U.S. Markets closed

Notre Dame y el deseo implacable de querer ser testigos de la Historia

Curiosos sacan instantáneas del incendio en la Catedral de Notre Dame. Getty Images.

A todos nos arrancaron un trozo de nuestro corazón el día que ardió la Catedral de Notre Dame. No importó la creencia religiosa o el hecho de no ser parisinos, porque comprendimos instantáneamente qué se siente cuando el Patrimonio de la Humanidad queda dañado. Los adjetivos se expresaron de distintas maneras y también, cómo no, en forma de publicaciones en redes sociales.

Éstas se llenaron de infinidad de instantáneas tomadas en la Isla de la Cité, a orillas del río Sena, con la fachada de fondo y sus dos torres, el rosetón occidental, la Galería de las quimeras, la de los reyes y sus tres puertas de acceso: la Puerta de la Virgen, la Puerta del Juicio Final y la Puerta de Santa Ana. Afortunadamente, esta cara del edificio quedó intacta mientras ardía la parte superior ante una inevitable sensación de vacío generalizado. Fue casi como si nuestra casa fuera la que se consumía por la llamas.

La publicación de las fotos por miles de usuarios sirvieron para honrar a la catedral como obra de arte y símbolo de la Historia. Ésa que representa el paso del tiempo con una inmensidad que pensamos era indestructible después de todo lo vivido, de las amenazas, de las guerras y los expolios. La República francesa optó por respetar los símbolos contra los que luchó. El clero y sus privilegios quedaron relegados a un segundo plano, y su monumental símbolo fue respetado hasta el punto en que Napoleón Bonaparte fue coronado en su interior.

Catedral de Notre Dame. Getty Images.

Ahora, mientras alardeamos de generación, hemos sido testigos del mayor despropósito que Notre Dame ha vivido en cerca de 900 años. Sin quererlo, hemos presenciado una parte clave de la historia de la catedral, quizás la más difícil de digerir, la que más nos avergüenza. Al mismo tiempo, es esa sensación de protagonismo la que nos empuja a sentirnos partícipes obligados de este momento. La hemos visto en pie, grandiosa, en todo su esplendor y ahora tenemos la oportunidad de revisitarla con la marca inaudita de las llamas. Ni siquiera la estampa actual sin la aguja que tantas contracciones en las entrañas causó al derrumbarse durará para siempre. Será reconstruida, quién sabe si a imagen y semejanza de la versión anterior, pero los millones de euros que se están recaudando volverán a cambiar su fisionomía.

Ante esta tesitura, muchas personas que ya tacharon París de la lista de ciudades que visitar se replantearán regresar con la excusa de ver cómo ha afectado el incendio. Flagelación, curiosidad, ánimo de hacerse la foto, las razones serán varias, pero lo que es más que probable es que habrá una nueva oleada de turistas que no querrán perder detalle de las consecuencias de la tragedia antes de que se vuelva a cubrir de andamios. Será difícil resistirse a convertirse en observadores, espectadores y asistentes de un nuevo capítulo de la historia de París.

La Zona Cero de Nueva York durante su construcción en 2004. Getty Images.

Hay precedentes en el mundo, quizás más trágicos, quizás más esperanzadores, que muestran este tipo de actitudes donde un cambio de la apariencia de la ciudad es capaz de atraer a un masivo número de turistas. El hueco que dejaron las Torres Gemelas de Nueva York es insustituible para miles de personas que sufrieron de alguna manera el ataque terrorista del 9 de septiembre de 2001. La Gran Manzana está tardando mucho tiempo en acostumbrarse al nuevo relieve y el vacío de los dos edificios recuerdan un vacío todavía mayor por las víctimas que perecieron. En este contexto y con la Zona Cero completamente revitalizada, los turistas que visitan el lugar donde se produjo el suceso más trágico en territorio estadounidense de la historia moderna se cuentan por millones. Según estimaciones del Memorial Museum 9/11, 10 millones de personas peregrinaron desde su reconstrucción en 2014 para ser testigos de una parte de la historia.

Resto del Muro de Berlín. Getty Images.

Flagelación, curiosidad o ánimo de hacerse la foto. 

El Muro de Berlín es otro ejemplo en que una ciudad cambió para siempre ante la atenta mirada de la gente. Mientras estaba erguida, aquella pared que dividió el mundo en dos y que contaba con un perímetro de 155 kilómetros simbolizó dos maneras de ver las cosas, desde su destrucción parcial en 1989 fue objeto de tantas sensaciones que estaban a flor de piel que fue y es difícil resistirse a no visitar los restos de aquellas puertas hacia la libertad. Alrededor de ocho millones de personas has visitado el muro desde 2009. En 2018 se registró un récord de 1.1 millones de visitantes.

Los contextos son distintos aunque el efecto es el mismo: ser testigos de la historia, ver con nuestros propios ojos y celulares esos acontecimientos de los que se hablará en el futuro.