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Cómo es despegar y aterrizar en el aeropuerto más extremo del mundo a -50º

Aeródromo de Troll. Foto: @polarinstituttet
Aeródromo de Troll. Foto: @polarinstituttet (@polarinstituttet)

El aeródromo de Troll tiene la pista más desafiante que existe para cualquier piloto, militar o comercial que se precie, da igual cuántos años de carrera profesional cargue sobre sus espaldas. Todo puede salir mal en cuestión de segundos, a merced del hielo y del clima adverso, con temperaturas que pueden llegar a alcanzar los menos 50 grados durante el invierno polar. Solo los profesionales más experimentados se atreven –y cuentan con los permisos necesarios– a aterrizar y despegar en este pequeño aeropuerto localizado en el fin del mundo, o casi, rodeado de nieve por sus cuatro costados.

Propiedad del estado de Noruega, el aeródromo de Troll se localiza en uno de los puntos más al norte de la Antártida, sobre un glaciar a 1.232 metros de altura sobre el nivel del mar de Lázarev, a 6,8 kilómetros de la base científica a la que le roba el nombre y a 235 kilómetros de la costa de la Princesa Marta, en la mística Tierra de la Reina Maud. Está controlado por los responsables del Instituto Polar Noruego, una estación dedicada a la investigación climática, medioambiental y cartográfica. Se compone de una pista de hielo azul de 3.300 metros de largo y apenas 100 metros de ancho, abierto oficialmente en 2005. Para los científicos, alcanzar esas tierras lejanas solo es posible desde el Aeropuerto Internacional de Ciudad del Cabo, una de las tres capitales de Sudáfrica, ahí donde reside el poder legislativo. En cambio, sirve como centro neurálgico para facilitar el desplazamiento de los investigadores radicados en la zona por un tiempo prudencial que necesitan desplazarse a otras bases científicas localizadas en la Antártida.

Los vuelos comerciales o privados no están todavía permitidos en el aeródromo de Troll, a saber. Desde Ciudad del Cabo, los aviones de largo alcance que suelen viajar hasta el lugar son del tipo Lockheed C-130 Hercules, con un tiempo de vuelo aproximado de nueve horas, y los Ilyushin II-76, tras cinco horas y media desde la ciudad sudafricana. En cuanto a las conexiones internas entre bases de investigación, es usual que completen el trayecto los Basler BT-67. Desde hace un año, también es posible ver a los inmensos Boing 767, operados por la compañía Icelandair, aterrizando y despegando en estas gélidas tierras.

La temperatura media anual de este desierto antártico se sitúa en menos 25 grados, aunque las variaciones térmicas a lo largo de las cuatro estaciones son extremas. Mientras que en verano ronda los cero grados, en invierno, los termómetros se desploman hasta los menos 50. A esto hay que sumar las tormentas aleatorias que se producen por las bolsas de aire, difíciles de prever.

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Además de las condiciones climáticas extremas, la complejidad añadida para los experimentados pilotos que vuelan con destino y salida en el aeródromo de Troll reside en que no es posible maniobrar con un sistema de aterrizaje instrumental. Deben valerse de reglas de vuelo visual sin apenas referencias. Alrededor, no hay un solo edificio ni estructura, solo un manto de nieve y hielo blanco que se extiende allí donde alcanza la vista. En verano, cuando el sol resplandece poderoso en el cielo, visible las 24 horas del día (lo que se conoce como sol de medianoche), es fácil que la pista irradie una luz cegadora, haciendo más complicado, si cabe, maniobrar los portentosos aviones.

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