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Por qué cuando pruebas un coche eléctrico ya no quieres uno de gasolina

Jose Mendiola
·4  min de lectura
Se suele decir que quien prueba un coche eléctrico ya no vuelve a los de gasolina. Foto: Getty Images
Se suele decir que quien prueba un coche eléctrico ya no vuelve a los de gasolina. Foto: Getty Images

Y por fin llegaron las ansiadas vacaciones. El viaje era largo y a una zona muy poco poblada de España, los Arribes del Duero, en la que las carreteras son un permanente zigzag que acompaña a este grandioso río. Me hubiera encantado ir en familia con mi vehículo eléctrico (un BMW i3), pero por una cuestión de capacidad —que no de autonomía, ojo— optamos por llevar el segundo coche de la casa, un Audi Q3. Un servidor llevaba ya desde el mes de noviembre de 2019 sin tocar otro tipo de propulsión que no fuera la eléctrica y el impacto fue considerable.

La pregunta suena irrisoria pero... ¿Qué sensaciones ofrece un coche de gasolina frente a uno eléctrico?

Una caja metálica llena de vibraciones

Parece mentira que hubiera conducido coches de motor de combustión desde 1998 y ahora hubiera olvidado todo. Al sentarse al volante viniendo de un VE (vehículo eléctrico), todo son “novedades”. La primera es que hay que arrancarlo. Sí, el motor de gasolina hay que iniciarlo para que pueda propulsar el vehículo a diferencia de un VE que ya está “encendido”.

El giro de la llave fue todavía más traumático: una serie de vibraciones acompañaron a un ruido que yo ya tenía archivado en los anales del recuerdo; en mi caso, se trataba de un Audi con motor TFSI de gasolina, con lo que, en teoría, las vibraciones serían menos perceptibles que en un diésel. Pero para mí fue como volver a un mal sueño.

En un VE nada vibra, no hay ruidos y la entrega de potencia es instantánea; en un motor de combustión algo sucede en el motor en el tiempo que transcurre entre que pisas el acelerador y el vehículo se mueve... Todo distinto.

Un momento... ¡hay que frenar!

Ya en marcha y con todos bien sentados y los respectivos cinturones abrochados, me topo con un semáforo en rojo a cierta distancia; automáticamente levanto el pedal del acelerador y espero que aquello frene, pero ¡sorpresa! El coche mantiene la velocidad y me obliga a frenar bruscamente y lanzar la primera de varias disculpas a los pasajeros.

En un VE prácticamente no es necesario frenar: la frenada regenerativa —aquella que aprovecha la energía cinética del vehículo para detenerlo y cargar la batería— hace que el pedal del freno se use ocasionalmente y en situaciones de emergencia. Esta forma de conducir hace que conduzcas con más suavidad y si ves a lo lejos el coche de delante frenar, levantas el pie del acelerador para que la tecnología haga su magia.

Sí, el gran problema de los autos eléctricos sigue siendo la autonomía. Foto: Getty Images.
Sí, el gran problema de los autos eléctricos sigue siendo la autonomía. Foto: Getty Images.

Esto no acelera nada

El siguiente gran shock que vive quien salta de un VE a un coche de combustión viene de la mano de las prestaciones. Con un eléctrico la entrega de potencia es instantánea y cuando aprietas el acelerador aquello sale disparado.

Parece una tontería pero, adelantamientos, incorporaciones a rotondas y demás procesos que requieran velocidad, son pan comido en un VE. Con un motor de combustión te toca hacer otro tipo de cálculos y se nota en la conducción.

¿Autonomía?

Pero no todo son ventajas en un VE: quien tiene uno y viaja ya sabe que vive con la permanente espada de Damocles de la autonomía.

¿Llegaré sin problemas? ¿Dónde puedo cargar? ¿Estará disponible el punto de recarga? La gran ventaja que dan por asumida los propietarios de coches de combustión es que te olvidas por completo del depósito (hasta que se va agotando) y en el peor de los escenarios, sabes que siempre habrá una gasolinera más o menos cerca.

En conclusión, se trata de dos realidades bien diferentes pero que tienen un denominador común: pese a sus limitaciones, quien prueba un VE no vuelve a uno de gasolina.

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