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Las energías renovables usan un gas de efecto invernadero 23.500 veces peor que el CO2

Foto: AP / Martin Meissner

El dióxido de carbono (CO2) es el gas de efecto invernadero más común en la atmósfera después del vapor de agua. Es la emisión dañina principal de la actividad humana, a través del consumo de los combustibles fósiles y la deforestación. Esta última década, también se ha hablado bastante del siguiente gas de efecto invernadero en la lista, el metano. Éste es 34 veces más potente que el CO2, y su presencia atmosférica se ha duplicado, llegando a niveles que no existían desde hace 400.000 años. En gran parte, se debe a la actividad humana también, como por ejemplo las flatulencias del ganado que alimentamos de la manera más económica posible.

Pero hay un gas de efecto invernadero cuya potencia hace que hasta el metano parezca inofensivo. Se trata del hexafluoruro de azufre (SF6), el cual es 23.500 veces más potente que el CO2. Este gas, curiosamente, se usa recreativamente porque produce un efecto opuesto al helio al ser inhalado; es decir, agrava la voz de manera cómica. Su uso principal, sin embargo, es como aislamiento eléctrico de alta eficiencia, siendo fundamental para prevenir incendios. Es confiable, seguro, barato, y requiere poco mantenimiento.

Dónde se utiliza y su impacto

Por estas ventajas, es un gas de extremada importancia para un sector en particular: las energías renovables. Varias centrales que generan energía eléctrica de manera ‘verde’ requieren muchas más conexiones a la red eléctrica, necesitando el SF6 para evitar cortocircuitos y otros accidentes, especialmente para las turbinas eólicas. El problema es que se producen fugas, y un mero kilo de este gas es capaz de contribuir al calentamiento del planeta tanto como un vuelo de ida y vuelta de 24 personas desde Londres a Nueva York. Para variar, es un gas sintético que no se puede absorber naturalmente, por ende, puede permanecer en la atmósfera entre 800 y 3.200 años.

Paradójicamente, el sector de las energías renovables es el que más necesita y utiliza el hexafluoruro de azufre. Foto: Getty Images.

Las emisiones de SF6 han estado aumentando de manera muy preocupante. En la Unión Europea, se registraron unas emisiones anuales equivalentes a 6,73 millones de toneladas de CO2, comparable a lo que emitirían 1,3 millones de coches en ese mismo periodo de tiempo. A medida que se utiliza cada vez más el SF6 en las instalaciones eléctricas, más riesgo hay de que haya fugas. En el Reino Unido, por ejemplo, se instalan entre 30 y 40 toneladas del gas al año, y se estima que las instalaciones con SF6 aumentarán un 75% para el 2030. Considerando que compañías eléctricas, tales como Eaton, reportan que las fugas durante todo el ciclo de uso del gas pueden llegar a 15%, la presencia de SF6 en nuestra atmósfera puede llegar a ser catastrófica, a pesar de que corresponda a un porcentaje menor al 1% de los gases de efecto invernadero (en contraste con la cuota de 21% de la que goza el CO2).

¿Por qué no está prohibido?

Si bien los países en desarrollo no tienen restricciones al respecto, los países desarrollados deben informar anualmente a las Naciones Unidas sobre la cantidad de SF6 utilizado. Pero a pesar de formar parte de un grupo de sustancias conocidas como ‘gases F’ (entre las que también se encuentran algunos gases responsables por el deterioro de la capa de ozono) prohibidas en la UE, el SF6 es una excepción debido al lobbying del sector eléctrico. Lo consideran necesario para una transición hacia la energía renovable, y no se animan a tomar riesgos implementando otras sustancias alternativas sin saber si son tan seguras.

Es irónico que, para impulsar la generación de energía renovable, se tenga que emplear el uso de una sustancia tan contaminante. Controlar las fugas debería ser el primer paso para solucionar el problema: El Departamento de Energía de los Estados Unidos ha implementado medidas para identificarlas y resolverlas, reduciendo las fugas en más de 16 toneladas anuales.

Scottish Power Renewables ha sido capaz de reemplazar el SF6 con una combinación de aire limpio y ‘tecnología de vacío’ dentro de las turbinas eólicas. La UE debatirá el próximo año la revisión del uso del gas, pero es improbable que se prohíba antes del 2025.

Sin embargo, se debe presionar al sector eléctrico y de energías renovables para que hagan todo el esfuerzo necesario para dejar de depender del SF6. A fin de cuentas, de poco sirve abandonar la combustión del carbón y el petróleo para reemplazarlo con semejante gas dañino.

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