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Minicomprimidos: cómo trabaja el equipo de la UBA que desarrolla medicamentos discontinuados para chicos con enfermedades graves

·6  min de lectura
Los minicomprimidos de uso pediátrico pesan seis veces menos que uno convencional
Fabián Marelli

Un equipo de farmacéuticos y bioquímicos de la Universidad de Buenos Aires (UBA) trabaja desde hace una década y media en el desarrollo de medicamentos que se habían dejado de producir o no están disponibles en dosis pediátricas para la atención de chicos con enfermedades incapacitantes. En el sexto piso de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (FFYB) funciona el laboratorio, donde ahora se elaboran unidades apenas más grandes que la cabeza de un alfiler de un fármaco para complementar el tratamiento de las distonías o, desde hace ya más tiempo, una versión líquida de una enzima clave para contrarrestar los efectos de patologías neurodegenerativas. Con esto, le facilitan la tarea diaria a padres, médicos y enfermeros.

En el Centro de Investigación, Desarrollo y Control Farmacéutico (Cidec) de la facultad también están preparando con colegas de la Universidad Nacional de San Luis (UNSL) y el Hospital Garrahan una formulación pediátrica de levotiroxina, de indicación común para los problemas de tiroides. Las tres instituciones firmaron un convenio para el desarrollo, el control y la producción de minicomprimidos.

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En una oficina del Departamento de Tecnología Farmacéutica, los tres coordinadores del Cidec colocarán sobre el escritorio un frasco pequeño color marrón con los diminutos comprimidos de trihexifenidilo, un producto que está discontinuado. El Garrahan recibió en enero las primeras 5000 unidades.

“Desarrollamos formulaciones para pediatría que la industria no produce por distintos motivos. Nos dedicamos a esos medicamentos considerados huérfanos. Los comprimidos son muy pequeños, pero no tanto como para ser nanofármacos, sino minicomprimidos”, explica Silvia Lucangioli, cocoordinadora del Cidec, profesora titular de Tecnología Farmacéutica I e investigadora independiente del Conicet.

En el laboratorio del Cidec de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, (de izquierda a derecha) los investigadores Valeria Trípodi, Silvia Lucangioli y Fabián Buontempo
Fabián Marelli


En el laboratorio del Cidec de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, (de izquierda a derecha) los investigadores Valeria Trípodi, Silvia Lucangioli y Fabián Buontempo (Fabián Marelli/)

Para lograr la dosis necesaria en una forma más pequeña, utilizan menos excipientes con el ingrediente activo. Al tomar contacto con el agua, se dispersan en segundos justamente por su tamaño. Pesan seis veces menos que un comprimido convencional.

Cuando arribó la primera entrega de trihexifenidilo al Garrahan, Silvia Tenembaum, jefa de clínica médica del Servicio de Neurología, explicó a través de un comunicado que se trata de “una medicación necesaria para el manejo de la distonía”, un trastorno neurológico que causa contracciones y movimientos involuntarios, al combinarla con el resto del tratamiento. “Ayuda a modificar las posturas anormales y disminuir el dolor” en esos pacientes, según continuó.

Para el trabajo diario en el Cidec, la opinión de padres y médicos cuenta. “Hay una gran necesidad: hay casos en los que la industria farmacéutica discontinuó la producción y nos es fácil para los médicos hallar reemplazo para un tratamiento que suele ser crónico”, explica Lucangioli.

A Fabián Buontempo, jefe de Desarrollo y Elaboración de Formulaciones Huérfanas del Garrahan, los profesionales le comentan cuáles son esas demandas en la atención cotidiana y eso también ayuda con las prioridades. “Tenemos [en el hospital] una gran cantidad de ingredientes activos que no se comercializan en una presentación pediátrica”, indica otro de los coordinadores del Cidec.

Pone como ejemplo la comercialización de enalapril, un antihipertensivo que está disponible para adultos, en 5 o 10 mg y en forma sólida, pero no líquida para los pacientes que no lo pueden recibir por vía oral, como en neonatología.

“Las formas líquidas son una manera de solucionar este problema y, ahora, estamos incorporando otra herramienta: los minicomprimidos que se disuelven en 15 o 20 segundos en una cucharadita de té, con muy poco volumen”, dice.

Varias soluciones

Esto resuelve varios problemas: evita los peligros en los más chicos al tragar un comprimido, garantiza la administración de la dosis indicada del ingrediente activo al no tener que fraccionar la que está diseñada para adultos e impide, por la fácil disolución, que se tapen las sondas y haya que estar reemplazándolas.

Los productos se usan en el Garrahan como fórmulas magistrales y los tiene que recetar un profesional del hospital; no se entregan de manera particular. “Esa es una práctica que responde a una necesidad en el mundo porque la disponibilidad de las formulaciones pediátricas es un problema”, aclara Buontempo.

Valeria Trípodi, que también coordina el Cidec y entre sus tareas está monitorear a los pacientes tratados, explica que al trabajar con fármacos muy conocidos a los que el equipo le da otra forma farmacéutica, no se requiere un ensayo clínico como con un producto nuevo, sino controles de estabilidad y seguridad.

Profesora titular de Química Analítica de la FFYB e investigadora independiente del Conicet, define el trabajo del equipo como “una combinación ideal” que integra el desarrollo y la elaboración para atender una necesidad terapéutica, pero “con más pruebas y controles que lo habitual” por el cambio de formulación.

Los minicomprimidos para uso pediátrico se disuelven en segundos, lo que facilita la administración del medicamento
Fabián Marelli


Los minicomprimidos para uso pediátrico se disuelven en segundos, lo que facilita la administración del medicamento (Fabián Marelli/)

El grupo trabaja en red con colegas en las provincias para que los pacientes no tengan que volver a Buenos Aires cada mes para sostener el tratamiento.

Entre los desarrollos del Cidec y el Garrahan también hay una versión líquida de la coenzima Q10. En el hospital pediátrico se producen 10 litros por año. “Es para chicos con enfermedades mitocondriales que son muy graves y de difícil diagnóstico. Ellos necesitan la suplementación de la coenzima de por vida, porque la deficiencia ataca el cerebro y los músculos para avanzar a otros órganos; los va debilitando. Es fundamental para la producción celular de energía y se la considera un antioxidante potente”, detalla Trípodi.

Si se administra a tiempo, un chico puede lograr un desarrollo prácticamente normal. Cuando el cerebro ya pierde función, se puede mejorar la calidad de vida. “Lo único que existía hasta hace unos años era una cápsula con un polvo que los padres tenían que diluir en agua para darle a sus hijos con una cucharita. El problema era la dosificación y su uso en chicos que, en general, tienen problemas de deglución”, recuerda la bioquímica.

En el país, a la coenzima Q10, más conocida en el mercado de la belleza, se la considera un suplemento dietario y está disponible en cápsulas sin la respuesta terapéutica esperada en pediatría.

En la facultad ya están acondicionando un laboratorio más grande para aumentar la capacidad de desarrollo de los minicomprimidos y poder transferirla a los laboratorios de producción públicos. Recibieron, para eso, financiamiento a través de la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación. Un subsidio de la Agencia Nacional de Laboratorios Públicos (Anlap) facilitó la compra de cuatro equipos para caracterizar los comprimidos.

Con otros subsidios pudieron sumar los punzones y las minicomprimidoras. Con esto, según coinciden, podrán escalar esa producción de terapias desatendidas. Cada lote que producen con la UNSL tiene 500 o 1000 unidades (uno comercial puede incluir 10 millones) o 20 frascos de emulsión que equivalen a un litro de preparación.

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