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El preocupante fenómeno que está sacando a la gente de sus barrios, desde Medellín al D.F.

La Real Academia Española define la gentrificación como el proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo. Atendiendo a lo que dice la RAE, pareciera que la gentrificación es un fenómeno del todo idílico a favor de la recuperación de un espacio urbano deprimido gracias a la llegada de un grupo poblacional acaudalado y reconvertido en una especie de salvadores citadinos. Como si nada de lo que hubiera ahí antes que ellos mereciera la mínima consideración. El problema de esta definición es que no permite ni empezar a imaginar el abanico de efectos perversos que provoca ese flujo de personas de mayor nivel socioeconómico allí donde se desarrolla la vida de los pobladores originarios.

Mientras unos celebran lo que consideran un renacer de las ciudades, otros hablan de transformaciones urbanas y socioculturales profundas que inciden directamente en un aumento de las desigualdades y la segregación. Para los académicos Antoine Casgrain, de la Universidad Católica de Chile, y Michael Janoschka, de la Universidad Autónoma de Madrid (España), “diferentes términos como la rehabilitación urbana, la revitalización urbana o la renovación urbana esconden, detrás de un discurso eufemístico, la creciente mercantilización de las ciudades y la perpetuación de las diferencias sociales a escala territorial”.

Gentrificación. Turistas hacen foto en las inmediaciones del Museo de Antropología e Historia de la Ciudad de México. Foto: ALFREDO ESTRELLA/AFP via Getty Images
Gentrificación. Turistas toman fotografías en las inmediaciones del Museo de Antropología e Historia de la Ciudad de México. Foto: ALFREDO ESTRELLA/AFP via Getty Images (ALFREDO ESTRELLA via Getty Images)

La gentrificación no es nueva ni es exclusiva de los barrios más céntricos ni es local. La primera en acuñar el término fue la socióloga británica Ruth Glass en 1964 para referirse a la expulsión de los arrendatarios de clase obrera de los barrios históricos de Londres por parte de los nuevos inquilinos de clase media. En la actualidad, de acuerdo con Daniel Sorando y Álvaro Ardura, autores del libro First we take Manhattan. La destrucción creativa de las ciudades, la gentrificación no se ciñe a los centros urbanos, sino que también afecta a ciertas periferias. Tampoco parte de un dispositivo inmobiliario local, “sino que se imbrica con flujos globales, con un papel destacado de fondos de inversión, y es cada vez menos un proceso espontáneo”.

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El desplazamiento de los lugareños se ha acentuado en los últimos años como resultado de tres procesos independientes que, aunque responden a causas distintas, tienen consecuencias directas sobre las dinámicas de gentrificación. Por un lado, un retorno de las clases altas y medias autóctonas desde las periferias a los centros urbanos; por otro, el auge de los llamados nómadas digitales extranjeros y la popularización del trabajo remoto por la pandemia del coronavirus y, finalmente, por el turismo descontrolado.

Bogotá, Ciudad de México, Barcelona, Lima, Buenos Aires, Lisboa, Medellín, Ámsterdam, Santiago de Chile, París, Bangkok… La gentrificación no entiende de geografía y son muchas las ciudades a lo largo y ancho del mapa que se están viendo afectadas por este cambio progresivo e imparable de residentes. Hablamos de un concepto polémico porque, si bien esta concurrencia en masa trae consigo importantes beneficios económicos y mejoras en los servicios públicos, también supone la expulsión de los pobladores originarios que no pueden hacer frente al incremento del costo de vida. “Cuando los vecindarios urbanos que se regeneran proporcionan una vida urbana y espacios públicos de calidad para quienes pueden darse el lujo de vivir en ellos, ¿qué sucede con sus primeros habitantes? No es aventurado suponer que muchos de ellos se vean obligados a retirarse de sus vecindarios, convirtiéndose en los nuevos viajeros cotidianos que viven lejos de sus fuentes de trabajo”, alerta un reciente informe de ONU-Hábitat, el programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos.

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Si se centra el debate en la irrupción de extranjeros, los últimos habitantes autóctonos en dar la voz de alarma han sido los de Medellín, en Colombia. El barrio de El Poblado amaneció recientemente lleno de carteles que, con un tono que rozaba la xenofobia, se podía leer “Gentrifier go home” (gentrificador, vete a casa, en castellano). El sector se ha convertido en un punto de afluencia de turistas y nómadas digitales que, no solamente ha provocado un alza en el precio de los arriendos, sino un aumento del comercio dirigido a ellos, con la correspondiente quiebra o transformación de los negocios tradicionales. Los lugareños no tienen otra opción que abandonar el barrio, incapaces de competir con las poderosas divisas de los nuevos residentes. “Vivir en El Poblado, en Laureles o en Belén es prohibitivo, eso sin contar con que todo se está llenando de apartamentos de Airbnb y las opciones de arriendo son cada vez menores. No podemos comparar nuestros salarios con lo que ganan los gringos en dólares”, explica Daniela Morales, una periodista de 31 años que acaba de cambiar su lugar de residencia al municipio de Rionegro, a las afueras de Medellín, donde se han ido a vivir ella y su pareja, azuzados por el alza de precios. Aunque la falta de políticas públicas que garanticen una vivienda digna también tiene parte de culpa en este cambio de dinámicas poblacionales, lo cierto es que los propietarios están viendo una oportunidad de obtener mayores ingresos alquilando sus apartamentos a inquilinos extranjeros con una capacidad adquisitiva superior a través de plataformas como Airbnb. Según el diario El Colombiano, el número de viviendas para turismo en la capital antioqueña creció en 2021 un 119% y cerca del 80% en 2022.

Medellín, junto con Buenos Aires (Argentina), Lima (Perú), Guadalajara (México) y Ciudad de México lideran el ranking de ciudades latinoamericanas favoritas por los nómadas digitales para pasar una temporada, de acuerdo con el portal Nomadlist, especializada en este modelo de trabajo en remoto. La capital mexicana es la primera de la región, con una puntuación de 3,91 sobre 5 y una estimación del coste de vida para un mes de 2.040 dólares. En los últimos años la afluencia de viajeros y de residentes extranjeros ha disparado el coste de la vida, en general, además de dificultar el acceso a viviendas en algunas de sus colonias más céntricas. De acuerdo con datos de la Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios (Ampicdmx), se ha producido un incremento de las rentas de al menos 15% en los barrios de la Roma, Polanco y la Condesa, donde los arriendos oscilan entre los 750 y los 3.000 dólares. Teniendo en cuenta que el salario mínimo ronda los 5.225 pesos mexicanos mensuales, unos 125 dólares, las cuentas no salen. A esto hay que sumar las consecuencias de una inflación desbordada que dificulta cada vez más la capacidad de ahorro de los locales

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