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Consultores espirituales, la nueva figura en las oficinas en la pandemia

·11  min de lectura
En una fotografía sin fecha de Suzanne Tennant, Maceo Paisely, a la izquierda, diseñador de experiencias, presenta un prototipo para un ritual de luto en un evento organizado por Sacred Design Lab. (Suzanne Tennant vía The New York Times)
En una fotografía sin fecha de Suzanne Tennant, Maceo Paisely, a la izquierda, diseñador de experiencias, presenta un prototipo para un ritual de luto en un evento organizado por Sacred Design Lab. (Suzanne Tennant vía The New York Times)

En el principio era el COVID-19, y la tribu de los empresarios y ejecutivos se rasgaba las vestiduras, pues sus días de trabajo eran un vacío sin forma, y todos sus rituales habían desaparecido. Nuevas rutinas vinieron a reemplazar las antiguas, pero las rutinas estaban dispersas, y había un caos en torno a la mejor manera de salir de una sesión de Zoom, integrar a un pasante, terminar una semana de trabajo.

Aún es posible encontrar un propósito en la deriva, dado que ha surgido un nuevo clero corporativo para formalizar la vida laboral remota. Se conocen con diferentes nombres: consultores de rituales, diseñadores sagrados, publicistas enfocados en el alma. Tienen títulos de escuelas de divinidad. Su negocio es tomar elementos prestados de la tradición religiosa para aportar riqueza espiritual al Estados Unidos corporativo.

En tiempos más sencillos, las escuelas de divinidad enviaban a sus graduados a dirigir congregaciones o a realizar investigaciones académicas. Ahora hay una vocación más relacionada con la oficina: el consultor espiritual. Aquellos que han elegido este camino han fundado agencias —algunas con fines de lucro, otras no— con nombres que suenan similares: Laboratorio de Diseño Sagrado, Laboratorio de Diseño Ritual, Ritualista. Mezclan el oscuro lenguaje de lo sagrado con el lenguaje también oscuro de la consultoría de gestión para proporcionar a los clientes una gama de servicios de inflexión espiritual, desde la arquitectura a la capacitación de empleados y el diseño de rituales.

Su objetivo más amplio es suavizar el capitalismo cruel, haciendo espacio para el alma, y animar a los empleados a preguntarse si lo que están haciendo es bueno en un sentido más elevado. Después de haber visto que la justicia social se absorbe fácilmente en la cultura corporativa, quieren ver si más empresas estadounidenses están listas para la fe.

“Hemos visto que las marcas incursionan en el espacio político”, dijo Casper ter Kuile, cofundador de Sacred Design Lab. Citando un informe de Vice, añadió: “El próximo espacio en blanco en la publicidad y las marcas es la espiritualidad”.

Antes de la pandemia, estas agencias se dedicaban a ayudar a las empresas con el diseño, a refinar sus productos, espacios físicos y marcas. También ofrecían consultoría sobre la estrategia, el flujo de trabajo y la gestión de personal. Ahora que los trabajadores digitales están atrapados en casa desde marzo, ha surgido una nueva oportunidad. Los empleadores están viendo que sus trabajadores se encuentran desintegrados y agitados, y están buscando orientación para volver a unirlos. Ahora los consultores sagrados están ayudando a introducir nuevos rituales para días de trabajo sin forma y tratando de dar a los empleados rutinas impregnadas de significado.

Ezra Bookman fundó Ritualist, firma que se describe a sí misma como “una consultoría boutique que transforma empresas y comunidades a través del arte del ritual”, el año pasado en el distrito neoyorquino de Brooklyn. Ha ideado rituales destinados a pequeñas empresas para eventos como la finalización con éxito de un proyecto o, si uno falla, un funeral.

“¿Cómo ayudamos a la gente a procesar el dolor cuando un proyecto fracasa y los ayudamos a seguir adelante?”, preguntó Bookman.

Sue Phillips, una de los cofundadores de Sacred Design Lab, en su casa en Tacoma, Washington, el 4 de agosto de 2020. (Ruth Fremson/The New York Times)
Sue Phillips, una de los cofundadores de Sacred Design Lab, en su casa en Tacoma, Washington, el 4 de agosto de 2020. (Ruth Fremson/The New York Times)

Los mensajes en la cuenta de Instagram de la empresa emergente se leen como una especie de menú para las compañías que quieren comprar ritos operacionales a la carta: “Un ritual para comprar tu nombre de dominio (también conocido como tu pequeño terreno virtual en las nubes)”. “Un ritual para cuando recibas el correo electrónico de LegalZoom de que has sido registrado oficialmente como sociedad de responsabilidad limitada”.

‘La gente citaba SoulCycle’

La tendencia de los consultores sagrados podría ser encabezada por los cofundadores de Sacred Design Lab: Ter Kuile, Angie Thurston y Sue Phillips. Se conocieron en la Escuela de Teología de Harvard, donde siguen estando afiliados como académicos inaugurales del Ministerio de Innovación, y fundaron su compañía como una organización sin fines de lucro en 2019.

Sus antecedentes varían. Ter Kuile, que vive en Brooklyn y es copresentador de un popular podcast de Harry Potter, escribió un libro sobre cómo “transformar las prácticas comunes y cotidianas —hacer yoga, leer, pasear al perro— en rituales sagrados”. Thurston, que vive en Alexandria, Virginia, había trabajado en la búsqueda de la conexión espiritual entre personas de diferentes religiones. Phillips, de Tacoma, Washington, es una ministra ordenada en la tradición del Universalismo Unitario.

Lo que tienen en común es el acuerdo de que las instituciones religiosas tradicionales no funcionan y que la cultura corporativa es en gran medida desalmada.

En la Escuela de Teología de Harvard, los académicos han estudiado la tendencia a alejarse de la religión organizada durante décadas. Su consenso es que, aunque la asistencia a los lugares formales de culto se encuentra en un mínimo histórico, la gente sigue buscando significado y espiritualidad. Dudley Rose, el decano asociado de estudios ministeriales, señaló que los espacios seculares eran un lugar sorprendentemente bueno para satisfacer este deseo.

“La gente estaba satisfaciendo lo que identificaba como necesidades espirituales, pero lo hacía en organizaciones sin una conexión espiritual aparente”, comentó Rose en una entrevista. “Como SoulCycle. La gente citaba SoulCycle”.

Ter Kuile, Thurston y Phillips lo veían así: si parte del trabajo religioso es encontrar a la gente necesitada dondequiera que esté, entonces los innovadores espirituales deben ir hacia el lugar de trabajo.

“Independientemente de lo que tú y yo pensemos al respecto, el hecho es que la gente se presenta en el lugar de trabajo con grandes déficits personales en cuanto a pertenecer a algo y conectarse con el más allá”, dijo Thurston.

El trío de Sacred Design Lab usa el lenguaje de la fe y la iglesia para hablar de sus esfuerzos. Hablan de la religión organizada como una tecnología para dar significado.

“La pregunta que nos hacemos es esta: ‘¿Cómo se traducen las antiguas tradiciones que han dado a la gente acceso a las prácticas de creación de significado, pero en un contexto que no esté enfocado en la congregación?’”, dijo Ter Kuile.

La organización sin fines de lucro dice que ha estado pensando en diseños sagrados para empresas como Pinterest, IDEO y la Fundación Obama.

Phillips no considera que las corporaciones reemplazarán la religión organizada, pero sí ve la oportunidad de que las compañías le den a la gente algo del significado que solían obtener de las iglesias, templos, mezquitas y sitios similares.

Habla de su trabajo como lo haría un pastor. “Pasamos mucho tiempo siendo testigos y acompañando a nuestros clientes”, dijo. “Escuchamos sus historias. Queremos entender sus vidas. Queremos entender su pasión y sus anhelos”.

‘Aún es una oficina’

Por supuesto, hay peligros al llevar elementos de espiritualidad a la oficina.

La mezcla de lenguaje corporativo y religioso puede ser extraña. Por ejemplo, así es como Ter Kuile describió su trabajo para una compañía tecnológica que no quiso nombrar: “Investigamos y escribimos un documento conceptual sobre El Alma del Trabajo para estimular ideas audaces sobre cómo enfocarse en el alma seguirá creciendo como un elemento central del futuro del trabajo”.

Otro desafío es que muchos trabajadores ya son devotos en sus propios términos, en su propio tiempo, y no tienen ganas de realizar actividades basadas en el alma entre las 9 y las 5.

Además, es difícil exhortar a los trabajadores a que den a sus actividades profesionales un significado trascendental cuando, al mismo tiempo, esos trabajadores pueden ser despedidos. “Puede hacerse mal, y cuando se hace mal puede causar daño”, dijo Thurston. “Por ejemplo: ‘¿Cómo podemos afirmar que estamos en una comunidad profunda si existe la posibilidad de que me despidan?’”.

Thurston citó una serie de posibles problemas con los que lidiar: crear una religión en el lugar de trabajo, mezclar la gestión y la espiritualidad, y cobrar por la espiritualidad. “Incluso si todo esto se hace bien y un lugar de trabajo se centra realmente en el alma, sigue siendo una oficina”, dijo Thurston. “Esos son los desafíos”.

Las empresas que contratan consultores de rituales pueden pensar que están dando a los trabajadores un pequeño beneficio. Pero los que están detrás del movimiento esperan una revolución más grande.

Los trabajadores han logrado un éxito medido recientemente al presionar a los empleadores para que aborden el racismo sistémico —algunas empresas están haciendo del Juneteenth un día festivo pagado, por ejemplo, e invirtiendo en empresas de propietarios negros y de minorías—, y los consultores de diseño sagrado se preguntan si los empleados también podrían empezar a exigir la bondad espiritual.

Esta posibilidad es lo que atrajo a Bob Boisture a los consultores de la divinidad. Es el director ejecutivo del Instituto Fetzer, una fundación sin fines de lucro con sede en Míchigan que dice que su misión es “ayudar a construir los cimientos espirituales para un mundo amoroso”, y que ayuda a financiar el Sacred Design Lab. Boisture dijo que espera que el trabajo del grupo pueda terminar por permitir a los empleados de la empresa articular quejas y detener proyectos o prácticas que ellos consideren lucrativas pero inmorales.

“Actualmente ponemos atención a los ingresos de los negocios; la pregunta más profunda es si el negocio ennoblece o degrada la existencia humana”, comentó Boisture. “Animamos a los empleados a traer las preocupaciones morales a la conversación de negocios”.

Haciendo más profunda la práctica de Zoom

En un día de trabajo que se pasa en casa, frente a una computadora mientras las reuniones comienzan y terminan, los proyectos se reciben y se archivan, no hay diferenciación. Físicamente, todas las actividades son las mismas.

Tengo hambre de rituales. Todos los días me visto, me pongo los zapatos, hago café, lo vierto en una taza y les digo a mis dos compañeros de casa que voy a trabajar y que los veré más tarde. Luego camino en círculos y me instalo en un escritorio en la esquina de nuestra sala, tan solo a un par de metros de distancia. Ese es mi recorrido trastornado por el coronavirus, y así es como ayudo a mi mente a darse cuenta de que el día de trabajo ha comenzado.

Si mi jefe dijera que vamos a instituir un ejercicio de respiración en grupo de un minuto por las tardes para marcar el cierre de nuestras laptops, o que vamos a comenzar cada reunión oliendo todos juntos un clavo de olor, ¿me gustaría? Creo que sí.

Es fácil desdibujar la línea entre la rutina y el ritual. ¿Qué categoría es, por ejemplo, tener la costumbre de ducharme y mirar fijamente el techo durante cinco minutos después de cumplir con mi tarea principal del día? ¿Importa la etiqueta, si la acción resulta esencial?

Sin embargo, para ser técnicos, Kathleen McTigue, ministra universalista unitaria y mentora de Ter Kuile, ofrece una definición. Ella describe los rituales como rutinas elevadas, con intención, atención y repetición establecidas.

Kursat Ozenc ha estado en el campo de los rituales corporativos durante un tiempo, como diseñador de productos del gigante del software SAP. Escribió “Rituales para el trabajo” el año pasado, y en enero publicará una especie de continuación: “Rituales para encuentros virtuales”. Lo llamé para que me recomendara cómo profundizar mi práctica de Zoom.

Ozenc aconsejó incorporar interrupciones propicias para la reflexión. Sugirió comenzar las conferencias telefónicas con un momento de silencio. Recientemente escuchó hablar de un ritual olfativo, donde todos en una reunión toman una especia de cocina común, tal vez canela, y la huelen al mismo tiempo para vivir una experiencia cosensorial. Espera incorporar esto en su guía como una forma de unir a la gente.

“En el mundo físico, experimentamos los mismos sentidos juntos, la misma temperatura, el mismo olor de la comida que se calienta”, comentó Ozenc.

Phillips, la ministra, tenía algunas ideas más. Sugirió usar una estructura de reunión repetitiva, que puede ser reconfortante para los participantes. Podría tratarse de comenzar cada reunión de equipo con las mismas palabras, una especie de liturgia corporativa.

Otros sugirieron que los trabajadores enciendan cada uno una vela al comienzo de la reunión, o que tomen un objeto común que todos tengan en casa.

JJeffrey Lee, el obispo de la Diócesis Episcopal de Chicago, ayudó a organizar un retiro de tres días el año pasado con Ter Kuile y otros. El propósito del retiro era permitir a los empresarios espirituales tener una lluvia de ideas con los líderes religiosos tradicionales. Describió a uno de los participantes como “un diseñador de experiencias que crea rituales potentes para los ejecutivos”.

Lee dijo que estaba feliz de encontrar el impulso religioso activo, aunque fuera en lugares donde el objetivo final son las ganancias. “Estamos muy conscientes de estar en el lado oscuro de la observancia religiosa, un declive verdaderamente histórico, así que aquí hay algunas buenas noticias sobre cómo la gente anhela los rituales”, concluyó.

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This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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