando se convirtió en alcalde de Ciudad de México. Seis años después impugnó las elecciones presidenciales y reclamó fraude cuando perdió ante Felipe Calderón por menos de un punto porcentual. Hasta el día de hoy, el presidente sostiene que le jugaron sucio.

López Obrador habla de llevar a México de regreso a la promesa revolucionaria de fines del siglo XIX. En cambio, una pandemia del siglo XXI expuso las debilidades del país.

A pesar de detectar la amenaza de forma temprana, el coronavirus atacó fuertemente a México debido a una combinación de infraestructura de salud deficiente con décadas de financiación insuficiente, políticas inconsistentes y la dificultad de implementar cuarentenas cuando aproximadamente la mitad de la población necesita trabajar para comer todos los días.

La escasez de camas y equipos inicialmente fue la principal preocupación de AMLO, especialmente después de que vio el desbordamiento de hospitales en Italia y España, según un funcionario público que pidió no ser identificado al discutir el manejo de la crisis por parte del Gobierno. La principal respuesta política fue equipar los hospitales, contratar a más de 45.000 médicos y buscar ventiladores en todo el mundo.

No obstante, el gasto total en salud cayó en el primer semestre. Incluso ahora, las muertes por virus se cuentan por cientos cada día, y los datos oficiales podrían estar subestimando seriamente el número de víctimas. México tiene la tasa de pruebas per cápita más baja entre los países de la OCDE.

Al interior del Palacio Nacional, donde reside AMLO tal como lo hiciera el conquistador Hernán Cortés casi 500 años antes que él, la pandemia tuvo un impacto visible en el presidente. La imposibilidad de cruzar el país para reunirse con mexicanos de a pie como lo había hecho durante décadas volvió loco a AMLO durante el encierro, según personas con conocimiento de sus actividades. Su negativa a usar el avión presidencial, un Boeing 787 Dreamliner que ha estado tratando de vender desde su primer día en el cargo, solo se sumó a sus limitaciones.

Tan pronto como pudo, el presidente hizo por carretera los 2.500 kilómetros que separan Ciudad de México con Cancún para reunirse con votantes, mientras se negaba a usar un tapaboca. De hecho, se lo ha visto usando tapabocas solo una vez, en julio, mientras viajaba para visitar a Donald Trump en Washington. Aquella vez, había tomado un vuelo de Delta Airlines que hizo escala en Atlanta.

“Es la parte de abajo de la pirámide la que le preocupa y en la que basa su poder y su capacidad de atraer votos”, dijo en una entrevista Lorenzo Meyer, historiador e intelectual de izquierda cuyo hijo es ministro en el gabinete de AMLO. “Ese México que no ha cambiado en mucho tiempo explica, en buena medida a mi juicio, el que no cambie mucho su proyecto, aunque el mundo externo suba y baje”.

López Obrador puede decir que su celo por proteger las arcas públicas le ha generado victorias. Por ejemplo, alentar a las autoridades fiscales para que jueguen duro con las grandes empresas ha generado más de US$1.000 millones en acuerdos con corporaciones como Wal-Mart de México y Fomento Económico Mexicano SAB.

Hay una lógica en su postura, ya que cualquier desvío del camino de la prudencia fiscal molestaría a los inversionistas, según Rogelio Ramírez de la O, jefe del equipo económico de López Obrador durante la campaña presidencial de 2006.

“El margen de tolerancia que percibe un Gobierno de izquierda en el mercado internacional no es la misma tolerancia que percibe un Gobierno de centro derecha”, dijo Ramírez.

México se ha abstenido de estímulos fiscales porque necesita todo el dinero disponible para llevar a cabo sus programas sociales y para la inversión pública, ya que “eso tendrá mejores resultados y más inmediatos para la reactivación económica” y generar empleos, respondió la oficina de prensa del presidente a las preguntas.

El índice de aprobación del presidente sigue siendo alto, de 59% en agosto, aunque por debajo de 71% de enero, según Alejandro Moreno, encuestador del diario El Financiero.

Sin embargo, hay señales de advertencia. La misma encuesta mostró que 61% de los votantes considera que el manejo de la economía por parte del presidente es malo o muy malo, 59% dice lo mismo sobre su estrategia de seguridad y 50% desaprueba su lucha contra la corrupción, su principal plataforma antes de las elecciones legislativas y a gobernaciones de 2021.

No obstante, la voluntad de AMLO para mantenerse firme es indiscutible. En abril, rechazó la firma de un histórico acuerdo con la OPEP+ para reducir la producción de petróleo, siendo el único de las 22 naciones que se negó a firmar una resolución, ya que los recortes afectaban sus planes para Pemex. La Casa Blanca tuvo que intervenir para tratar de suavizar las cosas.

El 15 de septiembre, el presidente estuvo nuevamente en el Zócalo para la tradicional conmemoración de El Grito, la llamada a las armas que desencadenó la Guerra de Independencia de México en 1810. La pandemia significó la ausencia del público.

AMLO, sin embargo, ya estaba planeando su próxima pelea: ese día anunció un referéndum sobre si juzgar a los expresidentes de México por corrupción.

“Que se preparen los conservadores, que se preparen nuestros opositores porque no vamos a dar tregua, ni un paso atrás, ni siquiera para tomar impulso”, dijo el domingo en Veracruz.

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Nota Original:AMLO Has a Grand Plan to Transform Mexico, on the Cheap

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