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Tras los caóticos años de Trump, una vuelta a la diplomacia tradicional

·4  min de lectura
Emmanuel Macron y Joe Biden durante la cumbre del G7 en Gran Bretaña
LUDOVIC MARIN

WASHINGTON.- Sentados al aire libre, con el mar de fondo y bajo un radiante sol de verano –todo un evento cuando se trata del sur de Inglaterra–, Joe Biden y Emmanuel Macron tejieron un diálogo ante los periodistas que mostró la armonía que reinó en la Cumbre del G-7 en Carbis Bay.

“Lo que ha demostrado es que liderazgo es asociación”, le dijo Macron a Biden. “Estados Unidos, lo dije antes, ha vuelto. Estamos de vuelta”, insistió, por enésima vez, el mandatario norteamericano.

Los periodistas le preguntaron si había convencido a sus aliados de ese retorno, un interrogante inspirado en el fantasma de Donald Trump. “Pregúntenle a él”, dijo Biden, al apuntar a Macron con sus icónicos lentes ahumados en su mano. “Sí, definitivamente”, respondió el francés.

Luego de cuatro años caóticos con Trump en la Casa Blanca, la cumbre del G-7 en Cornualles, Inglaterra, marcó el retorno de la diplomacia tradicional.

No hubo fotos incómodas o momentos estresantes –abundantes con Trump–, y los desacuerdos, si existieron, se minimizaron y se mantuvieron en privado. El comunicado final de la cumbre sellará hoy el regreso de la alianza occidental que forjaron Estados Unidos y Europa tras la Segunda Guerra Mundial, anclada en la democracia.

Y la cumbre dejará acuerdos concretos: una donación de mil millones de vacunas contra el coronavirus, un plan de infraestructura global para enfrentar la creciente influencia de China (ver página 14) y una reforma tributaria para fijar un piso global para el impuesto a las ganancias.

Espantados con Trump, los líderes europeos recibieron con los brazos abiertos a Biden. A nadie debería sorprenderle eso. El G-7, el club de las naciones más poderosas del planeta (que agrupa a Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Gran Bretaña), estuvo atado de manos durante los cuatro años de la administración Trump.

No hubo entendimiento siquiera sobre temas básicos como la amenaza del cambio climático o del presidente ruso, Vladimir Putin, expulsado del bloque en 2014, y a quien Trump quiso incluso invitar de vuelta. El repliegue que impuso Trump con su mantra “Estados Unidos, primero” detonó cualquier ambición multilateral.

Los líderes del G7, reunidos en Carbis Bay
Leon Neal


Los líderes del G7, reunidos en Carbis Bay (Leon Neal/)

El triunfo de Biden el año pasado llevó a Estados Unidos de regreso a su rol tradicional de líder en la arena diplomática global. El líder demócrata puso como prioridad de su política exterior reparar los lazos con Europa, aliado histórico de Washington, y Europa le dio la bienvenida y su apoyo.

La Cumbre del G-7 en Gran Bretaña sirvió para dejar en claro que la alianza está intacta, que Trump la estresó, aunque sin llegar a desgarrarla. Y, para demostrarlo, los líderes europeos se acoplaron a casi todo lo que propuso Biden, y plasmaron una visión común para la reconstrucción tras la pandemia del coronavirus.

Biden donó 500 millones de vacunas, el resto puso 500 millones más. Es el antídoto final para doblegar la peor crisis de salud del último siglo.

Respuesta

El G-7 buscó responder a la crítica principal que les cayó a las naciones desarrolladas en los últimos meses: acaparar vacunas, mientras la pandemia hace estragos en los países pobres, la India y América Latina, acentuando las desigualdades globales, empeoradas por la pandemia.

Así y todo, es una gota en un balde de agua: la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que se necesitan 11.000 millones de vacunas para superar la crisis. “Necesitamos más que eso”, dijo el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres.

Las dos grandes ambiciones para el futuro son el plan de infraestructura global –bautizado “Reconstruir un mundo mejor”, a imagen y semejanza del plan de Biden para Estados Unidos– y la implementación de un piso para el impuesto a las ganancias de las empresas, propuesto por la Casa Blanca.

El G-7 quiere enfrentar al avance de China y su iniciativa One Belt, One Road (nuevas rutas de la seda), además de desterrar ventajas impositivas que aprovechan multinacionales como Amazon, Google, Apple o Facebook, y que terminan profundizando la desigualdad global. Resta ver cuánto dinero nuevo pondrán las potencias, que mostrará la medida real de su compromiso.

La ambición y la premura del rumbo trazado en la cumbre y el respaldo a la agenda de Biden son, en parte, un reflejo de un temor latente: un eventual regreso de Trump a la Casa Blanca que devuelva al mundo a la diplomacia trumpista, impulsiva, personalista, tierna con los autócratas y, por sobre todo, impredecible. Una pesadilla para los tecnócratas amantes de los hilos tradicionales del poder.

El G-7 parece querer ganar el tiempo perdido, pero también empezar a armar un mundo que no le dé cabida a un retorno de Trump al poder. O que, al menos, muestre un andamiaje global lo suficientemente firme como para que no pueda voltearlo.

Es el desafío al que debe responder la diplomacia tradicional, el mismo, justamente, que Biden trajo a la cumbre y que fijó como un norte de su presidencia: demostrar que la democracia aún funciona y puede dar mejores resultados que las autocracias del mundo.

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