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El deseo de ser 'youtuber' o astronauta, la lucha de valores tiene un precio

Astronauta sostiene un celular.

Suben los decibelios dentro del auto en el que voy de pasajero junto a mi esposa, una pareja amiga y su hija de dos años de edad. La peque se ha puesto pesada porque, dicen los padres, está cansada. En la vorágine de un llanto subido de tono, balbucea algo que ni mi chica ni yo entendemos pero que su mamá capta a la primera. Menos de 15 segundos después, la niña tiene entre sus manos un celular y está seleccionando con su minúsculo dedo una gama de videos de lo más extensa. Ya saben, Youtube y su típica playlist para los más pequeños no se aburran. Ya no hay lloros ni sollozos, solo el irritante sonido de una tipa ensalzada en todo tipo de colores y efectos sonoros que explica cómo el atarse los cordones de los zapatos evita que uno se caiga de bruces contra el suelo.

Didáctico y entretenido, pero no menos peligroso que el acto en sí de caerse. Con dos años de edad, la peque ya está adquiriendo cierta admiración por la persona que está en la pantalla, y no solo eso, sino no que cuando se aburre, vuelve a seleccionar con el dedo y se engancha a otra, y a otra… y así hasta que llegamos al destino. Entonces vuelve el drama cuando se le quita el celular de las manos.

Vlogger.

Hay tantos argumentos en contra de dar acceso a las nuevas tecnologías a los más pequeños que no sorprende lo más mínimo el resultado de la encuesta que ha llevado a cabo Lego, que concluyó que en Estados Unidos y Reino Unido los niños de 8 a 12 años tienen tres veces más probabilidades de querer ser ‘youtubers’ o ‘vloggers' que astronautas cuando sean mayores. En cambio, en China sucede lo contrario, los más pequeños prefieren ir a Marte antes que saltar al estrellato de las redes sociales.

Internet en el gigante asiático y en el mundo occidental constituyen dos ecosistemas completamente diferentes. Aplicaciones que forman parte del día a día de millones de personas no se encuentran en China. Facebook, Google, Twitter, Instagram, Youtube… la mayoría de los ciudadanos chinos no saben que éstas existen y aquellos que tienen la oportunidad de viajar a países más abiertos ni siquiera las usan. No tienen la necesidad y, aunque ven contenidos en otras plataformas, éstos están censurados. Por ejemplo, la alternativa a Youtube es Youko, sin embargo, no existe libertad para subir vídeos, sino que alberga shows y películas que ya pasaron por la tijera de las autoridades chinas. Nada de ‘youkoners’ en aquellos lares.

Anika Teller. (Jeremy Moeller/Getty Images)

La falta de exposición a redes sociales tal y como las entendemos nosotros han tenido mucho que ver para que las prioridades de la juventud sean diametralmente opuestas. En España, por ejemplo, una encuesta llevada a cabo por Adecco titulada “¿Qué quieres de mayor?” indicó en 2018 que el sueño de convertirse en ‘youtuber’ ganó enteros entre los jóvenes de 4 a 16 años de edad. De hecho, la estrella de la plataforma, El Rubius, aparece en la lista como uno de los ídolos más preferenciales. El número de seguidores es directamente proporcional a los ingresos y la percepción de generar ganancias sustanciales dentro de un sistema de flexibilidad y libertad laboral, unido a la complacencia de miles de fans (uno de los fines de las redes sociales) hacen que los niveles de dopamina también aumenten. Si se consigue, la satisfacción está asegurada. Pero, ¿qué pasa si no?

La influencia que Internet está teniendo en la escala de valores es, según éste y otros estudios, fundamental en las preferencias laborales de los millenials y miembros de la generación Z. Influye también en su comportamiento, no desde el punto de vista de la vagancia que muchas personas critican (los ninis), sino de las expectativas. El acceso a un todo, cuándo y cómo uno desee, crea costumbres que se convierten en patrones que afectan, por ejemplo, a la paciencia, al concepto temporal de cuándo conseguir algo e incluso una extrema animadversión al fracaso.

Youtuber francés, Cyprien (KAZUHIRO NOGI/AFP/Getty Images)

Los efectos del acceso a Internet y a las nuevas tecnologías pueden ser muy positivos en algunos aspectos de la sociedad, aunque la bajada de las preferencias laborales que antaño eran habituales como ingenieros, médicos, profesores o astronautas crean cierta preocupación en las generaciones más mayores, que ven con otros ojos que una niña de dos años de edad tenga acceso a contenido a la carta de una manera tan sencilla y sin apenas filtros.

Del sueño de ser estrella de Youtube a conseguirlo hay un trecho, como también lo hay para el que quiera ser futbolista, actriz o miembro de la NASA. Aunque cambien las prioridades, el esfuerzo necesario para lograr el éxito no varía. Ni en Occidente ni en China. La cuestión es, ¿existe un lugar intermedio entre los valores que promulga un Internet sin límites y otro con ellos? ¿Hay un punto neutro entre la falta de censura y el veto a todo lo que no esté alineado con un Régimen?

Seguimos avanzando a oscuras hacia un mundo distinto. Unos dirán que mejor y otros lo contrario. Unos defenderán unos valores a un precio, mientras que otros optarán por lo distinto a un coste específico. Una de las únicas objetividades es que esos valores se adaptan a los nuevos tiempos, pasó en la Grecia Antigua, sigue y seguirá sucediendo siempre.

Aunque crezca la nostalgia.