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Inteligencia Artificial en la vida cotidiana: Un futuro ficcionado que se vuelve real

Hace más de cien años, Julio Verne imaginaba un futuro lleno de adelantos tecnológicos que harían la vida más fácil.

Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, más cerca de nuestro tiempo, cuestionaron ese futuro y plantearon temas como la relación - siempre conflictiva - de los humanos con los robots y la inteligencia artificial (IA).

Pero fue el cine el que empezó a vaticinar un futuro catastrófico. El universo que Ridley Scott nos mostró en Blade Runner, James Cameron en Terminator, las hermanas Wachowski en Matrix.

Incluso, Christopher Nolan en Interstellar e incluso Andrew Stanton en Wall-e, presentan mundos distópicos, post apocalípticos, con una tierra inhabitable, donde los propios humanos generaron en el planeta una masacre ecológica.

En concordancia con su autoprofecía, esos mismos autores hoy están en alerta al ver la real y rápida evolución de los grandes modelos de lenguaje (LLM por Large Language Models), como ChatGPT. Hoy toda la fuerza laboral de las industrias del conocimiento teme ser reemplazada por una red neuronal digital.

La tecnología en la historia

Hace miles de años los humanos cargábamos las piedras al hombro desde las canteras hasta los sitios de construcción. Un día a alguien en Sumeria, llamémoslo Farid, se le ocurrió que con dos cilindros y un eje este trabajo podía alivianarse, e inventó la rueda.

Cientos de trabajadores vieron con estupor a Farid y su carretilla, la tecnología de punta de la época, cargando muchas más piedras y trasladándolas más rápidamente que los demás. ¿Cuál habrá sido la primera reacción de los compañeros de Farid? ¿Una huelga? ¿Habrán salido a reclamar la regulación de la rueda?

Frente al desafío de la IA pareciera que preferimos seguir cargando piedras al hombro para mantener el statu quo, a utilizar la tecnología a nuestro favor para hacer nuestro día más productivo o, incluso, tener más tiempo libre.

Hey AI, escríbeme una serie

Netflix revolucionó la producción audiovisual con House of Cards. Habiendo recopilado datos muy detallados de la forma en que unos cuantos millones de usuarios consumían contenidos en la plataforma, se arriesgaron con su primer Original.

Basados en datos duros, supieron que la historia del inescrupuloso Frank Underwood iba a pegar fuerte. Y los datos no se equivocaron. Los usuarios consumieron House of Cards y Netflix recopiló información de esos hábitos de consumo.

Y el algoritmo se siguió alimentando y siguió dando valiosa información para que los ejecutivos de Netflix supieran qué series encargar y cómo contar esas historias. Y esas series siguieron generando datos de consumo, en una rueda infinita por la optimización de los contenidos.

Esa tendencia de optimización acorta el ancho de banda de la diversidad de narrativas y voces, generando un contenido que va por la mitad de la banda y es casi una fórmula matemática. Es en ese lugar donde la Inteligencia Artificial tiene una oportunidad de reemplazar al ser humano.

Cuando el contenido se estandariza, cuando se repite, ese trabajo lo puede realizar una IA. Si educamos a un LLM con miles de guiones de todas las telenovelas producidas en México en los 80, es muy probable que la inteligencia artificial pueda generar cientos de horas de melodrama estandarizado, de yo no soy tu hermana soy tu madre, en cuestión de segundos.

Pero para salir del medio de la banda se necesitan seres humanos. Aún el guión más sofisticado escrito por una AI necesita de la supervisión y la corrección, del constante ida y vuelta con un ser humano, cuando lo que se quiere es crear contenido que sorprenda, que se sienta legítimo.

Así como un hombre blanco, por más buen guionista que sea, nunca va a saber lo que es ser una mujer africana que sufre explotación sexual, la IA sabe crear oraciones o estructuras narrativas, pero no entiende de conflictos profundos, angustias, alegrías. Por lo menos no por ahora.

Conclusión

En 1850, el trabajador no calificado de una fábrica en Manchester, inculto, analfabeto y sin acceso a la información, no podía más que atemorizarse frente a la evolución mecánica que trajo la revolución industrial.

La palanca que era movida una y otra vez durante el día a fuerza de sudor, podía ser movida mucho más eficazmente por un motor. ¿La analogía puede ser extendida a la inteligencia artificial reemplazando a un guionista de cine?

Los guionistas de cine pintaron el avance de las máquinas, de la inteligencia artificial, como el fin de la raza humana. Una raza humana torpe, bruta, codiciosa, que consumió todos los recursos del planeta y que - a la vez - no pudo controlar a su propia creación, que finalmente toma el control ante la impericia de su creador o a frente a una irrefrenable necesidad propia de evolución.

Guionistas de futuros distópicos, uníos. Dejemos de lado el prejuicio a lo desconocido y abramos la puerta al poder de nuestra profesión: el de imaginar y crear mundos. Pensemos juntos en ese futuro utópico al que aspiramos, donde estas herramientas disruptivas sean nuestros mejores aliados.

*Por Adrián Garelik, CEO de Flixxo