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La clave es hacer lo que uno elige y no lo que le toca

·6  min de lectura
Una de las tantas protestas que hubo este año en las calles porteñas, en reclamo de más planes sociales
Alejandro Guyot

Hace unos días escuché la frase que titula esta nota en una película y en lugar de motivarme a escribir con espíritu positivo y emprendedor, me terminó provocando la lamentable sensación de que, como país, sostenemos una baja calidad de vida por elección y no por lo que nos tocó.

Si dicen que alguien se siente rico cuando el dinero que rechaza le sabe mejor que el que acepta, aquí nos sentimos bien pobres, porque terminamos aceptando cualquier cosa. Es increíble que vivamos en una sociedad que pondera y festeja tener déficit fiscal, pero condena bajar el gasto o tomar deuda para financiarlo. ¿Quién va a querer financiar ese déficit fiscal?

Con el enorme placer de recibirlos en este espacio, les propongo esta vez aprender a decir: “Listo, ya está, basta, no quiero esto para mí”.

Los que tenemos muchos años de mercado, de caminar la calle, sabemos que el valor más importante en los negocios es el timing, el momento en el que se decide invertir o desinvertir. Cuantos más datos juntemos para tomar la decisión adecuada, más posibilidades tenemos de confundirnos con ellos. Cuando uno estudia los casos de éxito, de empresas o de profesionales (artistas, abogados, médicos, periodistas, etcétera), encuentra como factor común la intuición, la perseverancia, la eficiencia y la prudencia. Porque, finalmente, tiene éxito aquel que interpreta mejor lo que quiere la mayoría de la gente y tiene el coraje de hacerlo.

Porque aprender a decir “hasta acá”, “basta” o “no quiero esto para mí” es una de las principales claves para trascender. Pensemos en la experiencia (descripta por Nassim Taleb) del pavo aquel que engordaban antes de la cena de Navidad. Su confianza aumentaba a medida que se repetían las acciones alimentarias, y cada vez se sentía más seguro, pese a que el sacrificio era cada vez más inminente. Incluso en el día anterior a la reunión navideña familiar, le preguntaron al pavo: “¿Cómo se siente?”. Y el pavo respondió: “En el mejor de los mundos. Me cantan, me alaban, me decoran, me dan de comer, la vida es fantástica”. Intenten hacerle un reportaje el 26 de diciembre. ¿Estaremos como el pavo?

Nada es más desalentador para el éxito que la creencia de que el esfuerzo no será recompensado. Una pyme, un emprendedor, un profesional autónomo no pueden vivir sin generar ganancias, de la misma manera que un trabajador necesita de su salario, pero si no cuidamos e incentivamos a que la pyme, el emprendedor o el autónomo arriesguen, creen, innoven, no habrá empleo digno, entendiendo por dignidad el hacer lo que se elige y no lo que nos toca.

Si usted cree que el Estado puede reemplazar a las empresas y ser el que genere empleo, piense que son millones las personas (como ahora en algunos países o en algunas provincias) que viven del Estado, pero si miramos su calidad de vida o su dignidad, notaremos que es el gobernante de turno quien vive de ellos.

“Los ciudadanos que confían excesivamente en su gobierno para que lo haga todo no solo se vuelven dependientes de su gobierno, sino que acaban teniendo que hacer todo lo que el gobierno exige. Mientras tanto, se destruyen sus iniciativas y sus autoestimas”, sostuvo el empresario Charles G. Koch.

Porque en nuestro país ya tenemos una clara evidencia empírica de que el dirigente gasta el dinero peor que el hijo maleducado de un millonario, ya que el segundo gasta el dinero de su padre y el dirigente gasta nuestro dinero y, peor aún, gasta a cuenta de nuestro sacrificio futuro.

El mensaje de la historia es muy evidente: el país que respeta los derechos individuales y el libre comercio es mucho más próspero que el que vive con reglas estrictas de proteccionismo, porque, finalmente, al único que se termina protegiendo es al burócrata que fija las reglas del juego. No hay un solo ejemplo de un país que haya abierto sus fronteras al conocimiento y a la libertad de elección que haya terminado siendo más pobre.

Es la competencia la que aumenta las chances de elección al consumidor. Proteger a un monopolio de un capitalista amigo o estatal solo garantiza tener al ciudadano de rehén.

Parece que elegimos estar como estamos, porque hay dirigentes argentinos que prefieren que los pobres sean más pobres, solo para que los exitosos sean menos exitosos, no por un tema de equidad o distribución, sino porque finalmente quieren ocupar ellos ese lugar de privilegio. Observemos simplemente cómo viven, dónde veranean y cómo gastan. Parece que los motiva más el resentimiento, y construyen poder sacándole dinero a algunos para darle una pequeña parte a sus seguidores y otra gran parte se la quedan ellos y, al final del camino, toda la sociedad se empobrece, menos ellos.

Solo por un tiempo se puede obtener algo de liquidez confiscando alguna caja ajena, u obligando a pagar un impuesto extraordinario o inesperado, o simplemente tomando deuda, pero esto no significa que a largo plazo se logre progresar. Si no se genera un flujo, un negocio rentable o un sueldo que alcance para el día a día, esa liquidez ocasional se esfuma.

Solo por un tiempo se pueden subsidiar la energía, el transporte, la nafta. Solo por un tiempo se puede incentivar la demanda artificialmente, pero si no hay inversión a largo plazo para dar ese servicio, para aumentar la oferta, ese subsidio se transformará en un sacrificio porque cuando faltan las cosas básicas, el precio es secundario. En los países más pobres la principal angustia es el desabastecimiento de alimentos, de medicamentos y otras cosas básicas. Este será otro año en el cual tendremos que destinar miles de millones de dólares a la importación de energía. Finalmente, al importar terminamos beneficiando a empresas externas en desmedro de las nuestras y consumiendo dólares de nuestras ya escasas reservas.

Solo por un tiempo alguien puede mentir, engañar, robar y hasta parecer simpático. Pero en el largo plazo, la vida nos demuestra que el dinero mal habido obligadamente estará escondido, y sin tener con quién disfrutarlo, porque “el que ríe último, ríe solo”.

Progresar significa tener una mejor calidad de vida que la que tuvieron nuestros padres, y que nuestros hijos tengan una mejor calidad de vida que la nuestra, y que podamos disfrutar de ese progreso juntos, no que nuestros hijos lo encuentren en otro país lejos de nosotros.

Para aprender a decir: “Listo, ya está, basta, suficiente para mí”, vuelvo con tres propuestas básicas, ya expresadas en notas anteriores y aplicadas en varias sociedades más exitosas:

1) Que el Estado, en su nivel nacional, provincial o municipal, no pueda tomar un empleado más y si se necesita a alguien específico, que su designación sea por concurso, que se elija por capacidad y por mérito, y no por militancia. Así, el gasto público irá disminuyendo, sin despidos masivos, en la medida en que se vaya jubilando la planta actual.

2) Tener impuestos decrecientes para el que aumenta la producción o la inversión. Por ejemplo, si una empresa el último año exportó 100, y pagó de impuestos 40, ahora por el excedente de todo lo que produzca por encima de 100 no pagará tributo alguno. El Estado no perderá recaudación y el empresario tendrá un incentivo para aumentar la producción, tomar empleados y crecer en infraestructura, por ejemplo, crecer en inmuebles. Y este acuerdo no deberá ser modificado por 20 años.

3) Desalentar la industria del juicio laboral, uno de los riesgos contingentes más grandes de una pyme. ¿Cómo? Cambiando los incentivos para hacerlo. Dándole más flexibilidad a la creación de empleos y ofreciendo una desgravación impositiva para la inversión en capacitación.

Simplemente, para no resignarnos a vivir con lo que nos tocó.

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