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Atrapadas por la pandemia, las tripulaciones de los barcos combaten el agotamiento y la desesperanza

Aurora Almendral
·6  min de lectura
Barco
Una imagen proporcionada por Ralph Santillán de él mismo, un marinero filipino, en una nave anclada en el sur de China en julio. Santillán no ha visto a su familia en más de dieciocho meses. (Ralph Santillán vía The New York Times)

BANGKOK — Ralph Santillán, un marino mercante de Filipinas, no ha tenido un permiso para ir a tierra en medio año. Han pasado dieciocho meses desde que se presentó al servicio en su barco, el cual transporta maíz, cebada y otros productos por todo el mundo. Ha pasado más tiempo desde la última vez que vio a su esposa e hijo”.

“No hay nada que pueda hacer”, comentó Santillán a finales del mes pasado desde su barco, un buque carguero de 294 metros anclado cerca de la costa de Corea del Sur. “Tengo que dejar en manos de Dios lo que pueda pasar aquí”.

Se suponía que su tiempo en el barco, donde pasa varias horas del día quitando el óxido de la cubierta o limpiando bodegas de carga, iba a terminar en febrero, después de un periodo de once meses, la cantidad máxima de tiempo en el contrato de un marinero.

Sin embargo, la pandemia de COVID-19 provocó que los países comenzaran a cerrar sus fronteras y negaran los permisos para que los marineros desembarcaran. Para los buques cargueros de todo el mundo, el proceso conocido como cambio de tripulación, en el cual los marineros como Santillán son remplazados por nuevos cuando sus contratos expiran, se detuvo casi por completo.

En junio, Naciones Unidas llamó la situación una “creciente crisis humanitaria y de seguridad”. Además, todavía no hay ninguna solución a la vista.

El mes pasado, la Federación Internacional de los Trabajadores del Transporte, un sindicato de marineros, estimó que 300.000 de los 1,2 millones de miembros de las tripulaciones en alta mar en esencia estaban varados en sus barcos, donde están trabajando más allá de la fecha de expiración de sus contratos originales y combaten el aislamiento, la incertidumbre y la fatiga.

“Esta población flotante, mucha de la cual lleva más de un año en alta mar, está llegando al límite de su paciencia”, comentó el viernes Guy Platten, el secretario general de la Cámara Marítima Internacional, organismo que representa a los dueños de los barcos. “Si los gobiernos no actúan con rapidez y determinación para facilitar la transferencia de las tripulaciones y relajar las restricción a los viajes por aire, enfrentamos una situación muy real de una desaceleración del comercio global”.

Algunos miembros de las tripulaciones han comenzado a rehusarse a trabajar, con lo cual los barcos se ven obligados a quedarse en los puertos. Además, muchas personas en la industria marítima temen que el estrés y el agotamiento provoquen accidentes, tal vez desastrosos.

Una imagen proporcionada por Burcu Akceken de un navío que se aleja después de una operación nocturna de carga de embarcación a embarcación cerca de la costa de Dakar, Senegal. (Burcu Akceken vía The New York Times)
Una imagen proporcionada por Burcu Akceken de un navío que se aleja después de una operación nocturna de carga de embarcación a embarcación cerca de la costa de Dakar, Senegal. (Burcu Akceken vía The New York Times)

“Hay una razón de porqué los dueños hicieron los contratos tan cortos”, comentó Joost Mes, director de Avior Marine, una agencia de reclutamiento marítimo de Manila, Filipinas. “Las consecuencias están cada vez más cerca y los márgenes de seguridad están disminuyendo”.

Los marineros deben mantenerse vigilantes. Si están parados en el lugar equivocado en cubierta o no pisan un escalón en una escalera larga y angosta, podría significar una lesión o la muerte. Un oficial de guardia distraído podría ver demasiado tarde un navío que se está acercando.

“Puedo ver la fatiga y el estrés en sus caras”, comentó Santillán en julio desde su barco, para referirse a los cinco hombres que trabajaban con él en cubierta. “Estoy seguro de que pueden verlo en mi cara”. Santillán mencionó que a veces trabaja 23 horas al día para cumplir sus horarios.

A 3 de los 20 miembros de la tripulación de un buque carguero que encalló en la costa de Mauricio a finales de julio y derramó 1000 toneladas de combustible en las aguas prístinas les extendieron los contratos, de acuerdo con Lloyd’s List, una empresa de inteligencia marítima. No se ha determinado la causa del accidente, pero el sindicato de marineros señaló que todo apuntaba a las consecuencias potenciales de tener una tripulación saturada de trabajo. Dos de los oficiales del barco han sido acusados de navegación peligrosa.

En un estudio de junio que realizó el sindicato de marineros, muchos miembros de las tripulaciones con contratos extendidos comentaron que el agotamiento les estaba afectando la capacidad de concentración. Algunos se compararon con presos o esclavos, de acuerdo con el estudio, y algunos dijeron que habían considerado el suicidio.

Los miembros de una tripulación tuvieron que rasurarse la cabeza después de que se les acabó el champú porque nadie podía ir a tierra por provisiones, de acuerdo con el estudio. El capitán de otro barco tuvo que sacarle un diente a un marinero que no podía ir a la costa a ver a un dentista, comentó un ejecutivo de la empresa marítima.

“Si alguien se lesiona, no hay ningún hospital”, mencionó Burcu Akceken, de Turquía y la oficial jefa de un buque cisterna que transporta químicos, el cual estuvo anclado en la costa de Dakar, Senegal.

Muchos miembros de las tripulaciones varadas solicitaron que los gobiernos hicieran más para admitir los cambios de la tripulación.

“Los puertos y los países quieren la carga, pero, cuando se trata de la tripulación que se las lleva, no nos ayudan”, opinó Nilesh Mukherjee, de India y el oficial jefe de un buque cisterna que transporta gas licuado de petróleo.

Incluso en una situación normal, remplazar a los miembros de una tripulación conlleva una logística compleja, mencionó Frederick Kenney, director de asuntos jurídicos y externos en la Organización Marítima Internacional, una agencia de la ONU que supervisa el transporte marítimo en el mundo.

Dejar un barco, e ir a casa, requiere más que solo desembarcar. Suele involucrar varios cruces fronterizos, vuelos con al menos una conexión y un montón de certificados, visas especializadas y sellos de inmigración. El remplazo de un miembro de la tripulación debe realizar los mismos pasos.

Todos los pasos en ese procedimiento están “rotos” debido a la pandemia, pues los vuelos están limitados, los controles fronterizos son más estrictos y muchos consulados están cerrados, de acuerdo con Kenney. Aunque algunos países han encontrado la forma de solucionar el problema, “el índice de progreso no está actualizado con el creciente número pendiente de marineros”, comentó Kenney la semana pasada.

Algunos puertos han eximido a los miembros de las tripulaciones de las restricciones fronterizas y luego han cambiado de opinión después de que se ha encontrado que tienen COVID-19 algunos marineros que llegan de los países donde viven para reportarse al servicio en un barco.

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This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company