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Los engaños empresariales y el placer de ver cómo estafan a los millonarios

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Elizabeth Holmes, la fundadora y ex CEO de Theranos, en los juzgados de San Jose, California, donde afronta un juicio por fraude.  (Foto: Justin Sullivan/Getty Images)
Elizabeth Holmes, la fundadora y ex CEO de Theranos, en los juzgados de San Jose, California, donde afronta un juicio por fraude. (Foto: Justin Sullivan/Getty Images)

Según una empresa que escuchó la presentación, la compañía Ozy Media les dijo a los inversionistas que contaba con un “sólido desempeño financiero, niveles aparentemente impresionantes de audiencia y un considerable interés de inversionistas institucionales”. Como respuesta, le otorgó un financiamiento de dos millones dólares que se sumaron a los 83 millones de dólares que habían recaudado. La semana pasada, esa empresa entabló una demanda por fraude y encubrimiento.

Elizabeth Holmes mencionaba que contaba con el respaldo de compañías farmacéuticas para convencer a los inversionistas de que las máquinas que fabricaba Theranos, su empresa emergente dedicada a la realización de pruebas sanguíneas, podían llevar a cabo cientos de pruebas solo con la sangre que se obtenía de una punción en el dedo. Así consiguió casi mil millones de dólares. De acuerdo con los argumentos de los fiscales federales presentados en el tribunal el mes pasado, esos respaldos eran fabricados, al igual que muchas de las declaraciones de Holmes.

En los tres años desde que Holmes fue acusada de defraudar a los inversionistas de Theranos, otros inversores destacados han revelado cómo los convencieron de ofrecer financiamiento considerable a empresas emergentes que desafiaban toda lógica. WeWork afirmaba que tenía un negocio sano y rentable cuando estaba gastando efectivo a lo loco. Nikola, una empresa de camiones de carga autónomos, puso en marcha un camión colina abajo para aparentar que sus vehículos se conducían solos.

Estos escándalos relacionados con las empresas emergentes le han dado al mundo memes, disfraces de Halloween y oportunidades de burla. Pero más que cualquier otra cosa, sus historias son una fuente de regocijo por el mal ajeno.

La diversión de ver a los ricos perder

Cuando la burbuja puntocom de la década de 1990 se reventó, las personas comunes y corrientes que invirtieron sus fondos para el retiro en acciones de empresas emergentes condenadas al fracaso fueron calificados de víctimas dignas de compasión. Pero el auge de las empresas emergentes de la década pasada tuvo lugar en los mercados privados, con la consagración de unicornios —compañías privadas valuadas en mil millones de dólares o más— que galopaban por las colinas de Silicon Valley recaudando fondos, en apariencia ilimitados, proporcionados principalmente por las personas más acaudaladas.

La ley dice que las personas que no tienen un capital neto determinado no pueden invertir en estos unicornios mágicos. El privilegio de extenderle un cheque a la empresa emergente de un fundador ambicioso es algo por lo que la gente se pelea, y los observadores del mercado han lamentado el hecho de que los menos adinerados perdieran la oportunidad de invertir en empresas atractivas antes de su despegue.

Así que cuando una empresa emergente se desmorona, los que pierden son capitalistas de riesgo, celebridades y multimillonarios, como Rupert Murdoch, quien financió a Theranos, o Laurene Powell Jobs, quien invirtió en Ozy Media.

Entrada a un espacio de trabajo de WeWork en Manhattan. Foto: REUTERS/Carlo Allegri
Entrada a un espacio de trabajo de WeWork en Manhattan. Foto: REUTERS/Carlo Allegri

El impacto de los fracasos muy sonados sirve de recordatorio sobre lo riesgoso que es apostar por una empresa emergente y sobre la frecuencia con que las compañías maquillan la verdad. Se supone que los ricos poseen los recursos y la visión para tomar las debidas precauciones, pero estos escándalos demuestran que no lo hicieron o, al menos, que no les importó. Emitieron cheques con base en datos ilógicos o en promesas que no tenían sentido. En la tierra de las empresas emergentes, los ejemplos aleccionadores son tan grandes como las historias de éxito; las dificultades para que los inversionistas menores entren pronto al negocio parecen un golpe de suerte.

No hace mucho tiempo, vivíamos de manera indirecta a través del uno por ciento de la gente cuando veíamos “Lifestyles of the Rich and Famous” o “Cribs”. Ahora, nos obsesionan los detalles de cómo fueron embaucados. 

“La distancia psicológica nos da oportunidad de reírnos de cosas que, si nos ocurrieran a nosotros, nos avergonzarían, nos incomodarían o nos dolerían”, comentó Peter Atwater, un profesor adjunto de College of William and Mary que realiza investigaciones sobre la confianza en la toma de decisiones. “Finalmente, algunos ricos han sido tan engañados como nosotros, los pobres”.

Trucos para engañar a los millonarios no cesan

Para los seguidores de los llamados delitos de cuello blanco, las tácticas de estafa de las empresas emergentes nos ofrecen cada vez más material para deleitarnos. Hace poco se descubrió que un ejecutivo de Ozy se hizo pasar por un representante de YouTube en una llamada con Goldman Sachs con el fin de conseguir una inversión. Tenemos las facturas alteradas que Manish Lachwani usó para inflar los ingresos de HeadSpin, una empresa de software que fundó, con el propósito de obtener un financiamiento de 60 millones de dólares, de acuerdo con una acusación penal reciente. (HeadSpin afirmó que regresó los fondos y que había cooperado con los investigadores). Están las solicitudes fraudulentas para rembolsos de seguros de uBiome, la empresa emergente que realizaba pruebas de excremento y cuyos fundadores, según las autoridades, engañaron a los inversionistas para recaudar 65 millones de dólares, lo que llevó a que, en febrero, los fiscales los acusaran de más de 40 delitos de fraude. Tenemos a los investigadores privados y las tácticas de hostigamiento judicial que Theranos usó para intimidar a sus denunciantes, de acuerdo con un testimonio reciente ante el tribunal.

Siguen una fórmula tan gastada como la de la película “Vivir de ilusión”. Un fundador con carisma se presenta como un innovador visionario. Holmes afirmó que las máquinas para realizar análisis de sangre de Theranos podían llevar a cabo cientos de pruebas clínicas de manera rápida y a bajo costo con una sola gota de sangre. Esa promesa les interesó a personas como el general James Mattis, quien declaró que vio la posibilidad de salvar vidas en el campo de batalla, o Steve Burd, exdirector general de Safeway, quien declaró que poner esas máquinas en las tiendas abriría una nueva línea de negocio para la cadena de supermercados.

Cuando convencen a algún rico, el fundador puede usar la credibilidad de ese benefactor para juntar a un grupo de financiadores poderosos. En el caso de Theranos, George P. Shultz, exsecretario de Estado, le presentó a Holmes a sus amigos de Hoover Institution, entre ellos a Henry Kissinger y a Mattis. Todos suponen que el primer inversionista hizo todas las preguntas necesarias. No se intenta investigar más por consideración al secreto empresarial.

Promesas y números que se los lleva el viento 

Las afirmaciones de las empresas emergentes pueden no tener fundamentos sólidos. Theranos proyectó ganancias de 990 millones de dólares en 2015. En el tribunal salió a la luz que en realidad las ganancias eran más cercanas a cero. Ozy Media afirmó haber escrito las primeras historias sobre personas como Alexandria Ocasio-Cortez, pero eso no era cierto. Jessica Richman, una cofundadora de uBiome, les dijo a los reporteros que tenía la edad para estar en las listas de emprendedores menores de 30 y de 40. De acuerdo con la acusación, Richman tenía más de 40 años. Según el libro escrito acerca de WeWork, “The Cult of We”, Adam Neumann prometió que para 2018, WeLive, el proyecto adicional de apartamentos de la empresa, tendría ganancias por 600 millones de dólares. Nunca se expandió más allá de dos edificios con unos cuantos cientos de unidades.

En el recuento de este capítulo de la historia de las empresas emergentes, vale la pena observar que Holmes se ha declarado inocente de todos los cargos penales. Y, en contraste con ese caso en curso y otros más, ni a WeWork ni a Ozy se les ha acusado de fraude.

Todo parece muy obvio para quienes observan desde la barrera, pero detrás de los tuits omniscientes, hay una creciente sensación de que tal vez no sea tan grande la distancia psicológica entre la multitud de asalariados que invierten en sus fondos para el retiro y los multimillonarios.

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© 2021 The New York Times Company

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