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Opinión: El espectáculo del colorismo latinx

·6  min de lectura
La controversia de este verano sobre la exclusión de los afrolatinos en "En el barrio", la adaptación de Hollywood del musical de Broadway "In the Heights", dejó al descubierto el problema del colorismo en las comunidades latinas. (Tina Tona/The New York Times)
La controversia de este verano sobre la exclusión de los afrolatinos en "En el barrio", la adaptación de Hollywood del musical de Broadway "In the Heights", dejó al descubierto el problema del colorismo en las comunidades latinas. (Tina Tona/The New York Times)

La controversia de este verano sobre la falta de representación de los afrolatinos de piel negra en “En el barrio”, la adaptación de Hollywood del musical de Broadway “In the Heights”, puso al descubierto el cáncer del colorismo en las comunidades latinas de Estados Unidos. El ajuste de cuentas era necesario desde hace mucho tiempo, un dolor que se remonta a la existencia de nuestra comunidad. Y los principales medios de comunicación se quedaron cautivados. Crearon lo que yo llamo: el espectáculo. No he visto una demanda tan alta de voces latinas desde el tiroteo de Pulse.

La “latinidad” es el lenguaje compartido, las referencias de la infancia, la música, la comida, las bromas internas y el idiosincrático espanglish televisivo entre los latinx de este país. Es la igualdad que nos une sin importar dónde crezcamos ni de dónde sean nuestros padres. Pero la idea de igualdad puede devastar tanto como conectar. La vergüenza en torno a la negritud, la nuestra y la de nuestros familiares, vecinos y compatriotas, ha sido una herida abierta en este mundo de los latinx. Según los medios de comunicación para nosotros los afrolatinos de piel oscura no existen y si existen, no son latinos. No precisamente.

Algunos parecen alegrarse por nuestro problema de colorismo, mientras que otros con una plataforma lo utilizan para acumular capital social cuando lo denunciamos. Es el tipo de conversación racial performativa que permite a los estadounidenses proclamar lo antirracistas que son mientras siguen gentrificando nuestros barrios y ocultando el hecho de que ganan más que su compañero de trabajo negro o latino.

El principal tema sobre el que se nos pide escribir, además de la crisis fronteriza, es el tema de la antinegritud en nuestra comunidad. Cuando los entrevistadores me han preguntado qué significa para mí la latinidad, comienzo a titubear. Para mucha gente, soy representante de la latinidad indocumentada y morena, pero mi latinidad es complicada, y es personal. Ese espacio de cuestionamiento incesante (en el que en todo momento creo una versión de mí misma que incorpora mi raza, etnia, nacionalidad, migración a Estados Unidos, educación y todo el resto de mi historia) es milatinidad.

La latinidad no es una raza y se puede ser latinx y ser de cualquier etnia. Y seguimos hablando de y sobre mestizaje: una raza que no existe en el binario racial de blanco y negro en Estados Unidos. En los últimos tiempos me he sorprendido a mí misma comparando el color de la piel de los artistas latinx en las películas y en las sobrecubiertas de libros que veo con sentimientos encontrados y observo sus ojos, labios, pómulos, narices y mandíbulas en busca de indicios de ascendencia, para dar por hecho el engaño y el robo.

Son momentos de la verdad que tenemos entre nosotros y que son desordenados, ruidosos y muy específicos; son conversaciones matizadas, que contienen no solo hechos, sino conocimientos encarnados, familiares y comunitarios. Quizá no sean conversaciones que tengamos por primera vez y quizá tampoco sea la primera vez que nos hagan llorar a muchos de nosotros. La antinegritud en el mundo latinx nos causa un profundo dolor a los que en ello nos jugamos la piel. Como artista morena, solo soy consumible por el público estadounidense cuando escribo sobre el sufrimiento extremo. Sugiero que nos interroguemos sobre lo que está en juego a nivel personal y profesional en esta conversación.

Pienso en los cuadros de casta, pinturas de la época colonial que representan la mezcla interétnica entre europeos, indígenas, africanos y la población mestiza existente en el Nuevo Mundo. Las pinturas suelen representar a un hombre, una mujer y un niño, dispuestos según una jerarquía de raza y estatus y reflejan la mezcla racial producida. Una atrocidad taxonómica en la que el hijo de padre español y madre albina es etiquetado como “torna atrás”, mientras que una pareja indígena y su hijo son considerados “indios mecos bárbaros”. La raza de los mestizos, mezcla de blanco e indígena, es algo que permite hablar de ciudadanía sin nombrarla. Nuestro sistema de castas ancestral está creado por un reconocimiento de la raza que está tan obsesionado con la cantidad de sangre y el fenotipo que se vuelve eugenista.

Es cierto que algunos escuchan la palabra latino y piensan en Ricky Martin, pero otros piensan en mexicanos ladrones de puestos de trabajo, un binario diferente por completo, de ciudadano y extranjero. Campesino significa agricultor en español latinoamericano, pero es una palabra que señala tanto la raza como la clase. Se puede llamar a alguien campesino como un insulto que implica que la persona parece indígena, pero no lo suficientemente indígena como para ser romantizado como un noble salvaje, sino lo suficientemente indígena como para que se le impida el acceso al capital cultural y económico. Estas categorías unifican incluso cuando dividen: un latino es un mexicano, es un campesino, es un indio, es un ilegal.

Me gusta ser una persona mestiza. Algunas de las tradiciones más arraigadas de mi familia mestiza proceden del Caribe negro, como la salsa de Joe Arroyo, cuyas canciones hacían que mantuviera la cabeza en alto cuando sentía vergüenza como estudiante indocumentada en Harvard. A veces hablamos en quechua en casa, sobre todo para describir sentimientos buenos o malos en el cuerpo que no tienen palabras en inglés o español. Pero ni soy negra ni soy indígena. He tenido que decidir por mí misma qué es una representación respetuosa de mi cultura y qué puede ser una romantización de ancestros que no conozco. ¿Qué es una expresión auténtica de mi cultura y qué es una apropiación? Esto requiere una profunda reflexión personal. Requiere educación.

Lo que antes era la cultura latina en Nueva York, lo que antes era la cultura española en Nueva York, ha significado crecer mestizo junto a las razas mixtas. Las personas que trabajan con la comunidad —desde los organizadores de movimientos de justicia racial y los centros de jornaleros hasta las pandillas de Nueva York y Los Ángeles— hacen gran hincapié en la interseccionalidad y la creación de coaliciones. Cuando derribamos lo que está podrido, debemos construir algo nuevo en su lugar: debemos apoyar a los que trabajan para educar y organizar desde las bases.

Llegué desde Ecuador para vivir en Brooklyn y luego en Queens. En mi barrio, nadie se ve igual y compartimos enemigos comunes: los caseros, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, la policía, los apagones, Giuliani, los nuevos jóvenes blancos que hicieron subir los alquileres. Siento ese parentesco con otros latinos, con los inmigrantes, con los negros, con los asiáticos, porque eran mis vecinos. Compartíamos los hidrantes abiertos en verano. Nos necesitábamos los unos a los otros para hacer una vida digna de ser vivida.

Compartimos los nutrientes a través de nuestras raíces que se extienden en la profundidad del suelo del bosque. Nos advertimos unos a otros sobre los peligros que nos invaden y aspiramos al mismo trozo de cielo. Juntos, debemos proteger los arbolitos en las partes del bosque donde no llega la luz del sol, cuya majestuosidad no es visible para los que solo están de paso. El objetivo, creo, es mantenernos fuertes y confiados, seguir vivos nosotros y mantener vivos a los demás. Y, sobre todo, enviar dulzura y fuerza a los que aún no llegan al sol.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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